Escaparates

Cambiar una mentira por otra. Esta es la máxima para la supervivencia, el pedestal desde el que se alza la incapacidad de aceptar el mundo y las heridas con la que este nos cincela. Es la negación de la ruina, la perpetua huida hacia una belleza que lejos de consolar resulta patética.

Creemos que la mentira nos limpia o restaña, que aleja el dolor y acerca la esperanza al horizonte. Pensamos que existe un camino para regresar al corazón tierno o a la superficie pulida, que todos los callejones ciegos quedarán abiertos al mar cuando cambiemos los ojos. Pero la vida arranca carne y deja cojos a los sueños. No hay mayor tristeza que la de una máscara partida, la de una cenicienta a deshora que sigue luciendo sus harapos como tules y sedas.

Nos pasamos la vida arreglando un escaparate que disimule los escombros o vértebras que sostienen nuestra realidad, tratando de olvidar que la pérdida siempre es mayor que el amor. Sigamos adelante, mañana el recuerdo y el engaño serán eco de nuestra esperanza, sin importar lo que verdaderamente pasó.

Acotación: La negación lleva a la renuncia, pero ¿por qué renunciar a aquello que además de herida es brújula? Por miedo. Ganamos y perdemos por miedo. Pero el orgullo lo llama coraje en la victoria, destino en la derrota.

Brainstorming

I

Las horas quemadas sin fruto, el parto extendido del cansancio, la ceguera o cuchilla del alba.

Volver es siempre una espiral que reconoce como nuevo lo vivido, la voluntad que eleva la herida como eje y olvida el bronce como la única lápida posible que restaña las gargantas huérfanas de cielo.

 

II

Este olor dulce a gasolina, esta tarde interminable, donde las copas de los árboles juegan al morse con sus hojas, nuestro amor se diluye entre las rejas de las canchas en las que juegan los niños al fútbol.

Tu sonríes envuelto por los brazos del sol y los perros arrullan su soledad sobre los míos.

No volveré a perder solo

I

No volveré a perder solo,

a cruzar los brazos y el corazón

sin esperanza.

Porque no hay derrota digna sin memoria

o verdad donde sostener las lágrimas.

 

II

Podéis negar esos trozos de mi vida manchados de sangre,

aquellos ricos en musgos y alas rotas,

los que ordeñaron deprisa mis ojos

e izaron la cruz en todo horizonte.

Podéis burlaros del vacío de mis manos,

de esta hemorragia o soledad

con la que fue a dar mi corazón en cada entrega,

destrozar hasta la última columna

de las ilusiones que sostienen mi mundo.

 

Callaré,

porque el silencio es una niebla

preñada de cuchillos dóciles,

la belleza terrible que abraza

el parto de todas las guerras.

 

III

Yo os daré la desesperanza,

la pérdida,

un futuro o festín de hormigas

limpio de mi sombra,

el ferviente deseo del rencor

que siempre busca multiplicar

las heridas pendientes de una respuesta.

 

No volveré a perder solo,

aunque mi triste victoria sea

vuestras lágrimas como consuelo.