Libertad de provocación

Lo ocurrido a raíz de la emisión de fragmentos de una película que ridiculizaba la imagen de Mahoma y de la publicación de unas caricaturas del mismo, en idéntica línea, ha sido una completa barbaridad. No cabe justificación alguna para el asesinato o la violencia por el mero hecho de la existencia de divergencias ideológicas. Por eso ha de ser condenado sin ningún género de duda. Pero no toda la sangre la sostienen los musulmanes.

De un lado, la torpeza del mundo islámico frente a occidente continúa siendo la misma: el dominio de la minoría integrista y su cerrazón ideológica. Ésto hace imposible la creación de un marco común en el que poder solucionar las diferencias y, al mismo tiempo, descalifica por completo no sólo su actitud ante el problema sino, lo que es más importante, su propia idiosincrasia. De este modo no consiguen ser respetados, lo que logran es el desprecio y alimentar el prejuicio occidental que equipara al islam con el terrorismo.

Por otro lado, la perversidad occidental radica en la periodicidad de ataques al mundo musulmán -que logran demonizar-, envueltos en la bandera de la libertad de expresión. Esto tampoco propicia el establecimiento de un foro plural en el que se puedan establecer puentes, sino a dinamitar los pocos que existen. Del mismo modo, se contribuye a proyectar una imagen occidental negativa que cierra el círculo del odio mutuo.

“Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión”, reza el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Cierto, pero no toda opinión es neutra ni debe ser tolerada. Dos ejemplos: ¿Debería admitir Israel la opinión de Ahmanideyad en torno al Holocausto? ¿Deberíamos admitir la opinión de los grupos nazis y fascistas sobre la raza? Creo que el límite de la libertad de expresión aparece cuando se miente, cuando se falta al respeto y se daña el honor del otro.

La película estadounidense que se burla Mahoma, así como las caricaturas aparecidas en una revista francesa, son ofensivas para los creyentes musulmanes. Querer hacer de este sentir, de este hecho, un rasgo de intransigencia es totalmente insidioso. El respeto consiste en saber admitir y tolerar las diferencias  con el otro. En este caso, la reacción violenta es la que no debe admitirse bajo ningún concepto, la que debe condenarse y rechazarse, perseguirse, pero en ningún caso debe criminalizarse el sentimiento legítimo de ofensa, de afrenta. Éste debe ser respetado y debe ser la voz de alarma que indique hasta dónde se puede llegar.

Libertad de expresión, siempre, bajo la veracidad, la honestidad y el respeto. De lo contrario, se está estableciendo un nuevo derecho al que sólo los occidentales pueden acceder: la libertad de provocación.

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Punto de ruptura (II)

Las estructuras democráticas se han demostrado ineficaces frente a la voluntad ciudadana. Las instituciones son tan opacas y reflectantes a los españoles, se encuentran tan milimétricamente blindadas y ancladas, que el acto del voto ha quedado completamente vaciado de significado. Votar ya no es elegir quién representa a quién, sino el trámite necesario -por ahora- para que la clase política defienda la facción de los intereses que le conviene. Votar es un hecho obsceno en la perversa maquinaria estatal, porque el sistema del voto se encuentra completamente empercudido: bipartidismo, ley d’Hondt, listas cerradas, etc. Y para más inri, es una de nuestras pocas armas, sino la más importante, síntoma de lo pobre y limitada que es nuestra democracia.

La crisis actual ha sido la detonante de todas las fallas de un sistema que siempre fue retratado desde las instancias del poder como modélico. La vieja leyenda de la Transición se encuentra tan desligada de los españoles como el franquismo o la guerra civil. Ahora la clase dominante se encuentra con la constitución como último refugio. Pero la constitución empieza a no servirle a demasiados, se ha transformado en un fósil, papel mojado. Hemos llegado al punto de ruptura.

Y ahora, ¿qué? La lucha por lograr una segunda transición, una constitución acorde con los tiempos (v.g, una verdadera igualdad sin excepciones reales) y las aspiraciones de la España de hoy (v.g, federalismo, independentismo), acabando de una vez por todas el legado nacional-católico que todavía persiste (v.g, España una, grande y libre). La lucha por dotar al estado de unos organismos y herramientas verdaderamente representativas (v.g, listas abiertas, modelo alternativo de repartición de voto) y con la flexibilidad suficiente para la actuación rápida y eficaz (v.g, minimización de la burocracia). La lucha por ser más libres desde el diálogo real, no partidista, con todos y entre todos. Y la lucha ha de limitarse a los recursos de los que disponemos: el voto, las manifestaciones y el tejido asociativo. Esas son las armas democráticas y no hay otras.

Luchar no implica ganar, pero hay que intentarlo. ¿Quién iba a imaginar en el S.XIX los derechos alcanzados por los trabajadores en el S.XX y amenazados ahora en el S.XXI? ¿Alguién podría creerse en la década de 1960 que la preocupación de unos cuantos hippies por el medio ambiente llegaría a ser algo cotidiano en la actualidad? Ninguna victoria ha sido perfecta, incluso podría decirse que han sido derrotas dignas. Pero los brazos cruzados son sólo muestra de la comodidad (económica) con una situación que no es la deseada (ideológicamente), aunque es asumible (económicamente). No necesitamos ahora la impostura del inconformismo burgués desencantado, pues sólo se suma al inmovilismo de la clase dominante, luego le beneficia. Necesitamos unir fuerzas y sobre todo experiencia para construir algo nuevo o ampliar lo que ya tenemos.

Y si todo eso es tan inútil, si nada puede cambiarse, que se deje la hipocresía a un lado: ¿qué impide que corra la sangre para aquellos que no tenemos nada que perder?

Punto de ruptura (I)

El profundo inmovilismo de la democracia española actual no puede defenderse más que desde la posición privilegiada que las leyes actuales ofrecen a las clases minoritarias, pero dominantes, de este país. Y hablar de privilegios irrenunciables en la legislación es hablar de asimetrías constitucionales. Por eso la constitución es defendida con tanto ahínco por la clase política, en particular por la derecha, no por ser el garante de los derechos fundamentales del ciudadano, sino por ser la defensora de los privilegios de las oligarquías que representan y defienden.

Nada de esto es nuevo, es así desde el comienzo, desde la legitimación de la dictadura franquista y la creación bajo coacción del modelo de estado que la sucedería. En este proceso, llamado Transición, se perpetuaron las desigualdades existentes, que favorecían a las derechas y adláteres, y se restringieron las aspiraciones legítimas del pueblo y de las izquierdas. Todo ello se hizo en aras de proveer una pseudodemocracia para España, a pesar de la ilegalidad del régimen, a pesar de la amenaza continua del ejército, a pesar de los muertos sin sepultura, muy a pesar de la justicia y de la memoria.

¿Por qué entonces se habla ahora de crisis institucional, política y democrática? Porque incluso la imperfección del proceso constituyente y de las carencias del texto de 1978, la constitución trajo desarrollo y modernización. Años de bonanza, a fin de cuentas, en los que el pueblo se cegó y acomodó, en el que el olvido hizo el trabajo deseado y esperado. Pero el periodo de crecimiento terminó, ha vuelto la ruina y el pueblo ha despertado, ha recordado y tiene conciencia política, hambre democrática, de justicia.

No

No buscáis una explicación para comprender al otro, para entablar diálogo o fijar el camino del perdón. Buscáis sólo las palabras exactas que sepan arrodillarse ante vuestro orgullo, aquellas que defiendan vuestros errores y os limpien de toda sangre, el verbo inocuo de la inocencia como lanza perfecta que humille al de enfrente.

Es el mismo círculo trazado una y otra vez, la fértil corona de donde sólo mana el silencio.