Perdido

I (Apóstol)

Quisiste ser salvado. Buscabas esa mano firme llena de labios y respuestas, de caricias y olvido, de paz. Pero solo querías una cama para esconderte, un sorbo de plenitud en el cuerpo del otro para evitar el vacío, una nueva fe o monolito que dejara sin voz a la duda. Querías sólo la mitad que ríe, los besos sin despedida.

Nadie te salvó. Demasiadas heridas para que los abrazos echaran raíz, demasiadas prisas por darle cimientos al cielo, demasiado peso o tijeras para unas alas.

II (Mesías)

Quisiste haber salvado. Buscabas ser la brújula o la esperanza, el hombro tierno que se opone al precipicio, el futuro. Pero solo querías un pedestal para darle sentido a la zozobra, el perdón que corona al humilde, el valor de tu existencia. Querías la sombra de la cruz a cambio de unas lágrimas que te limpiaran de tierra y abandono.

No salvaste a nadie. Demasiado dolor temblando en los labios, demasiados miedos bajo la almohada, demasiada derrota pudriendo los acantos.

III (Perdido)

Dejaste los túneles del viento y empezaste a vivir. Desnudo, como nuevo, recién olvidado. Con un violín tras los ojos y el silencio vertical de los cipreses. Agrietado, con la libertad en el recuerdo y la promesa del alba.

Hacia delante, porque nunca importó el camino, sino la piedra en la que tropezarse.

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