Objetividad versus Igualdad

En los últimos años existe una fuerte tendencia en los análisis históricos y políticos a la equiparación de bandos enfrentados en pos de la objetividad. Se intenta demostrar de forma muy pobre las razones que respaldan a cada facción, concluyendo la imposibilidad de decantarse por alguna de ellas más que por afinidad emocional o ideológica.

Una postura políticamente correcta.

Claro está que no en todos los enfrentamientos se utiliza este sofisma,  sólo en aquellos donde todavía los dos bandos sobreviven y el vencedor aún tiene poder para seguir haciendo daño y enconar una situación en equilibrio inestable y permanente.

Una postura éticamente deplorable.

Casos sangrantes de esta moda los encontramos en la actual masacre que realiza Israel sobre el pueblo palestino o en la sórdida revisión de la última Guerra Civil española, por nombrar sólo aquellos de reciente actualidad.

Por más que algunos se empeñen, querer igualar bandos en un enfrentamiento no es un intento de buscar la objetividad, sino una perversa forma de mantenerse al margen en un conflicto del que no se quiere salir perjudicado, en el que existen motivos por los que no revelar la verdad. Es preferible una venda o adormidera llena de grandes palabras que autosatisfagan y repetidas mil veces tomen apariencia de verdad, que clamar por una justicia real aunque incómoda para algunos.

Y aunque hubiese quienes buscaran la objetividad limpios de intereses, no podrían ignorar que no es posible mantenernos al margen, porque mantenerse al margen es siempre tomar partido por alguien.

Sin embargo, no debe imponerse la uniformidad en las opiniones, caer en la descalificación de otras ideas a través de la proclamación de una verdad que debe iluminar a todos. Siempre hay buenas razones que justifican los actos y las ideas de los hombres, las compartamos o no. La diferencia entre unas y otras es que hay unas que avergüenzan y degradan a la persona que las defiende y otras que no lo hacen. Las primeras necesitan de mentiras, fantasmas y mascarones, las segundas sólo de labios para darles forma.

La objetividad histórica o política no es posible, porque no son ciencia. Basta ya de quimeras. Sólo se debería tener, al menos, la decencia, la convicción y la valentía de defender nuestras subjetividades sin más arma que la palabra limpia.

Pero es tan tentador poder reescribir la historia…

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Consecuencias

Los últimos ataques de Israel sobre Gaza vuelven a clamar al cielo.

Y no sólo por lo desmedido de su reacción, por el aborrecible y cómplice silencio de EEUU, no sólo por la nueva sangría, por los niños, mujeres y hombres muertos ajenos a una sombra de terrorismo que los tiñe a todos sin distinción o presunción de inocencia. Clama al cielo  por el futuro horror, por la sorpresa  programada y la sobreactuada exclamación que izarán cuando reciban una respuesta de las mismas características.

Pero entonces será terrorismo, entonces serán los buenos los golpeados, los pobres y maltratados judíos, los dueños del copyright del sufrimiento.

Los israelíes parecen olvidar, como la mayoría de los seres humanos, que cada acción tiene sus consecuencias y no podemos culpar a nadie por ellas, salvo a nosotros mismos por nuestra incapacidad de preveerlas o asumirlas.

Cuando se habla de vidas humanas, en cambio, sólo queda la palabra ASESINOS.

Duele

Duele mirar atrás y ver todas las cosas muertas que llevo a las espaldas, todas esas palabras que se pudren de sombra en mi garganta o el olvido, todo lo que pude hacer y abrió llagas en mi cuerpo, todas las derrotas o ilusiones que me anclan a un futuro de horizontes dobles.

Duele mirar la tierra y no ver ni una sola semilla bañada por la luz, ni un solo camino que no se despeñe, ni una sola gota de sangre limpia de llanto.

Duelen los años… y la esperanza.

Sobre la justicia

Las balanzas están rotas.

Nadie tiene lo que se merece, sólo lo que se ha encontrado, sólo aquello con lo que ha decidido conformarse.

A veces, las ilusiones y lo encontrado coinciden, y a eso le llaman éxito, pero sólo es una casualidad, pues hay más historias de sudor inútil y de lágrimas subterráneas que de laureles publicitados.

(Para nuestra fortuna, ninguno de nosotros tenemos lo que merecemos)

Las balanzas están rotas.

La diferencia

El tiempo pasa entre lo rutinario de las obligaciones y lo laberíntico de las lágrimas. Pasa cerrando ataúdes y abriendo los vientres, rompiendo grilletes o anunciando una luz ambigua. El tiempo pasa, y de repente, miras alrededor: la vida no es lo que se suponía que debía ser, no estás donde pensabas estar. Aprendes entonces que el futuro es siempre incierto, aunque las vidas de la mayoría aparenten la tranquilidad de los roles asumidos y las ilusiones programadas.

Entonces te preguntas, mirándote a las manos, cuál es la diferencia, y acabas entendiendola. Piensas en la pareja, en el trabajo, en el matrimonio, en la casa, en los hijos, en todas y cada una de las cosas que nos obligamos y obligan a hacer, aquellas cosas que creemos tienen valor, que son nuestra medida.

Vuelves a mirar tus manos. Sabes que no significa nada, pero sigue doliéndote verlas vacías.

Sobre el valor de las cosas

Las cosas permanecen fijas, siempre limpias de las sombras que arrojamos sobre ellas para darles la forma dolorida de nuestro corazón.

Ellas siempre a la intemperie, libres de esta zozobra que llamamos existencia, de nuestros ojos que creen enterderlas con una balanza en las manos.

No hay en ellas reflejos de nuestras lágrimas o sonrisas, ni tan siquiera un eco de lo que vivimos, ningún atisbo de todo esto que llevamos dentro.

No podemos comprenderlas, por eso las valoramos o despreciamos, por eso, al hacerlo, nos equivocamos y terminamos desengañados o sorprendidos.

Y nos negamos una y otra vez a aceptar la respuesta.