Sorpresas absurdas

La política para con el racismo y la xenofobia debe ser de tolerancia cero, al menos en una sociedad que se define como democrática y respetuosa con la pluralidad cultural, racial y religiosa. Sin embargo, una cosa es la política o el escaparate y otra muy distinta la realidad ciudadana.

Que los medios de comunicación se horroricen ante una agresión racista es comprensible, pero que empleen la consternación ciudadana para generar noticias y albergar un rentable alarmismo social es sinceramente bochornoso. Y me refiero a la impostura del periodismo sensacionalista que se rasga las vestiduras al descubrir que en la sociedad hay grupos racistas organizados, grupos de extrema derecha que se definen abiertamente antidemocráticos. Se debe ser más serio, más profesional.

Desgraciadamente los grupos fascistas no son nada nuevo en nuestra sociedad, como no lo son los valores que dan raíz y cobijo a ese tipo de conductas (demasiado tiempo llevan acompañándonos). Pero la sociedad sigue siendo tremendamente hipócrita y gusta más de las máscaras de aparente tolerancia para que enmarquen su pecho con galones, que el verdadero respeto por la diferencia y la plena conciencia de la existencia de esa gentuza neonazi. Es más fácil escurrir el bulto, vivir como si no existieran, como se vive con la muerte del tercer mundo, los indigentes o las guerras. Así somos mejores y podemos juzgar al resto.

Sorpresas absurdas que no inciden en que el problema, una vez más, radica en la educación.

Fractura

Un mazazo de realidad que nos hunde: un simple rasgo de cotidianidad que, un día cualquiera, derrumba los cimientos de la aparente tranquilidad y nos obliga al colapso, a la fractura.

Y es que los tuétanos de la firmeza están minados por aquellas pequeñas cosas que roen en silencio todo andamio o simplicidad en el vivir. Entonces la soledad oprime como un yunque ciego y la única salida es el llanto sin hombro.

Puede que el dolor no vea más allá de la herida, pero el corazón debe recordar que no estamos solos.

 

(El futuro siempre está en la palabra)

Tengo una pregunta para usted

Creo que se hace necesario comentar algunos aspectos de lo sucedido en el programa “Tengo una pregunta para usted”, el pasado martes en La Primera de Televisión Española. En particular, me gustaría incidir en la controversia sobre el velo islámico protagonizada por Duran i Lleida.

No creo que resulte sorprendente la negativa sobre el uso del hiyab (el velo islámico) que defendió Duran i Lleida, si bien es sabido que se trata de un representante de la burguesía católica catalana. Lo que sí llama la atención es el argumento utilizado para su ataque: la superioridad de una cultura respecto a otra. Terrible. No se puede subestimar a toda una cultura sin la existencia de unos valores objetivos que nos aseguren unívocamente qué es ser bueno y, a partir de aquí, ser mejor que algo.No debería admitirse que desde un comienzo se trate con condescendencia a toda una tradición e historia por el mero hecho de encontrarse en una posición geopolítica más ventajosa bajo los valores de occidente.

El bastión principal que sustenta el ataque contra el hiyab es casi siempre el mismo: una prenda que denigra, veja y discrimina a la persona por el hecho de haber nacido mujer; luego las sociedades occidentales somos mejores que otras (que la musulmana, en este caso), estamos más avanzados, porque nosotros no permitimos ese trato para con las mujeres. Y no tendría nada que decir si verdaderamente esto fuera cierto, pero no lo es.

Y es que en occidente, señores, cuando nace un bebé, si este es mujer, hay enfermeras dando vueltas en maternidad para agujerear las orejas de las niñas (para que no se queden rabonas); se les regalan patucos de color rosa, camisones con encajes hasta en los ojales, lacitos para el pelo… Se le regalan muñecas a las que cuidar (mujer=madre), se les orienta hacia las tareas domésticas, se les enseña qué son las cosas de niños y de niñas. Y deben pintarse, arreglarse, estar guapas, estar sexys (algo natural, casi genético), utilizando para ello un surtido catálogo de pinturas y cremas, de lápices y polvos, de prendas ceñidas y cortas, de bolsos y zapatos con tacón. Etc, etc. Pero en occidente tratamos a la mujer igual que al hombre, que conste. El sexismo lo tenemos profundamente superado, tanto, que no nos importa que nuestra propia religión disfrace a esas mujeres llamadas monjas y paseen su atuendo por doquier. Y es que somos mejores.

Los argumentos del señor Duran i Lleida y otros deberían ser más serios si quieren que se les tomen en cuenta, si aspiran a que sus palabras dejen de trasminar de forma tan evidente sus prejuicios racistas y xenófobos. Porque el problema no es el hiyab (paupérrima excusa), sino las ideas de estos señores sobre otros usos culturales distintos a los suyos.

Que toda persona debe tener la libertad de elegir es algo fuera de toda duda en una sociedad democrática. Que, en particular, una mujer por el hecho de serlo tenga que tener una determinada vestimenta o un comportamiento que la identifique con el arquetipo de mujer socialmente aceptado no es justo (como tampoco lo es para el hombre). Sin embargo, no todas las personas se replantean sus valores culturales para elegir los suyos propios, bien por la formación que reciba, bien por su psicología. De hecho, la mayoría los acepta como herencia y vive lo más coherentemente posible a ellos. Es decir, la elección de valores es un hecho minoritario, mientras que la aceptación-imposición de los mismos es la norma, el uso.

Es cierto que no deben protegerse ni legitimarse comportamientos que denigren a las personas, que las despojen de su dignidad, pero ¿quién marca hasta qué punto se daña a la persona por la cultura de la que es descendiente? ¿Demonizamos unas culturas pero no otras? ¿Quién decide qué es aceptable y hasta qué punto evitando las raíces de su propia tradición?

Una vez más se hace necesario el respeto y la tolerancia. Y es que el respeto no es más que aceptar la diferencia del otro para que pueda aceptarse la nuestra, aunque no sea compartida.

 

A corazón abierto

El amor ha sido siempre sangre rechazada, sangre que no encuentra salida y martillea el pecho y las sienes. Sangre que mancha y que no se sacia, sangre sin espejo en otra sangre. Inmiscible, aunque compartida con otras.

Hablar de amor es hablar de heridas, hablar de lo enterrado y de aquello que está floreciendo bajo la luz de una esperanza que se autofagocita a medida que la cotidianidad y la realidad se van imponiendo, de un sueño que crece tímidamente a pesar de la furia de la sombra. Hablar de amor es hablar de completitud, de colmo y alegría desbordada, de carne temblorosa y húmeda. Hablar de amor es susurrar con los dedos o los labios, apuñalar con la lengua y los ojos esa imposibiliad que envenena cada surco de nuestras cicatrices.

Pero yo no hablaré de amor, porque un corazón solo, no es corazón.

Recordar

Mirar atrás y recorrer con los dedos las cicatrices del tiempo: las ausencias y la pérdida de todo aquello por lo que suspiramos un día.

Mirar hacia delante y conocer la certeza del dolor y la alegría, la esperanza machacada bajo la rueda de la imposibilidad o la victoria de os sueños sobre un pedestal momentáneo.

Recordar y buscar nuevos recuerdos.