El canon digital

Diciembre 27, 2007

Creo que todos estamos de acuerdo en la vulnerable posición en la que se encuentran las creaciones artísticas, en que hay que fomentar la potrección de la propiedad intelectual y tomar medidas efectivas que las respalden legalmente. Sin embargo, la ley propuesta en el parlamento no me parece aceptable.

No puede asumirse que el ciudadano incumple la ley por defecto, que todos somos delincuentes. Es vergonzoso que los políticos que todos elegimos nos traten como piratas para satisfacer los intereses de unos pocos en detrimento de los más débiles. Porque no debemos olvidar que aunque los beneficiarios iniciales son los artistas, los principales son las multinacionales discográficas y cinematográficas. Y claro, es más fácil exigir un pago adicional al ciudadano que buscar salidas factibles para los artistas alejadas de las multinacionales y sus desorbitados precios, causa última en la que anida la piratería. Por todo ello, no es disparatado afirmar que la aplicación de este nuevo canon no es a favor de los artistas, si no en defensa de los derechos de las multinacionales.

No pueden pagar justos por pecadores, las leyes no deberían ser preventivas. De ser así., ¿porqué no deberían pagar un canon de su sueldo los políticos por si son corruptos?

España, ¿fascista?

Noviembre 19, 2007

En las últimas semanas, a colación de la violencia callejera y su corte xenófobo, racista y, en general, fascista, ha surgido de forma generalizada un debate sobre los grupos ultraderechistas que existen en este país. Para sorpresa de todos no sólo encontramos que estos grupos no son tan minoritarios como se creían, sino que están amparados por la ley y campan a sus anchas sin que nadie haga nada al respecto.

Al parecer, en España, es posible realizar manifestaciones en contra de un grupo étnico, en contra de una elección sexual, a favor de movimientos totalitarios y violentos o a favor de dictadores sin que ninguna traba aparezca en el camino. Y da igual que se alienten sentimientos de rencor o ira hacia lo distinto, no importa que se alaben movimientos totalitarios que fueron la ruina mundial en el siglo XX; parce ser absolutamente correcto el reconocer la labor de un criminal, de un asesino, de un traidor como lo fue Franco o cualquiera de sus adlátares, perfectamente comprensible el permitir la apología de las ideas fascistas.

Personalmente, además de causarme estupor, de sobrecogerme el auge de estos movimientos de ultraderecha, siento una terrible sensación de asco ante la parálisis institucional, porque no aparenta ser una indolencia general, sino una dejadez calculada.

La apología del terrorismo es un delito ferozmente perseguido, cuya raíz inequívoca es un planteamiento de corte fascista travestido de una u otra ideología. Entonces ¿por qué no se prohiben las manifestaciones abiertamente fascistas? ¿Por qué no se persigue a sus militantes, a sus convocantes y a sus palmeros? ¿Por qué está demonizado ser nacionalista y en cambio es indiferente ser un fascista? Muchas preguntas y muy tristes las respuestas que se asoman tras de ellas. Y vergonzosas.

En particular, ¿nadie se ha preguntado por qué se prohibe una manifestación en favor de Carlos -muchacho asesinado en metro de Madrid a manos de un grupo de fascistas- y no una de grupos de ultraderecha? ¿Es que se está apoyando implícitamente el fascismo desde las instituciones? Hasta ahora, sólo silencio.

Triste es el panorama.

¿Por qué no te callas?

Noviembre 19, 2007

Quizá sea esta la frase que tuvo que aplicarse el rey, pero no supo contar hasta diez. Y es que el rey, a mi juicio, cometió varios errores al mismo tiempo.

El primero de todos ellos fue el entrar en el juego de Chavez, en la provocación que tan bien estaba capeando Zapatero. De aquí proviene el segundo y el tercer error: interrumpir a Zapatero que estaba en uso de la palabra y atacar a Chavez con sus mismas armas. El último estriba en sus propias palabras. Un jefe de estado no puede permitirse el lujo de hablar de forma despectiva a otro congénere en una cumbre donde existen moderadores que otorgan el turno de palabra, aunque esté mal administrado. Zapatero respetó las normas establecidas, se ciñió a la postura del dialogo y la firmeza, pero no cayó en los arrabales de lo vulgar, de lo totalitario, de lo colonialista. El rey no puede decir lo mismo.

Y desde aquí se aplaude la torpeza real, se enaltece el golpe de testosterona y se le agradece su defensa a España y a los españoles. ¿Es a caso entonces el ciudadano español tal que ante las provocaciones burdas, ante la incomodidad y la divergencia, responde de manera soez, irrespetuosa y arrogante?

Me gustaría pensar, por el contrario, que somos gente que ante este tipo de situación actuamos con respeto, con talante y, sin perder firmeza ni orgullo o dignidad, defendemos nuestras ideas sin negar las del contario, sin imponer silencio.

Pero parece que el rey es como el papa, infalible, y tenemos una buena y servil corte  para que no le quepa duda de ello. En última instancia, nos queda el Tribunal Supremo para que no nos pasemos de la raya.

Sorpresas absurdas

Octubre 29, 2007

La política para con el racismo y la xenofobia debe ser de tolerancia cero, al menos en una sociedad que se define como democrática y respetuosa con la pluralidad cultural, racial y religiosa. Sin embargo, una cosa es la política o el escaparate y otra muy distinta la realidad ciudadana.

Que los medios de comunicación se horroricen ante una agresión racista es comprensible, pero que empleen la consternación ciudadana para generar noticias y albergar un rentable alarmismo social es sinceramente bochornoso. Y me refiero a la impostura del periodismo sensacionalista que se rasga las vestiduras al descubrir que en la sociedad hay grupos racistas organizados, grupos de extrema derecha que se definen abiertamente antidemocráticos. Se debe ser más serio, más profesional.

Desgraciadamente los grupos fascistas no son nada nuevo en nuestra sociedad, como no lo son los valores que dan raíz y cobijo a ese tipo de conductas (demasiado tiempo llevan acompañándonos). Pero la sociedad sigue siendo tremendamente hipócrita y gusta más de las máscaras de aparente tolerancia para que enmarquen su pecho con galones, que el verdadero respeto por la diferencia y la plena conciencia de la existencia de esa gentuza neonazi. Es más fácil escurrir el bulto, vivir como si no existieran, como se vive con la muerte del tercer mundo, los indigentes o las guerras. Así somos mejores y podemos juzgar al resto.

Sorpresas absurdas que no inciden en que el problema, una vez más, radica en la educación.

Creo que se hace necesario comentar algunos aspectos de lo sucedido en el programa “Tengo una pregunta para usted”, el pasado martes en La Primera de Televisión Española. En particular, me gustaría incidir en la controversia sobre el velo islámico protagonizada por Duran i Lleida.

No creo que resulte sorprendente la negativa sobre el uso del hiyab (el velo islámico) que defendió Duran i Lleida, si bien es sabido que se trata de un representante de la burguesía católica catalana. Lo que sí llama la atención es el argumento utilizado para su ataque: la superioridad de una cultura respecto a otra. Terrible. No se puede subestimar a toda una cultura sin la existencia de unos valores objetivos que nos aseguren unívocamente qué es ser bueno y, a partir de aquí, ser mejor que algo.No debería admitirse que desde un comienzo se trate con condescendencia a toda una tradición e historia por el mero hecho de encontrarse en una posición geopolítica más ventajosa bajo los valores de occidente.

El bastión principal que sustenta el ataque contra el hiyab es casi siempre el mismo: una prenda que denigra, veja y discrimina a la persona por el hecho de haber nacido mujer; luego las sociedades occidentales somos mejores que otras (que la musulmana, en este caso), estamos más avanzados, porque nosotros no permitimos ese trato para con las mujeres. Y no tendría nada que decir si verdaderamente esto fuera cierto, pero no lo es.

Y es que en occidente, señores, cuando nace un bebé, si este es mujer, hay enfermeras dando vueltas en maternidad para agujerear las orejas de las niñas (para que no se queden rabonas); se les regalan patucos de color rosa, camisones con encajes hasta en los ojales, lacitos para el pelo… Se le regalan muñecas a las que cuidar (mujer=madre), se les orienta hacia las tareas domésticas, se les enseña qué son las cosas de niños y de niñas. Y deben pintarse, arreglarse, estar guapas, estar sexys (algo natural, casi genético), utilizando para ello un surtido catálogo de pinturas y cremas, de lápices y polvos, de prendas ceñidas y cortas, de bolsos y zapatos con tacón. Etc, etc. Pero en occidente tratamos a la mujer igual que al hombre, que conste. El sexismo lo tenemos profundamente superado, tanto, que no nos importa que nuestra propia religión disfrace a esas mujeres llamadas monjas y paseen su atuendo por doquier. Y es que somos mejores.

Los argumentos del señor Duran i Lleida y otros deberían ser más serios si quieren que se les tomen en cuenta, si aspiran a que sus palabras dejen de trasminar de forma tan evidente sus prejuicios racistas y xenófobos. Porque el problema no es el hiyab (paupérrima excusa), sino las ideas de estos señores sobre otros usos culturales distintos a los suyos.

Que toda persona debe tener la libertad de elegir es algo fuera de toda duda en una sociedad democrática. Que, en particular, una mujer por el hecho de serlo tenga que tener una determinada vestimenta o un comportamiento que la identifique con el arquetipo de mujer socialmente aceptado no es justo (como tampoco lo es para el hombre). Sin embargo, no todas las personas se replantean sus valores culturales para elegir los suyos propios, bien por la formación que reciba, bien por su psicología. De hecho, la mayoría los acepta como herencia y vive lo más coherentemente posible a ellos. Es decir, la elección de valores es un hecho minoritario, mientras que la aceptación-imposición de los mismos es la norma, el uso.

Es cierto que no deben protegerse ni legitimarse comportamientos que denigren a las personas, que las despojen de su dignidad, pero ¿quién marca hasta qué punto se daña a la persona por la cultura de la que es descendiente? ¿Demonizamos unas culturas pero no otras? ¿Quién decide qué es aceptable y hasta qué punto evitando las raíces de su propia tradición?

Una vez más se hace necesario el respeto y la tolerancia. Y es que el respeto no es más que aceptar la diferencia del otro para que pueda aceptarse la nuestra, aunque no sea compartida.

 

Asignatura pendiente

Septiembre 15, 2007

Es curioso que a la hora de realizar críticas a la educación, éstas se centren siempre en determinadas asignaturas —ahora es el turno de Educación para la ciudadanía— y nunca se realice un estudio profundo, transversal, sobre esta actividad tan importante.

El problema de la educación, a mi juicio, se reduce a estimar cuáles deben ser los contenidos en los que se educará a la persona y con qué fin. Indudablemente existen otros problemas importantes, pero no básicos, como el de los medios para poder llevar a cabo los objetivos que se han marcado y la manera de culminarlos.

Tradicionalmente, la educación se ha dado de forma estricta en el seno familiar, entendiendo a esta como la inculcación de valores éticos, morales y de convivencia (modales). La formación en otro tipo de materias (historia, geografía, matemáticas, etc) era ignorada y sólo posible para una parte de la población muy limitada. Sin embargo, la aparición de una institución pública dedicada a la educación formal y accesible para todos ha ido variando este comportamiento. Paulatinamente, la escuela ha pasado de formar culturalmente a las personas a también educarlas (si bien es posible hacer esta distinción cuando toda materia formal lleva implícitamente valores éticos).

Así pues, en principio, la aparición de asignaturas que traten de forma explícita los valores éticos y morales de la sociedad, no debería de ser más que un proceso de afianzamiento de la calidad de la enseñanza de cualquier país.

¿Por qué entonces tanto revuelo? Por miedo.

En España la educación institucionalizada también tiene su propia historia, y en ella tampoco ha faltado una asignatura que orientase ética y moralmente, que impusiese valores de convivencia: Religión. ¿Qué es la religión sino un conjunto de reglas éticas y morales aplicadas a la vida cotidiana con el fin de organizar la convivencia de un grupo de forma óptima a través de ejemplos sencillos?

Desde este punto de vista ya se puede entender que las voces más críticas en contra de la nueva asignatura procedan de la Iglesia y de su brazo político (PP). Efectivamente, sufren una reacción ante el miedo de desaparecer, de perder poder, de no ser ellos quienes impongan cuáles deben ser las reglas del juego, de perder influencia.

Pero este miedo es generalizable a toda reacción del mismo corte.

¿Nadie se ha preguntado nunca por qué la Política no está contenida en la educación, cuando es lo que más directamente nos afecta a todos, la que va a marcar cómo va a ser nuestra vida y el modo/condiciones de vivirla? ¿Hay alguna materia más cotidiana e influyente que la Política?

Miedo. Nadie se atrevería a formar a los individuos en Política y no sólo por la capacidad de manipulación que existiría en una asignatura de esta índole, sino porque con ella se estaría ampliando la capacidad de crítica, de elección, de libertad. Y eso no conviene a ningún gobierno, pues, nuevamente, es pérdida de poder.

Ninguna democracia debería tener miedo a la libertad, a la elección más allá de lo impuesto. Esa será siempre la asignatura pendiente.

 

 

¿Injurias?

Julio 20, 2007

Es curioso que hablando recientemente de censuras en el blog, surga en la actualidad un descarado caso de las misma. El desencadenante ha sido esta portada de la revista humorística El Jueves:

 

 

Bajo mi punto de vista, no puedo entender cómo esta edición puede ser calificada de injuriosa, pero intentaré desmenuzar los motivos que hayan podido propiciar el secuestro de este número.

 

La caricatura puede que sea provocadora, nada elegante, ordinaria, evitable, poco apropiada, y todos los calificativos que nos sugiera el ver de forma tan explícita la práctica del acto sexual por parte de los Príncipes de Asturias. Pero no creo que eso sea ninguna falta de respeto a la Corona. ¿Es que acaso las infantas Leonor y Sofia las trajo la cigüeña desde París? ¿Es que la Corona evita, por mandato divino, las escatológicas necesidades biológicas tan poco apropiadas para la vida pública?

 

En cuanto al texto, distingo primero la práctica del sexo en busca de un rédito económico prometido por ZP, que a mi juicio queda fuera de discusión por pertenecer a la sátira, a la ironía que se pretende realizar, a través de los Príncipes, a dicha promesa abiertamente electoralista (si ponemos eso en duda, estamos poniendo en tela de juicio la libertad de expresión). Y por otro lado, los comentarios del príncipe que hacen alusión a su vida placentera y sin esfuerzo. ¿Dónde está aquí la injuria? ¿La evidente holgaznería Real es una?

 

Creo que la decisión tomada por el juez del Olmo responde más a personalísimos criterios morales que a una realidad objetiva, a una retógrada forma de entender el mundo más que al libertinaje de una publicación. Y es que no puede haber excepciones para los de siempre, menos aún, para una instución no democrática que Franco decidió como sucesora. El acto del juez del Olmo, a mi juicio, es vergonzoso e insultante, más propio de otros tiempos que de la España democrática con la que nos llenamos las bocas todos los días. Pero esto, claro, lo decidirá la interpretación de la ley que haga el poder judicial.

 

Respeto a los jueces y sus decisiones, a la jurisprudencia, pero ¿hasta qué punto no es un arma personal y política que responde más a intereses que a la legalidad o la verdadera justicia?

 

Ese es otro tema.

Censuras

Julio 18, 2007

Es lamentable comprobar cómo todavía podemos encontrar la oxidada y siempre afilada tijera de la censura en cualquier parte.

Vivimos en la llamada era de las comunicaciones, donde la información se genera, transimite y asimila como nunca antes se había visto, donde la distancia real entre las personas se ha difuminado gracias a los teléfonos móviles y la omnipresente internet. Pero nada de esto ha sabido escapar de la censura. Y no me refiero a la censura más conocida, las de las grandes empresas de comunicación, que eligen qué será o no noticia, la forma, el calado y el momento en el que ha de llegar la misma. Ni siquiera hablo de la censura de los moralistas, de esos personajillos que se atreven a tratar de imponer a los demás qué deben ver u oir, con no se sabe qué principios de doble vertiente. Hablo de la peor de las censuras, las que imponemos nosotros mismos, las de la sociedad.

Es curioso observar cómo los denominados tabúes sociales responden siempre a las mismas premisas: la educación y la convivencia.

La educación ofrecida por los padres, la formación proporcionada en las escuelas y las experiencias vividas bajo las mismas aquilatan poco a poco la dificultad de hablar sobre un tema particular, la incapacidad de afrontarlo, la habilidad para esquivarlo. El tabú queda así arraigado en la persona. Una persona que solemos ser todos, ya que la inmensa mayoría de nosotros compartimos un mismo estilo de vida y un mismo sistema de valores. Afortunadamente, este  tipo de tabúes se suele superar con los años: nuevas experiencias, el contacto de otras personas o el reconocimiento de unas limitaciones innecesarias que el individuo desplaza por reducción al absurdo. Aunque hay siempre quien no lo hace.

Por otro lado, sabemos que la convivencia entre personas es sólo posible a través de la cesión recíproca de actitudes que pongan en peligro el delicado equilibrio de una relación saludable. Luego, de manera más o menos explícita, quedan excluidos no sólo comportamientos incompatibles que empercudirían la convivencia, sino también temas de conversación, modos de abordar determinados problemas a través de un diálogo abocado al soliloquio. Esta es la segunda forma de llegar al tabú. Por su naturaleza, casi nunca es superado, aunque no tiene por qué revertir de modo negativo en la relación. Pero siempre hay excepciones.

El problema estriba en que bajo la excusa de la convivencia aparece la censura. Y es que esta quiere confundir la cesión para la mutua tolerancia, con la imposición para una determinada convivencia. Es decir, trata de sustituir el recíproco acuerdo al que llegan todos los grupos por las condiciones de uno solo de ellos. Bajo cualquier punto de vista esto es inaceptable y bochornoso.

Un claro caso de censura lo encontramos en la Guerra Civil. Es patético que transcurridos más de 70 años de tan horrendo suceso, de los cuales casi 40 pertenecen a una ominosa dictadura resentida y revanchista, producto directo de dicha guerra, todavía haya quienes se atrevan a decir que, por “convivencia”, no debemos abrir viejas heridas ya cerradas, que no hubo ni malos ni buenos, que dejemos a los muertos en paz. Perdonen, pero no. Las izquierdas hicieron en la Transición un titánico esfuerzo de olvido para que todos pudieramos tener un futuro, para tener una verdadera convivencia. Pero ahora, pesa más la necesidad de justicia. Las heridas no se han cerrado, porque la memoria sigue martilleando en la tierra señalando los muertos enterrados en fosas comunes como perros sarnosos, en los juicios sumarísimos que tiñen de indignidad y mentira a aquellos que lucharon por la libertad, en todos los discursos que demonizan a la república, sus representantes y su espíritu. Y sí que hubo buenos y malos: los que lucharon por la libertad, los que defendieron la legalidad y la voluntad del pueblo y aquellos que la pisotearon, destrozaron y quisieron borrar todo rastro de historia o persona donde hubiera existido.

No podemos evitar lo ya sucedido, pero sí restañar el daño realizado a través de la memoria. Cuando la indolencia o falacia histórica de este periodo sea reparada, cuando todos los muertos tengan su nombre y su tumba, cuando cada persona juzgada ilegal e injustamente vuelva a recuperar su dignidad, cuando se asuman responsabilidades históricas, entonces, y sólo entonces, podremos decidir entre todos no hablar de la Guerra Civil, porque ya no quedará nada pendiente, porque será justo y necesario pasar página.

Mientras tanto, no pidan o impongan silencio por una “convivencia” que a penas sí les sirve para ocultar su desfachatez y vergüenza. Censuren sus barbaridades, no la justicia.

Felicidad programada

Julio 11, 2007

Nadie se extraña de que las personas sean felices los días que deben serlo. A todos nos parece natural que existan acontecimientos en los que debemos ser felices y, lo que es más, que dichos sucesos deben de ocurrir para que podamos serlo.

(Bautizos, comuniones, bodas, aniversarios, cumpleaños… No se permite ni un solo gesto de seriedad más allá del ritual. Es obligatorio estar alegres y alborozados)

Pero no nos conformamos con esa felicidad a la que estamos automáticamente condenados, necesitamos tejer andamiajes adicionales para que, con infalible matemática, nos lleven a la cima de la plenitud y el goce en esos días señalados.

(La invitación, la ceremonia, los adornos, el vestido de gala, el convite… No puede quedar ningún detalle sin ancla. Todo tiene que ser perfecto)

Creemos que existe un camino para llegar a ser feliz, un contexto donde es posible serlo. Esperamos a que todo esto llegue sin más ademán que el deseo y el ansia. Y desperdiciamos el resto de nuestros días pensando que no tienen, que no pueden ser perfectos, a sabiendas que la vida no entiende de proyectos o seguridad.

Entonces, ¿por qué seguimos malgastándola?

Avispas

Junio 28, 2007

Una vez más en esta legislatura, la iglesia católica afila sus aguijones contra el gobierno, ahora con la excusa de la libertad de educación moral. Cree que el estado debe eximirse de impartir asignaturas de educación cívica para evitar de este modo la manipulación y confusión a la que se pueden ver expuestos los incautos infantes. Apelan a la utilización, por parte de sus fieles, de una objeción de conciencia ex profeso para evitar esta catarata de relativismo moral en la que, al parecer, nos encontramos imbuidos desde la entrada del PSOE al gobierno.

La asiduidad de tanta pataleta, sin embargo, es bien distinta. La iglesia católica, desde la entrada de la democracia en este país, se ha ido diluyendo poco a poco. A medida que los españoles han dejado atrás sus rémoras educacionales, producto de la formación nacional-católica, tradicional y represiva impuesta por el franquismo, la Iglesia no sólo ha perdido su grotesco peso político en una España cada vez más democrática y laica, sino que se ha encontrado relegada en un segundo plano también a nivel personal. Esta institución no es capaz de leer qué cambios están sucediendo en la sociedad y qué papel debe desempeñar en esos cambios para estar al lado de sus fieles y satisfacer sus demandas, tanto sociales como espirituales. Siguen con su milenaria política de púlpito y sermón, haciendo oídos sordos hasta a esas tímidas corrientes que en su propio seno reclaman una vuelta renovada hacia lo cristiano. Y es que, desgraciadamente, a pesar de que vistan sus palabras con una leve sombra de Cristo, la iglesia se mueve, como toda gran organización, por ideas que nada tienen que ver con el mensaje del nazareno: poder político y económico. En resumidas cuentas, la iglesia católica, y en particular la española, no ha sabido perder. Es una mala perdedora.

Cabría mencionar la desfachatez de esta institución ahora en defensa de unos derechos que nunca le han importado: la iglesia católica española, salvo contadas excepciones, nunca ha estado con el pueblo, sino con el poder, muestra de su indolencia frente a los problemas del ciudadano. Cabría mencionar su despropósito al erguirse como abanderada de la Moral y la Ética, cuando en su seno, por ejemplo, se siguen arropando casos sangrantes de pederastia y machismo, cuando la política histórica que han llevado a cabo ha sido la de la negación y la represión, la de la sangre y el fuego. En fin, sería interesante recordar cómo todavía no han pedido perdón por haber acogido en su seno a un dictador con el que practicaron el oscurantismo por casi 40 años y al que jaleaban y santificaban aún a sabiendas de sus crímenes y atrocidades. Cabría destacar muchas cosas con el mismo corte, pero la lista sería demasiado larga.

Desgraciadamente nos encontramos en un país donde el civismo brilla por su ausencia, donde la falta de valores es un hecho consumado desde hace ya muchos años y donde la pérdida de referencia socio-cultural ha sido engullida por el egoísmo capitalista y su pragmatismo efímero. Una sociedad donde, de forma masiva, las personas no planifican sus embarazos, cediendo sus deberes de educación a terceros o a una escuela sin soporte para ofrecerlos. Toda una cuna para movimientos homófonos, xenófobos, racistas, machistas, etc. Es necesario dotar a la escuela de una asignatura donde se reflejen los valores democráticos, de tolerancia, de civismo y mínima ética, al que puedan acceder todos, sin excepciones, sin ningún condicionamiento religioso.

Pero la iglesia reclama la exclusividad que hasta hace poco tenía sobre la materia, haciendo apología de la desobediencia civil −como ya pidiera a los alcaldes del democristiano PP con la equiparación de los derechos de los homosexuales al de los heterosexuales− bajo el marco de una falsa objeción de conciencia. No quiere aceptar que este país es laico, que se respetan todos los cultos, en los que no debería existir esa preferencia que ellos tienen −y que tanto se ha criticado en el resto de Europa− y en el que su existencia debería ceñirse a las necesidades de sus fieles, no a sus intereses.

Por más que repitan lo del relativismo moral, la ruptura de las familias, la desvalorización del matrimonio, la desaparición de la sociedad “decente”, la llegada de unas nuevas Sodoma y Gomorra, España continúa adelante con leyes que amplían los derechos civiles y garantizan oportunidades para todos. A pesar de ellos, todos somos cada día un poco mejores.

Por favor, déjennos en paz.