Capacidad para decidir

Siempre me resultó llamativo el hecho de que la religión que más niega la vida, el cristianismo, haya sido la que haya defendido más férreamente el derecho a ella.

Está claro que cada cual puede defender la idea que quiera mientras que ésta esté basada en la razón y el respeto, mientras que se defienda bajo los mismos supuestos. Sin embargo, como es usual, la Iglesia cree poseer el exclusivo derecho a imponer sus conceptos morales y hacerlos ley, castigar y eliminar la discrepancia sin importar el precio que haya que pagar por ello.

El caso de Eluana no es una excepción a esta regla.

Hablan de aberración, de crimen, de barbaridad. Y uno piensa en qué cerradas tenían las bocas cuando el fascismo hacía masacres en las que ellos colaboraban y de las que se beneficiaban, uno piensa en las matanzas que han abanderado y en todo el dolor del que han sido fuente. Uno recuerda la impunidad de la que gozan y el hacha con la que siguen juzgando.

(Y después Occidente se horroriza ante el fundamentalismo islámico. Pero claro, si nosotros permitimos la incursión de la religión en la vida política quedamos exentos porque para algo somos el primer mundo)

Estos señores y señoras -sí, porque ellas con su silencio, sumisión y autodesprecio también son cómplices- no acaban de entender que nadie puede arrebatar uno de los derechos fundamentales que definen al ser humano: su derecho de elección, su capacidad para decidir.

Elegir nunca es fácil, no lo es en lo cotidiano y ni mucho menos en la opción por la muerte. Cuando se decide tomar ese camino, puede o no compartirse, pero siempre ha de respetarse. Y esto es válido tanto para quienes lo eligen cuando todavía están en plenas facultades, como para aquellos familiares o amigos que eligen por sus seres queridos. Porque si alguien tiene que elegir por mí, ¿quién mejor que aquellos que mejor me conocen?

Además, ¿quién de nosotros querría hacer sufrir a los que queremos con una larguísima enfermedad incurable y degenerativa a sabiendas de la pérdida de toda dignidad y calidad de vida propia y ajena? ¿Quién de nosotros llama vida a realizar las funciones básicas del organismo sin conciencia de nosotros mismos? ¿Quién llama vida a estar conectados a máquinas sin esperanza de recuperación?

Tenemos derecho a elegir, para bien o para mal, y no podemos ser castrados por las ideas morales de un conjunto de la sociedad, sea cual sea. Porque al igual que nadie supervisa el rumbo de nuestra vida, los millones de decisiones que tomamos sin conocer el resultado, nadie debería decidir sobre la última de nuestras decisiones, cuyo fin conocemos perfectamente.

Ninguno de nosotros pidió venir, tenemos derecho a irnos cuando nos plazca.

Eluana lleva al margen de todo hace muchos años, pero no sus familiares, embarrados en el dolor y procesos legales durante una larga década. Espero que llegue el descanso para todos, y la esperanza. Nos lo merecemos.

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