Ser libre, estar solo (II)

La melancolía enmudece al mundo y da garganta al corazón.

Cada vez que alguien atraviesa estas murallas, cada vez que grito aleluya y vuelvo a compartir carne, sombra, cariño y reflejo, me siento más solo. Todos acabamos siendo una decepción, por eso me veo otra vez con la sien encañonada. Las mismas mentiras, la misma vergüenza. No importa cómo empiece, siempre acaba siendo menos de lo que esperaba.

¿Dónde están las manos que iban a sostener mi mundo? ¿Dónde los ojos en los que debía verme? Detrás de cada abrazo partido sólo me ha quedado la sangre, una guarida llena de cuchillos y los besos cosidos al silencio. Mis grietas.

 Pero el piano se agota y amanece la voluntad.

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Ser libre, estar solo (I)

Me han olvidado tantas veces que sólo recuerdo lo pequeño que soy.

Una y otra vez empezar el mismo camino, volver a hacer de la ruina parto y de la cicatriz, esperanza. Este cansancio de saberse agotado, el tedio de las sonrisas que terminarán extinguidas en el silencio, la insoportable certeza de todas estas palabras que no llegarán a tocarte. Es la amargura la que me regresa a la intemperie.

Mi soledad a veces no es una opción, sino una consecuencia. Mi elección ha sido vivirla sin alguien al lado.

Otra vez el fracaso, y la comodidad de una resignación que siempre prefiere el recuerdo inmaculado de una felicidad de la que sólo hubo sombra. La memoria encarcelada en una vitrina para el deleite del orgullo, sin rastro de toda la miseria que me define. Dejar de luchar por las cosas que terminan siendo lágrimas, pero no rendirse nunca para sobrevivir otra vez al mismo naufragio.

Bajo las sábanas

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Bajo las sábanas, el silencio de los recuerdos y la garganta de las heridas, la esperanza de la carne que no se rinde a la soledad y las ruinas que arrastro en la sonrisa cuando despierto cada mañana. Debajo, las raíces y el laberinto de mi llanto, la flor descarada del quejido cuando te siento dentro, el abrazo amortiguado de la intemperie y este mar de colmillos que me arrodilla al insomnio. Bajo las sábanas, la oscuridad y su espejo, la certeza de la desaparición y la ilusión de su lejanía. Debajo, la vida.

Acompáñame

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Acompáñame, pero no para ser el espejo de esta soledad. Tú no debes ser mi eco acomodado en cualquier silla, pero tampoco el silencio. No te quiero en una fotografía agradable a los ojos de Kubrick, un falso recuerdo al que huir cuando la derrota asome. Quiero tu carne herida, tu puño levantando el mundo, tu lealtad. Ya las sonrisas no me bastan, las has regalado a demasiada gente. Acompáñame, todavía podemos desaparecer juntos.