Memoria o construcción

Nadie se acuerda de aquellas lágrimas, porque de quien pierde sólo se recuerda el odio, no la justicia.

La historia del vencedor termina con una medalla, con la mentira de la muerte que no llega. La del vencido empieza en esa ruina, en la humillación. Pero nadie quiere escuchar palabras manchadas de sangre, aunque tengan una verdad que consuele o dignifique. Lo único que cuenta es la belleza, la moraleja que señala al otro; lo demás es un murmullo, olvido. Por eso hay tan pocas historias, por eso, la mayoría se pudren con la carne y el recuerdo.

Las heridas construyen una memoria que derrumba hechos o simetrías, mitos que adormecen las almohadas y permiten colmarlas de un futuro llano, ajardinado. Porque la comodidad es la raíz, la razón, sólo una excusa.

Y el miedo, orquestando los engranajes.

No hay nadie

La palabra de los hombres es una muerte que baila, la sombra de la seguridad cobarde con la que juzgan, los escombros de un corazón aterrado: el miedo siempre ha sido el arma que más sangre ha hecho tragar a la tierra.

Han vaciado el verbo de voluntad para pudrirlo de estética, por eso las fotografías pesan más que los textos planos. Y aquellos con las palmas limpias o los ojos libres de la mordaza de los besos, son sólo el ruido de un contador de billetes que orina lágrimas. Porque la soledad y la elección son pecados, porque ser mujer está prohibido.

Pero las mujeres siguen masturbándose con el látigo que las humilla y los hombres, las adoran o envidian.

No hay nadie.

¿Amor?

El miedo forja barrotes que se aceptan con promesas o mentiras que defiende la esperanza, con lágrimas obedientes a la desesperación, con el peso de los años, de las preguntas; con cobardía. Ateridos por las cosas sin borde, solitud o libertad, eligen el futuro con espinas más cercano, la comodidad de la rutina que desdibuja el horizonte y susurra una plenitud a medida.

Es también el miedo quien les hace añorar la celda, la asfixia, porque en ella encuentran un sexo que transciende, una mirada que consuela, la aceptación que los concilia con las almohadas. Olvidan que la felicidad no es consenso ni obligación ni meta, que las huellas de su camino no las marca la voluntad sino la huida, que su única elección ha sido renunciar, claudicar ante el miedo a cambio de un oasis prefabricado.

(Hastío. Detrás del orgullo, tu fragilidad, y detrás de ésta, mi decisión de alejarme…)