El problema de la monarquía

Monarquía, ¿sí o no? El juez del Olmo parece haber levantado involuntariamente, con el secuestro de la revista El Jueves, este debate por mucho tiempo subterráneo o inexistente en la sociedad española. Personalemte no creo que esto vaya a ser el advenimiento de la III República, un preludio tan esperado y anunciado por muchos. Pero sí creo que abre una serie de preguntas básicas y necesarias por mucho tiempo postergadas en este país.

Siendo francos y honestos con la historia, debemos admitir que la Transición a la democracia hizo posible la convivencia entre los españoles, que no es poco. Pero nada más. Desde determinados sectores se nos ha querido vender la transición como la panacea a los problemas de la España de entonces, la mejor y única solución en aquel momento. Se nos insta a no plantear si quiera una duda sobre cualquiera de los aspectos de dicho pacto, con la amenza o advertencia de la ruptura de consensos y la abertura de viejas heridas ya cicatrizadas. Cuando se tienen argumentos tan peregrinos se suele hacer uso del miedo, de la herejía y la traición. Y es que la transición no curó ninguna herida, simplemente las aplazó y las agravó con su indiferencia, apuntalando la versión de los vencedores. No dio continuismo a la II República (la constituida por la voluntad popular), sino que se la dio al Franquismo (el que la pisoteó), aceptando por tanto implícitamente la legalidad del Régimen, y lo que es más, al sucesor nombrado por Franco: Juan Carlos I. Etcétra, etcétera.

Que en la transición las cosas se hicieron lo mejor que se pudieron es un hecho, pero que podrían haberse hecho mejor (con justicia, con memoria o con honradez histórica) es otro. Y esto no constituye un revisionismo barato, al estilo de Pío Moa, o una traición al espíritu conciliador de aquellos años, sino el esbozo de algunos puntos que, al parecer de muchos, pudieron ser mejorados a la luz de la historia. Y el de la monarquia es uno de ellos.

A mi juicio, el problema de la monarquía lo constituyen tres puntos fundamentales. El primero de ellos se refiere al anacronismo de esta institución, completamente desligada del tiempo en el que vive y, lo más importante, innecesaria. El segundo es el carácter de restauración impuesto por el régimen dictatorial anterior (la continuidad nombrada más arriba) sin la participación libre del pueblo, pero viviendo a su costa. Y por último, el más importante de estos puntos: la figura del Rey, lo que este representa.

Y es que el Rey no sólo es el Jefe del Estado, el Jefe de las Fuerzas Armadas, sino que representa constitucionalmente la unidad de España, al pueblo español. En otras palabras, es el icono heredero de los valores de la España franquista. Y para aquellos que pensamos que no existe un pueblo español, sino un conjunto de pueblos como el castellano, el gallego, el andaluz, etc, ni una nación española (aunque sí un país que historicamente nos ha unido llamado España), el Rey es una cuña que niega todas estas ideas, pues la pluralidad y el federalismo o autodeterminación son incompatibles con él.

La Corona goza de la aceptación, el respeto y el afecto de la mayoría de los españoles, tanto por su conducta alejada de los escándalos y los excesivos gastos, como por su cercanía y la favorable prensa que se les ha ofrecido. Sobre todo el Rey, respaldado y mitificado por su actuación durante la transición y el golpe militar fallido el 23-F. No por ello es baladí afirmar que los españoles en su mayoría no son monárquicos, sino juancarlistas. De ahí, que el futuro de la monarquía en España, a día de hoy, esté por resolver, más aún cuando el príncipe heredero no muestra las mismas virtudes de su padre y, fundamentalmente, porque la sociedad de hoy en día poco tiene que ver con la de la transición: está más preparada y es mucho más libre.

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Confusión

 

La pérdida de brújula por el desencuentro entre el ahora y el recuerdo. El dolor de unas manos caducas que hacen de todo el esfuerzo infertilidad atrasada. El cansancio, el tedio, que nos obliga zozobrar en nuestra propia marea de lágrimas desatentidas, para olvidar el sentido que le dimos a las cosas, al sudor con el que las sometimos a nuestra forma de ver el mundo.

La seguridad, el quizá y la negación con la que se cierran todas las puertas.

La confusión que nos lleva a caminos equivocados.

Ahora sólo la humildad y la valentía.

Ausencia

Buscabas en el silencio un espejo para tu herida, el eco necesario para verte en otros corazones. Querías latir en todos los ojos y llorar en los hombros para no beberte el cieno de tus entrañas. Y sólo has conseguido apuntalar la indiferencia, perder caricias para vencer en el pulso con tu orgullo, para cargar la culpa futura en otras espaldas.

Buscabas a alguien, pero te empeñaste en parir ausencia.

El poder del pueblo

Desde pequeños nos enseñan —al menos eso nos ha sucedido a las generaciones que nacimos alejadas de la sombra franquista— que en un Estado de Derecho, las funciones del estado quedan compartimentadas y articuladas a través de tres instituciones básicas, representantes de los tres poderes fundamentales: el ejecutivo, el legislativo y el judicial. Y en Democracia, es el pueblo el que elige quién le representará en el poder ejecutivo (el Gobierno, al que accedará el partido con mayor número de votos o los partidos que, asociados, tengan el mayor número de votos) y el legislativo (compuesto por el propio gobierno y el resto de partidos con votos suficientes para tener representación, esto es, el Parlamento). El poder judicial, es el único no elegido por el pueblo, y se constituye de muy diversas formas, según el país.

El ejecutivo se encarga de hacer que se cumplan las leyes, el legislativo de promulgarlas o revocarlas y el judicial de impartilas según su intrepretación de las mismas. Hasta aquí, la teoría de separación de poderes de Montesquieu, nada nuevo.

Es obvio que, debido a esta separación, a su independencia, deben existir enfrentamientos entre las distintas instituciones. Pero estos choques e incompatibilidades deberían saber resolverse para evitar un colapso en el sistema y, lo que es más importante, para respetar la voluntad del pueblo al que sirven.

Sin embargo, la realidad mucho dista del sistema teórico. Y es que la independencia de los poderes es utópica, la confrontación entre instituciones irresoluble a causa de su manipulación y la voluntad del pueblo marginada en favor de los beneficios de la clase política, que ha olvidado para qué y quién trabaja.

España no es una excepción al respecto. Y donde más se evidencia la falta de separación de poderes, la ausencia de independencia, como no podía ser de otro modo, es en el poder judicial. Y no puede ser de otro modo, ya que los anteriores los elige el pueblo, mientras que este, lo constituyen sus representantes, más obedientes a su ideario político-partidista que al bienestar general.

Desgraciadamente esto es algo a lo que el ciudadano de pie se ha acostumbrado y se acepta dentro del juego político, uno más de sus entresijos indeseables pero inevitables.

Sin embargo, en los últimos años, se ha dado un paso más allá en el conflicto de intereses de los distintos poderes. A día de hoy, los encontronazos entre legislativo y judicial son el pan nuestro de cada día en la política nacional, pero son realmente escandalosos cuando nos sumergimos en las políticas autonómicas. Más en concreto, en las controvertidas reformas de los estatutos.

Amparados bajo un malentendido concepto de Imperio de la Ley, la rama conservadora del poder judicial y el PP, tratan de institucionalizar sus prejucios e ideas utilizando un Tribunal Constitucional  (TC) fuertemente politizado contra la voluntad libre del pueblo. El caso más terrible, el Estatuto de Cataluña.

Por todos es conocida la odisea por la que tuvo que pasar dicho estatuto antes de que llegara a ser aprovado en el parlamento, la de comentarios soeces, la de injurias que tuvo que aguantar el pueblo catalán y todos aquellos que nos sentimos afines a una estructura federal de estado y que consideramos las autonomías no como un fin, sino como la puerta abierta que se dejara en la transición para continuar con el proceso federalista que se rompiera con la Guerra Civil. Todos sabemos que se convocó un referendum para respaldar el estatuto y concederle el grado de democracia necesario que merece un proyecto de esta embergadura. Es un hecho que el estatuto quedó aprobado y que, consecuentemente, la mayoría del pueblo catalán está conforme al mismo —no entraré aquí en el nivel de participación, ya que nos llevaría a un tema mucho más profundo como es la abtención en la democracia y sus consecuencias—.

Entonces, aunque sea legal recurrir al TC para frenar el estatuto de autonomía de Cataluña, ¿es lícito que una justicia fuertemente politizada vaya en contra de la voluntad de un pueblo? ¿Tiene sentido entonces promulgar leyes respaldadas por un referéndum cuando estas, de no ser conformes al ala mayoritaria en el TC, van a ser declaradas anticonstitucionales? ¿Es acaso la democracia una pantomima, un espectáculo de polichinela dónde la elección del pueblo es sólo mero trámite para darle dicho carácter y después encauzarlo como convenga a los intereses partidistas mediante la utilización de la justicia? ¿Es que el poder judicial está por encima de los otros? ¿Es esto el Imperio de la Ley?  Si el poder emana del pueblo, ¿por qué se le ignora?

Pobrecita España.

La media naranja

En una suave colina lamida en sus faldas por un río, se erguía victorioso ante el cincel del tiempo un robusto naranjo, siempre colmando de azahares y frutas.

Sus naranjas, tampoco eran corrientes, pues al caer al suelo se partían por la mitad y se alejaban rodando, confundiéndose en el continuo trasiego de frutas partidas.

Las mitades de las naranjas se buscaban desesperadamente, probando una y otra vez, esperando encajar, ansiando la unión.

Mas una mitad, por más que buscaba, por más que probara y volviera a intentar, no encontraba su mitad.

Un día, completamente abatida por el dolor, oscura, se retiró al río. Allí, mientras lloraba, pudo contemplarse en el espejo del agua.

Entonces comprendió: no era una mitad, sino una naranja entera.