Miedo a la palabra

No temo a las palabras sino a los actos.

Me cansan los moralistas del lenguaje, la decencia verbal, el discurso políticamente correcto. Son sólo máscaras, un andamio más de eso que llaman cultura: paisaje de cuevas que ocultan buitres y hienas, teatro grotesco de la impostura, obscenidad intelectual.

Llenemos los templos del eco de la misericordia, pero callemos a los ojos mientras los niños son violados o manipulados por una esperanza que esconde dinero. Preñemos las grandes salas con ruido o solidaridad, pero ceguemos toda garganta cuando se afilen los cantos de las monedas y la muerte abrigue la miseria que sustenta el primer mundo. Señalemos con dedos y mazos las injusticias de los otros, pero hagamos talar toda extremidad que apunte a esta sangre en la que nos bañamos todos los días…

El silencio como escudo, como pañuelo, como excusa, como mentira. Usemos sólo la mitad del lenguaje, aquella que no nos ensucia, esa que cierra el camino a las sombras y desdibuja nuestro perfil. Así somos mejores, como más bella es la mujer quemada sin espejo.

A esto llamamos sociedad: ocultar los actos viles, reprobables y miserables detrás de un verbo tranquilo y bello. Ciencia de la imagen. Lo demás es sórdido, vulgar, ordinario.

Miedo a dar un nombre a cada cosa, miedo a definirse, a ser responsables, miedo de ser honestos.

Temo los actos, no las palabras.

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