[Permitir…]

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Permitir que el olvido barra las heridas para alargar la sensación de comodidad y pertenencia, que el autorretrato se diluya en una caricatura. Es la reducción de la vida al teatro de polichinela. Perderse en la rutina hasta que aparezca el dolor que alerta de las exigencias de la soledad, hasta que llega la decepción o la proximidad al vacío. Y ver cómo la boca del abismo sobre el que estás suspendido mira muy dentro, más allá de las cuencas: recuerdos, vértigo y claustrofobia.

(El equilibrio se recupera con lágrimas y vómito)

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Ser libre, estar solo (y III)

(Nadie sabrá del cementerio que suspira entre mis sienes)

No quiero seguir ese camino colmado de huellas en el que hay más arrepentimiento que abrazos, ni ese reloj o caudillo que os permite escoger el número de serie de vuestras decisiones programadas. No creo en la felicidad de talla única ni en las sonrisas rutinarias con las que disimuláis el vacío. No entiendo la vida como un conjunto de reglas, sino de elecciones.

La libertad es la sangre que arranca mi voluntad del mundo. Y también todos los barrotes que he tenido que aceptar mientras mis rodillas aprendían a comer tierra. Tan abiertas están mis alas como canales de mis ojos han ordeñado. Por eso el silencio, el ábaco y el hielo.

No puedo prometeros otro amanecer recién cortado, a penas esta ternura arrinconada entre tanta herida. No puedo ofreceros la belleza o el punto de fuga de un paisaje tendido en el horizonte, sólo ruinas aplazadas y olvido. Pero, si me dejáis, puedo admitir la esperanza.

Mientras tanto, sigo solo, pero soy libre.

Ser libre, estar solo (Intersticio)

El fracaso está a la altura de nuestras fuerzas, la decepción siempre más allá de nuestra esperanza.

Buscar entre los hombres es encontrar las mentiras que no esconden su mezquindad, una pregunta colmada de mordazas que precede a las costuras de sus grietas o el olvido. Porque se masturban con la misma mano con la que cierran tratos y besan con la misma boca con la que te escupen. ¿A qué tanta mueca si guardáis en los bolsillos todas las facturas de la gente que habéis vendido? ¿A qué tanto grito si es la vergüenza la que os ahoga de silencio cuando os tropezáis con un espejo o una almohada incómoda?

Pero yo no he venido aquí a hablar de otros, no a olvidar la raíz quemándome con la rabia.

Hedgehog dilema

A veces me confunden con un erizo

por estos cuchillos que abrazan con agonía mis espaldas,

piquetas que encontraron la rabia de mis dientes

cuando la confianza expiraba entre camisas de fuerza.

 

No hablo yo, son mis heridas

y toda la escarcha del abandono

que me escupisteis al dejarme a un lado.

 

La distancia es una imprudencia

que agranda este búnker o la soledad,

espinas que acorralan los besos y la esperanza

de un futuro de hemorragias desencadenado.

 

Aquí está el dilema:

el silencio de las lágrimas

o el grito de la ira,

porque la equidistancia

es sólo otro dolor intermedio.