Elegía inesperada

 
A Antonia Moreno, Antoñita
 
I
 
El mundo seguía respirando
cuando las grietas llegaron a tu casa,
y el miedo esperó su turno
con los colmillos sobre el teléfono.
 
Mientras la muerte entraba por tu cabeza,
las cosas se negaron a mirarte,
aunque ya roncara el espanto
por los pasillos o las ambulancias.
 
Nadie imaginó que los relojes
vomitarían las últimas horas
sobre tu cuerpo ya sin ti
y tú sin nosotros para siempre.
 
II
 
Ahora que el futuro ya no empuja los días,
que la mudez de tu espacio
estanca las horas en el recuerdo,
brotan las huellas que dejaste en todas las cosas,
la gentileza de tu voz
y su eco que no consuela.
 
Ahora que la espera es inútil,
que la nostalgia se consume con la rutina,
aprendo a soportar el mármol de tu nombre,
el adiós diario al que me condenas
y este te quiero que nunca llegaste a oír.
 
Ahora que solo quedo yo,
mi dolor y tu muerte,
empiezo a conjugar nunca
sin amiga, sin mujer, sin madre.
 
III
 
Podría rendirme a esta soledad
amparado por las cenizas o el abandono,
admitir el triunfo del olvido
y borrar todos nuestros pasos.
Pero tu amor es el pulso irrefutable
que abre el camino hacia la mañana,
el aliento o la sangre que resiste
las grietas imposibles de la muerte.
 
Volverás de entre las lágrimas
para ser brújula y testigo
de esta herencia de caricias
con la que sigues coronando al mundo.
Volverás serena,
limpia de los últimos días,
para calmar las heridas del tiempo
y llenarme el corazón de flores.
 
Aunque sólo exista esta nada
en la que se extinguen
carne, voluntad y recuerdo, 
 ya hemos vencido, nena:
la muerte se fue con las manos vacías
porque salvo el adiós,
nos pudimos dar todo.