Sobre los otros

La necesidad de pertenecer a algo frente a la realidad de ser prescindible.

Todos buscamos cobijo en las palabras o en los puños del otro, el abrazo de una cotidianidad programada, el laurel de la soledad vencida. Ser pilar y raíz, horizonte, no tener nunca que terminar.

Pero cuando la memoria es tan sólo una cruz y la esperanza una ruina que crece por dentro, no queda huella o certeza sobre los lazos que nos han unido.

Buscamos aliviar el vacío del corazón, encontramos el grito desnudo de los otros en un mundo sin oídos.

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[Terminar…]

Terminar un camino es culminar en la esperanza y la incertidumbre de uno nuevo. Pero con el paso del tiempo, ambas se hacen cada vez más pequeñas y se unen en un mismo susurro:

“Este es el final o el fracaso, ahora camina sobre las ruinas, con los ojos ciegos a las semillas y el horizonte anclado en las espaldas”.

Y aunque sea un camino tranquilo, como todo aquello que está cerrado, es una monotonía que no merece huella. ¿Valdrá entonces el amor como excusa que ahogue la quietud y la piedra de las manos? ¿Y si no hay un hombro o unas alas que nos sostengan?

Aquí

Aquí,

donde los tobillos enraízan como anclas

y las muñecas se articulan con los punzones,

no hay horizonte donde se perfile la distancia.

Aquí,

el pasado es una sombra que cincela

y reduce al mínimo la esperanza,

porque el futuro no se construye con sueños,

a penas con las llagas de la frente o las manos.

 

Aquí, siempre aquí,

camino de círculo perfecto.