Dejar hacer

Parafraseando a Nietzsche, cuando miramos demasiado el abismo, éste termina mirando dentro de nosotros. Quizá sea éste el problema de Israel, el problema de un pueblo que existe obsesionado por una manía persecutoria siempre culminada y sustentada en el Holocausto, bajo la paranoia de una amenaza permanente en cualquier vecino o eco distinto al suyo. Una gente que lo ha olvidado todo, salvo un sufrimiento que manipula como escudo o espada para satisfacer sus propósitos y delirios.

Es curioso cómo un país que defiende su existencia, necesite hacerlo en base al extermino de otro. Es irónico como el sufrimiento padecido por sus muertos quieren recrearlo ahora en los de otros. Y es que los pueblos son como los hombres, cuanto más sufren más indiferentes se vuelven al sufrimiento ajeno.

Triste moraleja.

Lo peor de todo, la parálisis internacional que los refuerza con su vergonzoso silencio, que se humilla y nos avergüenza haciendo oídos sordos a lo que sus gentes les pedimos: el fin de un genocidio del que no queremos formar parte con la indiferencia de unas palabras que no paran las bombas ni el goteo de niños muertos, que no detienen los tanques ni la sangre que ya rebosa por la tierra.

Porque en el fondo, no sólo son culpables aquellos que hacen, sino también los que dejan hacer.

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