La grieta

 
I
 
El cenit ahora en las espaladas
y en todo el plomo de mis lágrimas.
 
La nieve ha impuesto su ley de otoño:
el óxido en las manos y la oscuridad en la frente.
¡La nieve!¡La nieve!
Sí, esa sangre agotada de aliento,
sin cincel ni futuro,
sin venas ciegas o abiertas por donde derramarse.
¡La nieve!
Palabra muerta en la misma raíz de la luz.
¡La nieve!¡La nieve!
Y la Soledad.
 
II
 
Vencido el amor,
humillada la esperanza
bajo los colmillos de la cotidianidad,
no me resta más que el descendimiento.
 
Este es mi camino,
como vuestras las lágrimas que empuñais con los ojos,
como vuestro es el silencio en esta oscuridad de años.
 
(No podéis seguirme. No puedo acompañaros)
 
El hombre solísimo frente a su corazón,
cuarteado hasta la médula,
sólo grieta, grieta, grieta.
Y Llanto.
 
III
 
Toda la existencia reducida a una sola grieta,
aislamiento y lágrimas -fragilidad pura-,
símbolo y verdadero Verbo de los hombres.
 
Ya sólo un ataúd como bóveda del cielo
y la estrecha certeza del vacío
latiendo en todas las cosas que tienen sangre.
 
Porque aquí no hay nada, no queda nada,
sólo una grieta
por la que se vierte todo el llanto del mundo.
 
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