Punto de ruptura (II)

Las estructuras democráticas se han demostrado ineficaces frente a la voluntad ciudadana. Las instituciones son tan opacas y reflectantes a los españoles, se encuentran tan milimétricamente blindadas y ancladas, que el acto del voto ha quedado completamente vaciado de significado. Votar ya no es elegir quién representa a quién, sino el trámite necesario -por ahora- para que la clase política defienda la facción de los intereses que le conviene. Votar es un hecho obsceno en la perversa maquinaria estatal, porque el sistema del voto se encuentra completamente empercudido: bipartidismo, ley d’Hondt, listas cerradas, etc. Y para más inri, es una de nuestras pocas armas, sino la más importante, síntoma de lo pobre y limitada que es nuestra democracia.

La crisis actual ha sido la detonante de todas las fallas de un sistema que siempre fue retratado desde las instancias del poder como modélico. La vieja leyenda de la Transición se encuentra tan desligada de los españoles como el franquismo o la guerra civil. Ahora la clase dominante se encuentra con la constitución como último refugio. Pero la constitución empieza a no servirle a demasiados, se ha transformado en un fósil, papel mojado. Hemos llegado al punto de ruptura.

Y ahora, ¿qué? La lucha por lograr una segunda transición, una constitución acorde con los tiempos (v.g, una verdadera igualdad sin excepciones reales) y las aspiraciones de la España de hoy (v.g, federalismo, independentismo), acabando de una vez por todas el legado nacional-católico que todavía persiste (v.g, España una, grande y libre). La lucha por dotar al estado de unos organismos y herramientas verdaderamente representativas (v.g, listas abiertas, modelo alternativo de repartición de voto) y con la flexibilidad suficiente para la actuación rápida y eficaz (v.g, minimización de la burocracia). La lucha por ser más libres desde el diálogo real, no partidista, con todos y entre todos. Y la lucha ha de limitarse a los recursos de los que disponemos: el voto, las manifestaciones y el tejido asociativo. Esas son las armas democráticas y no hay otras.

Luchar no implica ganar, pero hay que intentarlo. ¿Quién iba a imaginar en el S.XIX los derechos alcanzados por los trabajadores en el S.XX y amenazados ahora en el S.XXI? ¿Alguién podría creerse en la década de 1960 que la preocupación de unos cuantos hippies por el medio ambiente llegaría a ser algo cotidiano en la actualidad? Ninguna victoria ha sido perfecta, incluso podría decirse que han sido derrotas dignas. Pero los brazos cruzados son sólo muestra de la comodidad (económica) con una situación que no es la deseada (ideológicamente), aunque es asumible (económicamente). No necesitamos ahora la impostura del inconformismo burgués desencantado, pues sólo se suma al inmovilismo de la clase dominante, luego le beneficia. Necesitamos unir fuerzas y sobre todo experiencia para construir algo nuevo o ampliar lo que ya tenemos.

Y si todo eso es tan inútil, si nada puede cambiarse, que se deje la hipocresía a un lado: ¿qué impide que corra la sangre para aquellos que no tenemos nada que perder?

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