No hay nadie

La palabra de los hombres es una muerte que baila, la sombra de la seguridad cobarde con la que juzgan, los escombros de un corazón aterrado: el miedo siempre ha sido el arma que más sangre ha hecho tragar a la tierra.

Han vaciado el verbo de voluntad para pudrirlo de estética, por eso las fotografías pesan más que los textos planos. Y aquellos con las palmas limpias o los ojos libres de la mordaza de los besos, son sólo el ruido de un contador de billetes que orina lágrimas. Porque la soledad y la elección son pecados, porque ser mujer está prohibido.

Pero las mujeres siguen masturbándose con el látigo que las humilla y los hombres, las adoran o envidian.

No hay nadie.

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