Romanticismo

Yo saboreaba el eco de tus muslos, cuando las cabezas de los heridos vinieron y levantaron palabras tan afiladas, que tu amor tuvo que escapar por las antenas. No importó que la noche se envenenara con la memoria o que el perro llorara como una cafetera llena de insectos, porque los dientes seguían buscando flores con las que dar la bienvenida a la muerte.

Mientras el sol todavía respiraba tierra, ajeno a las lágrimas o los bostezos, la sombra meneaba el rabo con la intención de una cuchilla hambrienta de tormenta. Fue entonces cuando la catarata de hierro salpicó hasta los espejos del baño, con los ojos ya cerrados ante el horror de un final sin la belleza de los violines.

La mañana siempre llega tarde, siempre manchada de horizonte o esperanza.

Pero no para los suicidas.

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