¿Despedidas?

CASO PRIMERO

Sigo sin saber los motivos de tu alejamiento, el comportamiento contradictorio y cansino de tu cal y tu arena, ese trato natural sin explicación y lleno de tanto silencio. Ignoro por qué un día desapareció mi nombre de tu agenda… Puede que lo sepa, que no quiera acabar de aceptarlo: sustitución por otros, necesidad colmada que ya no precisa de muletas, utilización y continuos lavados de conciencia. No puedo entenderlo ni me lo permites.

Me he cansado, con la misma indiferencia y paso sordo que has utilizado, sin darte cuenta.

CASO SEGUNDO

No es la primera vez que nos ha pasado, pero igualmente no hemos sabido solucionarlo. Y a estas alturas de camino recorrido, con la distancia de por medio y tu necesidad hecha cariño y venda para tu corazón, no sé si quiero seguir estando contigo. Quizá ya hemos agotado todo nuestro tiempo juntos y ese cariño, esa nostalgia con la que a veces nos acomodamos en los recuerdos ya no sea suficientte más que para eso. A penas si quedan palabras -siempre has optado por el olvido y el silencio- para despedirnos.

No encuentro sentido a esto y, lo más importante, no sé si quiero dárselo.

CASO TERCERO

Es la carta que más me duele, la que lleva más sangre que tinta. Fallé, es cierto, pero tu justicia sólo ha tenido venganza para conmigo. Y aunque ahora todo parezca algo ajeno, aunque aún templado en las frentes, quizá esto no sea un recomienzo. Antes de todo cambiaste, giraste tus ojos hacia dentro y también me olvidaste. Ese es el dolor de mi herida.

¿Dónde estamos? Tengo miedo a decir que en el final.

Avispas

Una vez más en esta legislatura, la iglesia católica afila sus aguijones contra el gobierno, ahora con la excusa de la libertad de educación moral. Cree que el estado debe eximirse de impartir asignaturas de educación cívica para evitar de este modo la manipulación y confusión a la que se pueden ver expuestos los incautos infantes. Apelan a la utilización, por parte de sus fieles, de una objeción de conciencia ex profeso para evitar esta catarata de relativismo moral en la que, al parecer, nos encontramos imbuidos desde la entrada del PSOE al gobierno.

La asiduidad de tanta pataleta, sin embargo, es bien distinta. La iglesia católica, desde la entrada de la democracia en este país, se ha ido diluyendo poco a poco. A medida que los españoles han dejado atrás sus rémoras educacionales, producto de la formación nacional-católica, tradicional y represiva impuesta por el franquismo, la Iglesia no sólo ha perdido su grotesco peso político en una España cada vez más democrática y laica, sino que se ha encontrado relegada en un segundo plano también a nivel personal. Esta institución no es capaz de leer qué cambios están sucediendo en la sociedad y qué papel debe desempeñar en esos cambios para estar al lado de sus fieles y satisfacer sus demandas, tanto sociales como espirituales. Siguen con su milenaria política de púlpito y sermón, haciendo oídos sordos hasta a esas tímidas corrientes que en su propio seno reclaman una vuelta renovada hacia lo cristiano. Y es que, desgraciadamente, a pesar de que vistan sus palabras con una leve sombra de Cristo, la iglesia se mueve, como toda gran organización, por ideas que nada tienen que ver con el mensaje del nazareno: poder político y económico. En resumidas cuentas, la iglesia católica, y en particular la española, no ha sabido perder. Es una mala perdedora.

Cabría mencionar la desfachatez de esta institución ahora en defensa de unos derechos que nunca le han importado: la iglesia católica española, salvo contadas excepciones, nunca ha estado con el pueblo, sino con el poder, muestra de su indolencia frente a los problemas del ciudadano. Cabría mencionar su despropósito al erguirse como abanderada de la Moral y la Ética, cuando en su seno, por ejemplo, se siguen arropando casos sangrantes de pederastia y machismo, cuando la política histórica que han llevado a cabo ha sido la de la negación y la represión, la de la sangre y el fuego. En fin, sería interesante recordar cómo todavía no han pedido perdón por haber acogido en su seno a un dictador con el que practicaron el oscurantismo por casi 40 años y al que jaleaban y santificaban aún a sabiendas de sus crímenes y atrocidades. Cabría destacar muchas cosas con el mismo corte, pero la lista sería demasiado larga.

Desgraciadamente nos encontramos en un país donde el civismo brilla por su ausencia, donde la falta de valores es un hecho consumado desde hace ya muchos años y donde la pérdida de referencia socio-cultural ha sido engullida por el egoísmo capitalista y su pragmatismo efímero. Una sociedad donde, de forma masiva, las personas no planifican sus embarazos, cediendo sus deberes de educación a terceros o a una escuela sin soporte para ofrecerlos. Toda una cuna para movimientos homófonos, xenófobos, racistas, machistas, etc. Es necesario dotar a la escuela de una asignatura donde se reflejen los valores democráticos, de tolerancia, de civismo y mínima ética, al que puedan acceder todos, sin excepciones, sin ningún condicionamiento religioso.

Pero la iglesia reclama la exclusividad que hasta hace poco tenía sobre la materia, haciendo apología de la desobediencia civil −como ya pidiera a los alcaldes del democristiano PP con la equiparación de los derechos de los homosexuales al de los heterosexuales− bajo el marco de una falsa objeción de conciencia. No quiere aceptar que este país es laico, que se respetan todos los cultos, en los que no debería existir esa preferencia que ellos tienen −y que tanto se ha criticado en el resto de Europa− y en el que su existencia debería ceñirse a las necesidades de sus fieles, no a sus intereses.

Por más que repitan lo del relativismo moral, la ruptura de las familias, la desvalorización del matrimonio, la desaparición de la sociedad “decente”, la llegada de unas nuevas Sodoma y Gomorra, España continúa adelante con leyes que amplían los derechos civiles y garantizan oportunidades para todos. A pesar de ellos, todos somos cada día un poco mejores.

Por favor, déjennos en paz.

Manipulaciones

A pesar de que se quieran vestir las ideas con palabras bonitas, ocultar su mensaje en una elaborada legalidad de sírvase usted mismo o proclamar mil veces una mentira hasta que esta tenga olores de verdad, las ideas acaban mostrando su cara limpia, el verdadero fin y motivo de su existencia.

Desde un comienzo, la denominada Ley de Partidos se esgrimió, principalmente, como el bastión que impediría que organizaciones terroristas como ETA pudieran llegar a tener una representación parlamentaria, salvaguardando de este modo la pureza de las instituciones democráticas. Aunque además de esto, encontrábamos también una polémica alusión a los nacionalismos que se quiso pasar por alto, ensalzando otras virtudes menos controvertidas y más demagogas. Así, fue firmada por los dos partidos de representación mayoritaria, PP y PSOE, despreciando el consenso que una ley de esa categoría merece, tildando al resto de fuerzas políticas como innecesarias, como prescindibles.

Fruto de dicha ley o cantera de votos y como justificación de su validez, se consiguió ilegalizar a HB. Pero no fue una ilegalización gratuita: HB se negaba a desvincularse de la violencia, continuaba con la ambigüedad de posiciones y se encontró bajo el peso de una demostración jurídica que la vinculaba directamente con ETA. Sin embargo, desde que se produjera esta ilegalización muchas cosas han cambiado.

Sería agotador y tedioso relatar detalladamente todas las actuaciones políticas que se han producido al respecto, por lo que obviaré hacer un inventario de las mismas. Lo que verdaderamente me importa es señalar como, poco a poco, se ha ido equiparando terrorismo a izquierda abertzale e incluso a cualquier tipo de nacionalismo centrífugo sin que nadie muestre el más mínimo asombro por ello ni la más mínima vergüenza u honradez al afirmarlo categóricamente. En este país se ha asociado la idea de peligro a cualquier nacionalismo no españolista, pero también la de ilegalidad y anticonstitucionalidad sin que pase absolutamente nada.

Consecuencias de estas ideas, quizás las más trágicas, las encontramos en una izquierda abertzale sin representación política, independientemente de que condene o no el terrorismo, de que haya o no pruebas fehacientes de su vinculación con ETA. Casos esperpénticos como el de ANV, en el que un baremo turbio decide qué listas se ilegalizan o cuáles pueden ser válidas. En definitiva, estamos frente a toda una corriente política sin partido que pueda hablar por los miles de votantes que tiene esa opción, agravando así la posición de los radicales y los moderados, conduciendo a todos a un callejón sin salida. Pero eso no es problema, porque está actuando la ley.

Otro caso lo encontramos en Nafarroa Bai, nuevo demonio nacionalista, pero con los mismos dientes −esos tan parecidos a los de ERC− dispuestos a despedazar la monolítica e intransigente concepción de España que se tiene desde el centro de la península. Por eso no es lícito negociar con ellos, sería una cesión, una derrota. Pero no pasa nada, porque se está jugando con el poder político.

Creo que es necesaria una ley de partidos, creo que en la democracia deben establecerse unos límites amplios, pero eficaces, con los que poder garantizarla sin violencia, chantajes o cualesquiera armas que se empuñen alejadas del diálogo. Pero en este ámbito no me valen leyes a medida, leyes sin consenso, leyes que quieran esconder tras su lenguaje jurídico ideas de un corte nada democrático o constitucional.

Es muy triste que en este país se sigua confundiendo legalidad con justicia, justicia con verdad y verdad con bueno.

Y Dios en todas partes.

Pérdida

DISTANCIA

La distancia siempre es doble: frío, espacio abierto, primera ausencia; vacío en el corazón, presagio de ruptura.

De nada sirve romper las métricas y sentir la presencia de la carne como una repulsión que exige el repliege de los labios o la huída. Nadie quiere un cuerpo si no hay eco de palabra.

La distancia es una cosa de dos: uno la abre, otro la aumenta.

SILENCIO

Cuando hay espacios compartidos y el cruce se hace necesario a pesar de que las grietas estén consumadas, nace el silencio como un denso cuchillo o aritmética.

La desidia -el tedio- vence toda pasión, frenando las manos y la frente. Ya no hay vuelta atrás, todo ha quedado extrangulado.

Ahora, tan sólo piedras.

INDIFERENCIA

Sin lugar, sin palabra, la indiferencia se hace rúbrica natural para la pérdida.

No queda nada, porque nada importa.

Elección

Desde la infancia se impone al ser humano una serie de metas que debe cumplir, cosas que debe realizar obligatoriamente para que su vida tenga un mínimo sentido, para que su paso por el mundo no sólo se refleje en el olvido que a todos nos espera. Se esfuerzan en guiarnos hacia cómo deberíamos ser, hacia lo que se debe hacer, cómo hay que hacerlo y cuando. Un plan de vida necesario por el que discurrir mansamente. Así, se ignoran los propios deseos y los dones quedan ahogados entre la mediocridad que adormece a los sentidos y las recompensas efímeras. Se obliga a olvidar la raíz para centrar la vida en lo accesorio.

Los caminos que divergen son cercenados o deminizados. Por eso yo quiero hablar de elección. Una elección que sólo existe en un ambiente de libertad, de tolerancia, en un medio que sea permeable, flexible y en el que las ideas no supongan un desafío sino un enriquecimiento. Hablo de aquello que define al ser humano y que se intenta cuadricular a la medida de un mundo completamente vacío.

No me valen esta “libertad” y “tolerancia” de cartón con las que se visten las palabras con más intenciones que fondo o convicción. No me valen este sistema y su sociedad intransigente; sociedad más pendiente de juzgar los actos que aprender de ellos, más rígida y excluyente a medida que se regocijan en su propia alienación, pero con palabras y máscaras bonitas para cumplir con sus deberes cívicos.

La vida no está ceñida a un sólo cauce, porque no todos buscamos en la vida las mismas cosas ni creemos en idénticas maneras de lograr las mismas metas. Por eso yo incido en el derecho de quienes no quieren una vida prefabricada, de aquellos que quieren crear el camino con sus propios pasos, de quienes encuentran en los deberías una cárcel para sus propósitos, un cepo más sin salida. Pero reparo también en el derecho de seguir lo establecido, de moverse con sus valores y sus estrictas formas de conseguir las cosas.

Nada debería imponerse, sólo la información para tener la capacidad de elegir.

Víctimas

Últimamente no deja de escucharse o leerse en todos los medios de comunicación, y a todas horas, la palabra víctimas en relación a las masacres terroristas, en particular, a las perpretadas por la banda de asesinos de ETA, ahora denuevo en la palestra tras la ruptura de su particular modo de entender el alto el fuego.

Se habla de víctimas, de respeto, de memoria. Sí, de todo ello son merecedoras estas personas que desgraciadamente ya no están entre nosotros, que tuvieron el trágico fin de desaparecer por participar activamente en el juego democrático con ideas de las que se puede diferir, pero que jamás deben ser resueltas con la cobardía de un tiro. Sin embargo, sus allegados -aún entendiendo su tremendo dolor- no tienen el derecho de impartir o exigir justicia en base a su dolor o su pérdida. No se puede ser juez y parte, y el derecho recoge esta lógica para evitar la venganza.

Se generan debates enconados e infames sobre un gobierno que se doblega a chantajes, sobre conspiraciones rocambolescas y esperpénticas, sobre el desamparo de las víctimas o sobre la ruptura del derecho y la justicia. Es un lamentable espectáculo que guarda más intenciones partidistas que derechos de víctimas, más intereses que altruismo. Lo más vergonzoso, lo verdaderamente indigno es que de ellos se hagan partícipes algunas asociaciones, sin pudor ni rubor a ser utilizados como avanzadilla.

Yo sólo puedo estar de acuerdo con el derecho del econocimiento de estas víctimas y su memoria, con el derecho de los implicados en no olvidar y exigir compensaciones, en la impartición de justicia para ellas.

Pero, ¿por qué hay que olvidar la víctimas del franquismo y de la guerra civil? ¿Por qué se alude a una olvidanza en favor del consenso? ¿Por qué unas víctimas pesan más que otras cuando el dolor de la pérdida es el mismo para los seres humanos? ¿Por qué una con tantos derechos y otras abocadas al silencio?

Sabemos la respuesta, pero es demasiado vergonzosa como para escribirla…

Universidad

Es curioso observar hasta qué punto se ha degradado la institución universitaria.

En la sociedad es más que palpable la sensación de inutilidad, de pérdida de tiempo y dinero que supone cursar los estudios universitarios, todo ello cristalizado ya en un dicho de sabiduría popular: universidad, fábrica de parados. Ciertamente, el pueblo no hace más que reflejar una realidad incontestable para la mayoría de las titulaciones. Pero en el fondo de ese discurso, no sólo se critica la incapacidad de ofrecer un trabajo más seguro o mejor que en principio deberían promenter los cursos universitarios debido a su coste, sino que se está realizando una feroz crítica al esfuerzo que se invierte por lograrlo. Y aunque sería interesante conocer las raíces de este menosprecio por el esfuerzo -más todavía en este país infestado de picaresca hasta sus raíces, en el que la mezquindad se hace laurel para quien la practica-, creo que lo más importante es resaltar que todo ello ha llevado a menospreciar a un titulado, a no que no sea valorado por la sociedad, a tratarlo como un iluso, un ingenuo, un idiota.

Una sociedad que no honra el esfuerzo ni a las personas que lo realizan, que iza el pendón de “que inventen otros”, no creo que vaya por buen camino.

Pero la degradación de la institución reside también en su seno.

En primer lugar, la universidad no satisface las espectativas que generan a quienes ingresan en ella, ya que si bien esta se promociona como templo de saber o cumbre de la labor intelectual de este país, la realidad es bien distinta y triste: campo de batalla por intereses personales (o de departamentos) en el que el expediente académico es mero trámite frente a la capacidad de humillarse, de adular o de pisar cabezas. Así pues, las facultades se me antojan más llenas de gente mediocre pero dócil frente a unas normas no escritas, que ocupadas por verdaderos profesionales, los mejores, capacitados para ocupar esos puestos. Parece que en este país la universidad utiliza el campo de la docencia no para ayudar al alumnado o para ofrecer una formación, sino como pretexto para financiar sus propios fines y buscar renombre. Y es que es más que patente que los profesores sienten las clases más como una carga que como su verdadera función académica. Es vox populi entre los universitarios.

Por otro lado, las titulaciones no proporcionan la formación necesaria para afrontar un mercado laboral cada día más competitivo -una formación no sólo en déficit en su contenido, también en sus pobres medios-, sino que más bien se presentan como un prólogo a una formación mucho más larga si es que se quiere conseguir algo más que tener un título colgado en la pared o la satisfacción personal de tenerlo.

Todo ello sin contar los miles de problemas cotidianos que lleva consigo la dramática cotidianidad universitaria.

Parece que se olvidan, a pesar de su más que cuestionable autonomía, de que son un servicio público, que está sustentada entre todos y que esto nos da el derecho a exigir su mejor funcionamiento, porque de momento no es privada y no puede hacer lo que le venga en gana.

A mi juicio, se hace más que necesaria una profunda reforma, no un lavado de cara más. La universidad debe cumplir un papel y no sólo aparentarlo, debe ofrecer hechos, no promesas. Para eso ya existen los políticos y los demagogos.