Amparando el fascimo

Si no ha sido suficiente el vergonzoso silencio de 30 años de democracia en los que se ha dado la espalda legislativa y judicialmente a los crímenes cometidos en los años de la guerra civil y el franquismo, es decir, a más de 113000 personas asesinadas, desaparecidas, torturadas y a sus respectivos familiares, ahora se trata de aleccionar a aquellos que se atrevan a hacer algo al respecto. El juez Baltasar Garzón es prueba de ello.

Al margen de quién sea Garzón y de su trayectoria mediático-judicial, el mensaje que se está mandando a la sociedad española y al resto del mundo con este caso es meridiano: ni la guerra civil ni el franquismo se tocan. Las mismas instituciones que han permanecido inmóviles y que han hecho gala de su desidia frente al tema, por fin deciden tomar partido para dar amparo al fascismo y coronarlo de impunidad. Este es el pago para aquellos que decidieron en la transición pasar página y continuar adelante con la esperanza de hacer justicia algún día: oprobio y olvido. Esta es la España del imperio de la ley, la España malvestida de democracia e igual de injusta y opresora.

Hago patente aquí mi repulsa, indignación y náuseas hacia la mediocridad política y judicial de la que goza España, hacia el miedo endémico de los españoles a ponerle nombre a las cosas. Porque a pesar de todo, ha de llegar el día en el que se diga quién asesinó y quién fue asesinado, quién verdugo y quién víctima, quién debe ser olvidado y quién recordado.

Y no puedo dejar de pensar en León Felipe…

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Pederastia consentida

¿Cómo puede consentirse y amparse la pederastria en la iglesia? Una vez más, debemos enfrentarnos a esta pregunta después de los escándalos pedófilos en el seno de la iglesia católica. Y una vez más, tenemos que asistir abochornados e indignados a la pasividad papal frente a este tema.

Afortunadamente, este tipo de hechos no sólo son denunciados y reprobados por personas ajenas a la fe católica, sino que, cada vez más, los propios católicos (son sus hijos los que más lo sufren) exigen tolerancia cero y, lo que es más importante, responsabilidad legal sobre los culpables de estos hechos.

Pero siempre queda un reducto de personas que siente la justicia como algo ajeno desde su pedestal de poder o fanatismo. Lo más grave es que este reducto lo compone la mayoría de la cúpula eclesiástica . Y los cristianos de base, a pesar de sus buenas intenciones y denuncias, siguen sin mover un sólo dedo por cambiar esto, o lo que es lo mismo, siguen alentando esa asquerosa política de señalar el error ajeno y esconder el propio. Y cuando el error que se señala es un avance en la libertad (aborto libre, equiparación de derechos entre hetero y homosexuales, desarrollo de células madre, etc) y el error propio es uno de los delitos más graves existentes como les la pederastria, uno no puede entender la parálisis institucional que acompaña a estos hechos.

Y es que, al fin y al cabo, es más que comprensible que una comunidad como la católica (como todas las comunidades) intente justificar y/o tapar sus errores, pero lo que no es aceptable es que ésta permanezca ajena a las leyes. Y parece que esto es así: la iglesia puede exigir el cese de derechos de otros grupos sociales llamando a la insubordinación aun cuando la constitución nos asegura la igualdad entre todas las personas; la iglesia puede mantener su posición privilegiada frente a otros credos aun cuando la laicidad de los estados democráticos no lo permite; los componentes de la iglesia pueden cometer delitos y ser amparados por el Vaticano sin que ninguna institución internacional haga nada al respecto, etc. Pero, ¡ojo!, que nadie se atreva a negar el papel de la fe católica en la Europa de los 27, a pesar de que la mayoría de la ciudadanía no procesa ningún tipo de fe; que nadie se atreva a dudar o intentar cambiar determinadas leyes a menos que quiera ser tildado de antisistema o terrorista; y, evidentemente, si se comete un delito, pagarás por él.

¿Por qué esta impunidad?

Como en tantos otros problemas que existen el mundo (el conflicto palestino-israelí es una prueba sangrante de ello), se demuestra que cuando existen intereses no hay voluntad y la ética o la justicia quedan detrás del dinero.

Y mientras se prostituyen los valores en nuestro democrátrico primer mundo, son los niños los que siguen muriendo, los que siguen siendo violados.