El problema de la monarquía
Julio 31, 2007
Monarquía, ¿sí o no? El juez del Olmo parece haber levantado involuntariamente, con el secuestro de la revista El Jueves, este debate por mucho tiempo subterráneo o inexistente en la sociedad española. Personalemte no creo que esto vaya a ser el advenimiento de la III República, un preludio tan esperado y anunciado por muchos. Pero sí creo que abre una serie de preguntas básicas y necesarias por mucho tiempo postergadas en este país.
Siendo francos y honestos con la historia, debemos admitir que la Transición a la democracia hizo posible la convivencia entre los españoles, que no es poco. Pero nada más. Desde determinados sectores se nos ha querido vender la transición como la panacea a los problemas de la España de entonces, la mejor y única solución en aquel momento. Se nos insta a no plantear si quiera una duda sobre cualquiera de los aspectos de dicho pacto, con la amenza o advertencia de la ruptura de consensos y la abertura de viejas heridas ya cicatrizadas. Cuando se tienen argumentos tan peregrinos se suele hacer uso del miedo, de la herejía y la traición. Y es que la transición no curó ninguna herida, simplemente las aplazó y las agravó con su indiferencia, apuntalando la versión de los vencedores. No dio continuismo a la II República (la constituida por la voluntad popular), sino que se la dio al Franquismo (el que la pisoteó), aceptando por tanto implícitamente la legalidad del Régimen, y lo que es más, al sucesor nombrado por Franco: Juan Carlos I. Etcétra, etcétera.
Que en la transición las cosas se hicieron lo mejor que se pudieron es un hecho, pero que podrían haberse hecho mejor (con justicia, con memoria o con honradez histórica) es otro. Y esto no constituye un revisionismo barato, al estilo de Pío Moa, o una traición al espíritu conciliador de aquellos años, sino el esbozo de algunos puntos que, al parecer de muchos, pudieron ser mejorados a la luz de la historia. Y el de la monarquia es uno de ellos.
A mi juicio, el problema de la monarquía lo constituyen tres puntos fundamentales. El primero de ellos se refiere al anacronismo de esta institución, completamente desligada del tiempo en el que vive y, lo más importante, innecesaria. El segundo es el carácter de restauración impuesto por el régimen dictatorial anterior (la continuidad nombrada más arriba) sin la participación libre del pueblo, pero viviendo a su costa. Y por último, el más importante de estos puntos: la figura del Rey, lo que este representa.
Y es que el Rey no sólo es el Jefe del Estado, el Jefe de las Fuerzas Armadas, sino que representa constitucionalmente la unidad de España, al pueblo español. En otras palabras, es el icono heredero de los valores de la España franquista. Y para aquellos que pensamos que no existe un pueblo español, sino un conjunto de pueblos como el castellano, el gallego, el andaluz, etc, ni una nación española (aunque sí un país que historicamente nos ha unido llamado España), el Rey es una cuña que niega todas estas ideas, pues la pluralidad y el federalismo o autodeterminación son incompatibles con él.
La Corona goza de la aceptación, el respeto y el afecto de la mayoría de los españoles, tanto por su conducta alejada de los escándalos y los excesivos gastos, como por su cercanía y la favorable prensa que se les ha ofrecido. Sobre todo el Rey, respaldado y mitificado por su actuación durante la transición y el golpe militar fallido el 23-F. No por ello es baladí afirmar que los españoles en su mayoría no son monárquicos, sino juancarlistas. De ahí, que el futuro de la monarquía en España, a día de hoy, esté por resolver, más aún cuando el príncipe heredero no muestra las mismas virtudes de su padre y, fundamentalmente, porque la sociedad de hoy en día poco tiene que ver con la de la transición: está más preparada y es mucho más libre.
Confusión
Julio 28, 2007
La pérdida de brújula por el desencuentro entre el ahora y el recuerdo. El dolor de unas manos caducas que hacen de todo el esfuerzo infertilidad atrasada. El cansancio, el tedio, que nos obliga zozobrar en nuestra propia marea de lágrimas desatentidas, para olvidar el sentido que le dimos a las cosas, al sudor con el que las sometimos a nuestra forma de ver el mundo.
La seguridad, el quizá y la negación con la que se cierran todas las puertas.
La confusión que nos lleva a caminos equivocados.
Ahora sólo la humildad y la valentía.
Sobre lo de Anasagasti
Julio 28, 2007
Sugiero la lectura del siguiente artículo de Alena Collar, en su blog, La Bitácora de Alena:
http://alenacollar.wordpress.com/2007/07/27/sobre-lo-de-anasagasti/#comment-149
Se trata de un texto sobre la controvertida opinión que ha vertido Anasagasti sobre la Corona.
Ausencia
Julio 25, 2007
Buscabas en el silencio un espejo para tu herida, el eco necesario para verte en otros corazones. Querías latir en todos los ojos y llorar en los hombros para no beberte el cieno de tus entrañas. Y sólo has conseguido apuntalar la indiferencia, perder caricias para vencer en el pulso con tu orgullo, para cargar la culpa futura en otras espaldas.
Buscabas a alguien, pero te empeñaste en parir ausencia.
El poder del pueblo
Julio 25, 2007
Desde pequeños nos enseñan —al menos eso nos ha sucedido a las generaciones que nacimos alejadas de la sombra franquista— que en un Estado de Derecho, las funciones del estado quedan compartimentadas y articuladas a través de tres instituciones básicas, representantes de los tres poderes fundamentales: el ejecutivo, el legislativo y el judicial. Y en Democracia, es el pueblo el que elige quién le representará en el poder ejecutivo (el Gobierno, al que accedará el partido con mayor número de votos o los partidos que, asociados, tengan el mayor número de votos) y el legislativo (compuesto por el propio gobierno y el resto de partidos con votos suficientes para tener representación, esto es, el Parlamento). El poder judicial, es el único no elegido por el pueblo, y se constituye de muy diversas formas, según el país.
El ejecutivo se encarga de hacer que se cumplan las leyes, el legislativo de promulgarlas o revocarlas y el judicial de impartilas según su intrepretación de las mismas. Hasta aquí, la teoría de separación de poderes de Montesquieu, nada nuevo.
Es obvio que, debido a esta separación, a su independencia, deben existir enfrentamientos entre las distintas instituciones. Pero estos choques e incompatibilidades deberían saber resolverse para evitar un colapso en el sistema y, lo que es más importante, para respetar la voluntad del pueblo al que sirven.
Sin embargo, la realidad mucho dista del sistema teórico. Y es que la independencia de los poderes es utópica, la confrontación entre instituciones irresoluble a causa de su manipulación y la voluntad del pueblo marginada en favor de los beneficios de la clase política, que ha olvidado para qué y quién trabaja.
España no es una excepción al respecto. Y donde más se evidencia la falta de separación de poderes, la ausencia de independencia, como no podía ser de otro modo, es en el poder judicial. Y no puede ser de otro modo, ya que los anteriores los elige el pueblo, mientras que este, lo constituyen sus representantes, más obedientes a su ideario político-partidista que al bienestar general.
Desgraciadamente esto es algo a lo que el ciudadano de pie se ha acostumbrado y se acepta dentro del juego político, uno más de sus entresijos indeseables pero inevitables.
Sin embargo, en los últimos años, se ha dado un paso más allá en el conflicto de intereses de los distintos poderes. A día de hoy, los encontronazos entre legislativo y judicial son el pan nuestro de cada día en la política nacional, pero son realmente escandalosos cuando nos sumergimos en las políticas autonómicas. Más en concreto, en las controvertidas reformas de los estatutos.
Amparados bajo un malentendido concepto de Imperio de la Ley, la rama conservadora del poder judicial y el PP, tratan de institucionalizar sus prejucios e ideas utilizando un Tribunal Constitucional (TC) fuertemente politizado contra la voluntad libre del pueblo. El caso más terrible, el Estatuto de Cataluña.
Por todos es conocida la odisea por la que tuvo que pasar dicho estatuto antes de que llegara a ser aprovado en el parlamento, la de comentarios soeces, la de injurias que tuvo que aguantar el pueblo catalán y todos aquellos que nos sentimos afines a una estructura federal de estado y que consideramos las autonomías no como un fin, sino como la puerta abierta que se dejara en la transición para continuar con el proceso federalista que se rompiera con la Guerra Civil. Todos sabemos que se convocó un referendum para respaldar el estatuto y concederle el grado de democracia necesario que merece un proyecto de esta embergadura. Es un hecho que el estatuto quedó aprobado y que, consecuentemente, la mayoría del pueblo catalán está conforme al mismo —no entraré aquí en el nivel de participación, ya que nos llevaría a un tema mucho más profundo como es la abtención en la democracia y sus consecuencias—.
Entonces, aunque sea legal recurrir al TC para frenar el estatuto de autonomía de Cataluña, ¿es lícito que una justicia fuertemente politizada vaya en contra de la voluntad de un pueblo? ¿Tiene sentido entonces promulgar leyes respaldadas por un referéndum cuando estas, de no ser conformes al ala mayoritaria en el TC, van a ser declaradas anticonstitucionales? ¿Es acaso la democracia una pantomima, un espectáculo de polichinela dónde la elección del pueblo es sólo mero trámite para darle dicho carácter y después encauzarlo como convenga a los intereses partidistas mediante la utilización de la justicia? ¿Es que el poder judicial está por encima de los otros? ¿Es esto el Imperio de la Ley? Si el poder emana del pueblo, ¿por qué se le ignora?
Pobrecita España.
Fernando Calamita ya impidió que una homosexual adoptara a la hija de su pareja
Más información en elpais.com:
La media naranja
Julio 21, 2007
En una suave colina lamida en sus faldas por un río, se erguía victorioso ante el cincel del tiempo un robusto naranjo, siempre colmando de azahares y frutas.
Sus naranjas, tampoco eran corrientes, pues al caer al suelo se partían por la mitad y se alejaban rodando, confundiéndose en el continuo trasiego de frutas partidas.
Las mitades de las naranjas se buscaban desesperadamente, probando una y otra vez, esperando encajar, ansiando la unión.
Mas una mitad, por más que buscaba, por más que probara y volviera a intentar, no encontraba su mitad.
Un día, completamente abatida por el dolor, oscura, se retiró al río. Allí, mientras lloraba, pudo contemplarse en el espejo del agua.
Entonces comprendió: no era una mitad, sino una naranja entera.
¿Injurias?
Julio 20, 2007
Es curioso que hablando recientemente de censuras en el blog, surga en la actualidad un descarado caso de las misma. El desencadenante ha sido esta portada de la revista humorística El Jueves:

Bajo mi punto de vista, no puedo entender cómo esta edición puede ser calificada de injuriosa, pero intentaré desmenuzar los motivos que hayan podido propiciar el secuestro de este número.
La caricatura puede que sea provocadora, nada elegante, ordinaria, evitable, poco apropiada, y todos los calificativos que nos sugiera el ver de forma tan explícita la práctica del acto sexual por parte de los Príncipes de Asturias. Pero no creo que eso sea ninguna falta de respeto a la Corona. ¿Es que acaso las infantas Leonor y Sofia las trajo la cigüeña desde París? ¿Es que la Corona evita, por mandato divino, las escatológicas necesidades biológicas tan poco apropiadas para la vida pública?
En cuanto al texto, distingo primero la práctica del sexo en busca de un rédito económico prometido por ZP, que a mi juicio queda fuera de discusión por pertenecer a la sátira, a la ironía que se pretende realizar, a través de los Príncipes, a dicha promesa abiertamente electoralista (si ponemos eso en duda, estamos poniendo en tela de juicio la libertad de expresión). Y por otro lado, los comentarios del príncipe que hacen alusión a su vida placentera y sin esfuerzo. ¿Dónde está aquí la injuria? ¿La evidente holgaznería Real es una?
Creo que la decisión tomada por el juez del Olmo responde más a personalísimos criterios morales que a una realidad objetiva, a una retógrada forma de entender el mundo más que al libertinaje de una publicación. Y es que no puede haber excepciones para los de siempre, menos aún, para una instución no democrática que Franco decidió como sucesora. El acto del juez del Olmo, a mi juicio, es vergonzoso e insultante, más propio de otros tiempos que de la España democrática con la que nos llenamos las bocas todos los días. Pero esto, claro, lo decidirá la interpretación de la ley que haga el poder judicial.
Respeto a los jueces y sus decisiones, a la jurisprudencia, pero ¿hasta qué punto no es un arma personal y política que responde más a intereses que a la legalidad o la verdadera justicia?
Ese es otro tema.
Censuras
Julio 18, 2007
Es lamentable comprobar cómo todavía podemos encontrar la oxidada y siempre afilada tijera de la censura en cualquier parte.
Vivimos en la llamada era de las comunicaciones, donde la información se genera, transimite y asimila como nunca antes se había visto, donde la distancia real entre las personas se ha difuminado gracias a los teléfonos móviles y la omnipresente internet. Pero nada de esto ha sabido escapar de la censura. Y no me refiero a la censura más conocida, las de las grandes empresas de comunicación, que eligen qué será o no noticia, la forma, el calado y el momento en el que ha de llegar la misma. Ni siquiera hablo de la censura de los moralistas, de esos personajillos que se atreven a tratar de imponer a los demás qué deben ver u oir, con no se sabe qué principios de doble vertiente. Hablo de la peor de las censuras, las que imponemos nosotros mismos, las de la sociedad.
Es curioso observar cómo los denominados tabúes sociales responden siempre a las mismas premisas: la educación y la convivencia.
La educación ofrecida por los padres, la formación proporcionada en las escuelas y las experiencias vividas bajo las mismas aquilatan poco a poco la dificultad de hablar sobre un tema particular, la incapacidad de afrontarlo, la habilidad para esquivarlo. El tabú queda así arraigado en la persona. Una persona que solemos ser todos, ya que la inmensa mayoría de nosotros compartimos un mismo estilo de vida y un mismo sistema de valores. Afortunadamente, este tipo de tabúes se suele superar con los años: nuevas experiencias, el contacto de otras personas o el reconocimiento de unas limitaciones innecesarias que el individuo desplaza por reducción al absurdo. Aunque hay siempre quien no lo hace.
Por otro lado, sabemos que la convivencia entre personas es sólo posible a través de la cesión recíproca de actitudes que pongan en peligro el delicado equilibrio de una relación saludable. Luego, de manera más o menos explícita, quedan excluidos no sólo comportamientos incompatibles que empercudirían la convivencia, sino también temas de conversación, modos de abordar determinados problemas a través de un diálogo abocado al soliloquio. Esta es la segunda forma de llegar al tabú. Por su naturaleza, casi nunca es superado, aunque no tiene por qué revertir de modo negativo en la relación. Pero siempre hay excepciones.
El problema estriba en que bajo la excusa de la convivencia aparece la censura. Y es que esta quiere confundir la cesión para la mutua tolerancia, con la imposición para una determinada convivencia. Es decir, trata de sustituir el recíproco acuerdo al que llegan todos los grupos por las condiciones de uno solo de ellos. Bajo cualquier punto de vista esto es inaceptable y bochornoso.
Un claro caso de censura lo encontramos en la Guerra Civil. Es patético que transcurridos más de 70 años de tan horrendo suceso, de los cuales casi 40 pertenecen a una ominosa dictadura resentida y revanchista, producto directo de dicha guerra, todavía haya quienes se atrevan a decir que, por “convivencia”, no debemos abrir viejas heridas ya cerradas, que no hubo ni malos ni buenos, que dejemos a los muertos en paz. Perdonen, pero no. Las izquierdas hicieron en la Transición un titánico esfuerzo de olvido para que todos pudieramos tener un futuro, para tener una verdadera convivencia. Pero ahora, pesa más la necesidad de justicia. Las heridas no se han cerrado, porque la memoria sigue martilleando en la tierra señalando los muertos enterrados en fosas comunes como perros sarnosos, en los juicios sumarísimos que tiñen de indignidad y mentira a aquellos que lucharon por la libertad, en todos los discursos que demonizan a la república, sus representantes y su espíritu. Y sí que hubo buenos y malos: los que lucharon por la libertad, los que defendieron la legalidad y la voluntad del pueblo y aquellos que la pisotearon, destrozaron y quisieron borrar todo rastro de historia o persona donde hubiera existido.
No podemos evitar lo ya sucedido, pero sí restañar el daño realizado a través de la memoria. Cuando la indolencia o falacia histórica de este periodo sea reparada, cuando todos los muertos tengan su nombre y su tumba, cuando cada persona juzgada ilegal e injustamente vuelva a recuperar su dignidad, cuando se asuman responsabilidades históricas, entonces, y sólo entonces, podremos decidir entre todos no hablar de la Guerra Civil, porque ya no quedará nada pendiente, porque será justo y necesario pasar página.
Mientras tanto, no pidan o impongan silencio por una “convivencia” que a penas sí les sirve para ocultar su desfachatez y vergüenza. Censuren sus barbaridades, no la justicia.
El valor de las palabras
Julio 15, 2007
Las palabras definen al ser humano, porque es en ellas donde se vierte su voluntad.
Pero la intención del verbo es opaca al presente, vive en el futuro, se conjuga en condicional. Por eso casi siempre hablamos con una interrogación muda en la garganta o escuchamos con una duda en el corazón.
Son los actos los que nos juzgan, los que apuntalan la confianza o la decepción. Son ellos los que inclinan la balanza hacia la fe o la incredulidad.
Aprendemos con el paso del tiempo que la palabra desnuda no vale nada si no tiene pulso, si carece de una sombra de sangre.
El valor de las palabras, el valor del ser humano.