Otra vez ETA

Ayer ETA volvía a asesinar, y a dictar la agenda política de este país.

Volvíamos a encontrar a unos partidos políticos completamente volcados en la rentabilización decente del muerto, en una absurda lucha por ser quién más defiende verbalmente la vida, la libertad y la democracia.

Un panorama informativo reducido a la lágrima fácil, plagado de morbosos detalles que no aportaban nada nuevo a la tragedia personal de Isaías Carrasco y su familia.

Y es que de todo esto, una vez más, los únicos que han sacado partido han siso los cobardes asesinos de ETA.

Victimismos

 No es fácil asumir que uno se ha equivocado, porque equivocarse supone una herida en el orgullo y, consecuentemente, un motivo para cambiar.

 La equivocación es la prueba objetiva de nuestra falibilidad frente a los demás, de la incapacidad circustancial o intrínseca para solucionar algo, de la constatación de nuestra imperfección. Porque aunque se conozca la verdad, ésta siempre duele más cuando sale fuera y levanta los brazos. Y no todo el mundo está dispuesto a enfrentarse con todas las verdades.

 Pero con aceptar la realidad no basta, hay que intentar cambiarla o aceptarla sin ambajes, dejando las justificaciones y las tiritas a un lado. Si alguien no está dispuesto a cambiar, a crecer, a evolucionar, no sólo está carente de ambiciones y de futuro, sino que además está condenado a la soledad. Porque este es el camino de los soberbios.

 Y es que siempre es más fácil caer en el victimismo, echarle la culpa a los otros, creer que los demás son los que están equivocados.

Rajoy versus Zapatero

Puede que la mayoría de los medios informativos de este país estén más interesados en lapidarias sentencias sobre quién ganó el debate del lunes pasado -la eterna obsesión del español por humillar al vencido- y en predicciones sobre quién lo ganará el lunes que viene. Pero eso no es lo importante, es simplemente un acto más en el teatrillo de la precamapaña, más preocupada en el efectismo que en la política.

Lo realmente relevante en una campaña es el programa, el proyecto, no las babas de furia que uno es capaz de esgrimir frente a un adversario o las promesas que alegremente puede decir para arrancar de la masa un aplauso merecido. Algo que como espectáculo no está nada mal, pero que resulta insultante para un sector de la audiencia que esperaba algo más que ver cómo corre la sangre -dialécticamente hablando- entre dos enemigos ideológicos.

Pero lo único que encontramos en los medios es una repetición de lo que ya pudimos ver en televisión: dos posiciones encontradas que se ignoran la una a la otra y que buscan y rebuscan en el pasado para tener algo que echarle en cara al otro como principal argumento. Nada más.

Y es triste que algo así ocurra, porque todo esto es un baremo del nivel político de la sociedad española que, una vez más, se demuestra vergonzosamente bajo. En general, estamos más preocupados en quién ha quedado por encima de quién en un debate, que en sopesar las propuestas y el modo de llevarlas a cabo que regirán nuestras vidas durante los próximos cuatro años.

 Y lo peor de todo es que parece que sólo existen dos fuerzas políticas en este país: los buenos y los malos. Para variar, la pluralidad y la riqueza de este país se queda en las palabras, cuando lo que verdaderamente cuenta son los actos.