No pienses que me quedo aquí

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La decepción es una cuestión de tiempo y miopía.

Primero las voces se alzan cubiertas de nieve pura, como niños recién nacidos que acarician la mañana. Traen la promesa de los erizos que cabalgan, sobre un ajedrez sediento de cercanía, esperando el recuerdo de un anillo que calme, los colmillos de estas paredes cubiertas de claustrofobia.

Luego brotan las espinas, las líneas de un mapa y el pozo que ridiculiza. Siempre hay un roto para un descosido y todos somos parches que se consumen hasta que se despegan. Entonces un espejo y la mordedura de la desnudez, la sensatez de las heridas que restañan la confianza en el silencio.

No pienses que me quedo aquí, soy más geómetra que ingenuo.

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[Te desvaneces…]

Te desvaneces tras una interrogación inacabada, dejando un rastro de melancolía que se ahoga entre el recuerdo y las probabilidades. La certeza de tu cuerpo sobre el mío, la calidez de nuestros labios como pétalos enredados o la fragilidad de tus ojos colmados de mí, son el Gólgota imposible donde se alza mi derrota. Y ahora, cuando las lágrimas se hacen tinta que manchan la sangre, vuelvo a empuñar el hacha de mi soledad, a seguir por este desfiladero de nombres, un poco más triste con el tuyo al fondo.