Censuras

Es lamentable comprobar cómo todavía podemos encontrar la oxidada y siempre afilada tijera de la censura en cualquier parte.

Vivimos en la llamada era de las comunicaciones, donde la información se genera, transimite y asimila como nunca antes se había visto, donde la distancia real entre las personas se ha difuminado gracias a los teléfonos móviles y la omnipresente internet. Pero nada de esto ha sabido escapar de la censura. Y no me refiero a la censura más conocida, las de las grandes empresas de comunicación, que eligen qué será o no noticia, la forma, el calado y el momento en el que ha de llegar la misma. Ni siquiera hablo de la censura de los moralistas, de esos personajillos que se atreven a tratar de imponer a los demás qué deben ver u oir, con no se sabe qué principios de doble vertiente. Hablo de la peor de las censuras, las que imponemos nosotros mismos, las de la sociedad.

Es curioso observar cómo los denominados tabúes sociales responden siempre a las mismas premisas: la educación y la convivencia.

La educación ofrecida por los padres, la formación proporcionada en las escuelas y las experiencias vividas bajo las mismas aquilatan poco a poco la dificultad de hablar sobre un tema particular, la incapacidad de afrontarlo, la habilidad para esquivarlo. El tabú queda así arraigado en la persona. Una persona que solemos ser todos, ya que la inmensa mayoría de nosotros compartimos un mismo estilo de vida y un mismo sistema de valores. Afortunadamente, este  tipo de tabúes se suele superar con los años: nuevas experiencias, el contacto de otras personas o el reconocimiento de unas limitaciones innecesarias que el individuo desplaza por reducción al absurdo. Aunque hay siempre quien no lo hace.

Por otro lado, sabemos que la convivencia entre personas es sólo posible a través de la cesión recíproca de actitudes que pongan en peligro el delicado equilibrio de una relación saludable. Luego, de manera más o menos explícita, quedan excluidos no sólo comportamientos incompatibles que empercudirían la convivencia, sino también temas de conversación, modos de abordar determinados problemas a través de un diálogo abocado al soliloquio. Esta es la segunda forma de llegar al tabú. Por su naturaleza, casi nunca es superado, aunque no tiene por qué revertir de modo negativo en la relación. Pero siempre hay excepciones.

El problema estriba en que bajo la excusa de la convivencia aparece la censura. Y es que esta quiere confundir la cesión para la mutua tolerancia, con la imposición para una determinada convivencia. Es decir, trata de sustituir el recíproco acuerdo al que llegan todos los grupos por las condiciones de uno solo de ellos. Bajo cualquier punto de vista esto es inaceptable y bochornoso.

Un claro caso de censura lo encontramos en la Guerra Civil. Es patético que transcurridos más de 70 años de tan horrendo suceso, de los cuales casi 40 pertenecen a una ominosa dictadura resentida y revanchista, producto directo de dicha guerra, todavía haya quienes se atrevan a decir que, por “convivencia”, no debemos abrir viejas heridas ya cerradas, que no hubo ni malos ni buenos, que dejemos a los muertos en paz. Perdonen, pero no. Las izquierdas hicieron en la Transición un titánico esfuerzo de olvido para que todos pudieramos tener un futuro, para tener una verdadera convivencia. Pero ahora, pesa más la necesidad de justicia. Las heridas no se han cerrado, porque la memoria sigue martilleando en la tierra señalando los muertos enterrados en fosas comunes como perros sarnosos, en los juicios sumarísimos que tiñen de indignidad y mentira a aquellos que lucharon por la libertad, en todos los discursos que demonizan a la república, sus representantes y su espíritu. Y sí que hubo buenos y malos: los que lucharon por la libertad, los que defendieron la legalidad y la voluntad del pueblo y aquellos que la pisotearon, destrozaron y quisieron borrar todo rastro de historia o persona donde hubiera existido.

No podemos evitar lo ya sucedido, pero sí restañar el daño realizado a través de la memoria. Cuando la indolencia o falacia histórica de este periodo sea reparada, cuando todos los muertos tengan su nombre y su tumba, cuando cada persona juzgada ilegal e injustamente vuelva a recuperar su dignidad, cuando se asuman responsabilidades históricas, entonces, y sólo entonces, podremos decidir entre todos no hablar de la Guerra Civil, porque ya no quedará nada pendiente, porque será justo y necesario pasar página.

Mientras tanto, no pidan o impongan silencio por una “convivencia” que a penas sí les sirve para ocultar su desfachatez y vergüenza. Censuren sus barbaridades, no la justicia.

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Un comentario en “Censuras

  1. Pues en este caso estoy plenamente de acuerdo contigo, has sabido expresar muy bien el sentir de muchos y te lo agradezco. Nada como la recuperación de la memoria histórica para cerrar las heridas y hacer justicia; quienes piensan lo contrario son los mismos de siempre, los que no conocen ni reconocen más que la intransigencia y la censura. Un abrazo. Virgina

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