La indolencia desde la comodidad

¿Quién no se siente tentado en pesar las acciones del mundo cuando los almohadones de la comodidad se ofrecen como atalayas perfectas desde donde despreciarlo? ¿Quién no se suma, embriagado por el vértigo de la supremacía, a esa ola de anestesiados que con desdén infravaloran todo esfuerzo distinto al suyo? ¿Quién no olvidaría todo eso para caer en una bella espiral sobre su propio ombligo o la vaciedad?

La comodidad es sólo una estación a la que llegamos sin derecho a hundir raíz, una casualidad que esculpimos como mérito. Y olvidamos que no sólo merecemos medallas sino también la sombra del pozo o la tortura de los raíles. Sólo los torpes, los estúpidos, confunden comodidad con seguridad, pero son los viles quienes la utilizan para dar rienda suelta a su arrogancia, asir el mazo y marcar el camino monolítico en que deben hacerse las cosas.

Pero no sólo existe un camino, porque los argumentos no dependen de la verdad, sino de la decisión de lo que entendemos como bueno o malo. Por eso no existe superioridad moral alguna, por eso todo juicio es vano, por eso todo acto está vacío.

Olvidamos o ignoramos esta evidencia y dejamos paso al orgullo. Así, cuando tropezamos con la comodidad, aparece el juicio, el desprecio, la satisfacción, la indolencia.

Entonces perdemos algo o a alguien, y nada de lo que teníamos nos defiende las lágrimas.

Miedo a la palabra

No temo a las palabras sino a los actos.

Me cansan los moralistas del lenguaje, la decencia verbal, el discurso políticamente correcto. Son sólo máscaras, un andamio más de eso que llaman cultura: paisaje de cuevas que ocultan buitres y hienas, teatro grotesco de la impostura, obscenidad intelectual.

Llenemos los templos del eco de la misericordia, pero callemos a los ojos mientras los niños son violados o manipulados por una esperanza que esconde dinero. Preñemos las grandes salas con ruido o solidaridad, pero ceguemos toda garganta cuando se afilen los cantos de las monedas y la muerte abrigue la miseria que sustenta el primer mundo. Señalemos con dedos y mazos las injusticias de los otros, pero hagamos talar toda extremidad que apunte a esta sangre en la que nos bañamos todos los días…

El silencio como escudo, como pañuelo, como excusa, como mentira. Usemos sólo la mitad del lenguaje, aquella que no nos ensucia, esa que cierra el camino a las sombras y desdibuja nuestro perfil. Así somos mejores, como más bella es la mujer quemada sin espejo.

A esto llamamos sociedad: ocultar los actos viles, reprobables y miserables detrás de un verbo tranquilo y bello. Ciencia de la imagen. Lo demás es sórdido, vulgar, ordinario.

Miedo a dar un nombre a cada cosa, miedo a definirse, a ser responsables, miedo de ser honestos.

Temo los actos, no las palabras.