Avispas

Una vez más en esta legislatura, la iglesia católica afila sus aguijones contra el gobierno, ahora con la excusa de la libertad de educación moral. Cree que el estado debe eximirse de impartir asignaturas de educación cívica para evitar de este modo la manipulación y confusión a la que se pueden ver expuestos los incautos infantes. Apelan a la utilización, por parte de sus fieles, de una objeción de conciencia ex profeso para evitar esta catarata de relativismo moral en la que, al parecer, nos encontramos imbuidos desde la entrada del PSOE al gobierno.

La asiduidad de tanta pataleta, sin embargo, es bien distinta. La iglesia católica, desde la entrada de la democracia en este país, se ha ido diluyendo poco a poco. A medida que los españoles han dejado atrás sus rémoras educacionales, producto de la formación nacional-católica, tradicional y represiva impuesta por el franquismo, la Iglesia no sólo ha perdido su grotesco peso político en una España cada vez más democrática y laica, sino que se ha encontrado relegada en un segundo plano también a nivel personal. Esta institución no es capaz de leer qué cambios están sucediendo en la sociedad y qué papel debe desempeñar en esos cambios para estar al lado de sus fieles y satisfacer sus demandas, tanto sociales como espirituales. Siguen con su milenaria política de púlpito y sermón, haciendo oídos sordos hasta a esas tímidas corrientes que en su propio seno reclaman una vuelta renovada hacia lo cristiano. Y es que, desgraciadamente, a pesar de que vistan sus palabras con una leve sombra de Cristo, la iglesia se mueve, como toda gran organización, por ideas que nada tienen que ver con el mensaje del nazareno: poder político y económico. En resumidas cuentas, la iglesia católica, y en particular la española, no ha sabido perder. Es una mala perdedora.

Cabría mencionar la desfachatez de esta institución ahora en defensa de unos derechos que nunca le han importado: la iglesia católica española, salvo contadas excepciones, nunca ha estado con el pueblo, sino con el poder, muestra de su indolencia frente a los problemas del ciudadano. Cabría mencionar su despropósito al erguirse como abanderada de la Moral y la Ética, cuando en su seno, por ejemplo, se siguen arropando casos sangrantes de pederastia y machismo, cuando la política histórica que han llevado a cabo ha sido la de la negación y la represión, la de la sangre y el fuego. En fin, sería interesante recordar cómo todavía no han pedido perdón por haber acogido en su seno a un dictador con el que practicaron el oscurantismo por casi 40 años y al que jaleaban y santificaban aún a sabiendas de sus crímenes y atrocidades. Cabría destacar muchas cosas con el mismo corte, pero la lista sería demasiado larga.

Desgraciadamente nos encontramos en un país donde el civismo brilla por su ausencia, donde la falta de valores es un hecho consumado desde hace ya muchos años y donde la pérdida de referencia socio-cultural ha sido engullida por el egoísmo capitalista y su pragmatismo efímero. Una sociedad donde, de forma masiva, las personas no planifican sus embarazos, cediendo sus deberes de educación a terceros o a una escuela sin soporte para ofrecerlos. Toda una cuna para movimientos homófonos, xenófobos, racistas, machistas, etc. Es necesario dotar a la escuela de una asignatura donde se reflejen los valores democráticos, de tolerancia, de civismo y mínima ética, al que puedan acceder todos, sin excepciones, sin ningún condicionamiento religioso.

Pero la iglesia reclama la exclusividad que hasta hace poco tenía sobre la materia, haciendo apología de la desobediencia civil −como ya pidiera a los alcaldes del democristiano PP con la equiparación de los derechos de los homosexuales al de los heterosexuales− bajo el marco de una falsa objeción de conciencia. No quiere aceptar que este país es laico, que se respetan todos los cultos, en los que no debería existir esa preferencia que ellos tienen −y que tanto se ha criticado en el resto de Europa− y en el que su existencia debería ceñirse a las necesidades de sus fieles, no a sus intereses.

Por más que repitan lo del relativismo moral, la ruptura de las familias, la desvalorización del matrimonio, la desaparición de la sociedad “decente”, la llegada de unas nuevas Sodoma y Gomorra, España continúa adelante con leyes que amplían los derechos civiles y garantizan oportunidades para todos. A pesar de ellos, todos somos cada día un poco mejores.

Por favor, déjennos en paz.

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