Spielberg, el hipócrita

Spielberg deja de asesorar en los juegos olímpicos por razones de conciencia”, podemos leer en el diario digital www.elpais.com. El afamado director de cine nos demuestra que no existe techo para la hipocresía y el cinismo, que siempre se pude ir más allá.

Y no es que yo esté a favor de las políticas que aplica el gobierno de China, pero me parece de un oportunismo terrible el utilizar los Juegos Olímpicos de Beijin para realizar las protestas. Y en el caso de Spielberg, además, oportunismo publicitario. Porque ¿dónde estaba Spielberg antes de que se saltase esta noticia a los medios? Efectivamente, en el olvido.

Sin duda alguna creo que los Juegos Olímpicos son una buena oportunidad para poner en evidencia las atrocidades cometidas por el régimen chino, pero estas han de estar respaldadas por un activismo real de años, por un compromiso que no se circunscriba a la mera anécdota. La fiebre antichina desatada últimamete, desgraciadamente, se ciñe a la segunda realidad, dejando a un lado, claro está, la marea anticomunista que todavía nos acompaña desde la Guerra Fría.

El caso de Spielberg no es una excepción. Su activismo se reduce exclusivamente para con su pueblo (mundialmente es conocida es su película-tributo “La lista de Schinbdler” o sus donaciones a Righteous Persons Foundation ), pero nada más. Y su anticomunismo es  endémico como buen estadounidense. ¿A quién pretende engañar este hombre con su “conciencia“? ¿Permite la tortura y la pena de muerte en su país, pero le es inaceptable aceptar esas y otras violaciones de derechos fundamentales en otros paises?

Nadie se plantea nunca boicotear ningún certamen europeo o estadounidense, nadie nunca boicoteó ningún acontecimiento con la sudamérica plagada de dictaduras. Todos ponen sus esfuerzos, sus imágenes y, sólo a veces, un discurso algo reivindicativo que les ayuda a limpiarse las conciencias y poder seguir llenándose los bolsillos con tranquilidad.

La violación de los derechos humanos, la desigualdad, la explotación, la humillación no son exclusivas de China. Dejémos de ser hipócritas y comencemos a ser honrados.

(Vemos la paja en el ojo ajeno, pero no vemos la viga en el nuestro)

La vida torcida

Despertar de lo cotidiano, apartarse de los quehaceres de hormiga domesticada para tomar conciencia de los actos, de las pequeñas huídas diarias con las que maquillamos los errores que nos han torcido la vida.

Sentir el peso del tiempo perdido, de la horas malgastadas en los perímetros, del empeño por engañarnos, por fabricar esperanzas de cartón que no soportan ni siquiera un atardecer.

Las huellas marcan la curvatura de nuestro ánimo, no el camino de vuelta. Porque el regreso no es posible con la piel marcada por el acero o la cicatriz.

Sólo nos queda ser honrados.

No callarán a la Iglesia

Efectivamente, no permitiremos que callen a la Iglesia, porque en una sociedad democrática cada cual es libre de opinar lo que quiera, siempre y cuando lo haga con respeto, cumpliendo con la legislación vigente. Los demócratas nunca dejaremos de defender el derecho a la libertad de expresión, independientemente de quien quiera ejercerlo.

Y el caso de la Iglesia no es diferente. Sin embargo, lo que ésta no acaba de entender es que en democracia no hay oradores privilegiados. Todos somos iguales y el modo de relacionarlos no se fundamenta en la imposición de dogmas, en la represión, en el castigo o en la amenaza espiritual, sino en el debate, en el diálogo. Pero los obispos saben muy poco de esto, por lo que es lógico que no entiendan que una crítica a una opinión suya no es un ataque o un intento de sofocar su voz -el ladrón cree que todos son de su condición- sino la normalidad dialéctica, razonable y sana de un sistema democrático.

No se callará la Iglesia, pero qué bien seguirá escondiendo su lengua frente a la pederastia, qué vergonzoso silencio seguirá siendo empuñado en los púltpitos cuando se hable de la Guerra Civil, qué ignominiosa ausencia de palabra esgrimirán siempre frente al Franquismo.

Solo deberían hablar de lo que saben: de soberbia y rencor.

(Y todavía siguen llamando milagro a los cristos o vírgenes sangrantes, cuando lo verdaderamente excepcional es que, siendo la Iglesia lo que es, tan pocos pierdan sangre)