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(Nanananananana,

nanana,

nanana)

 

La memoria reverdece la hemorragia

que detuve ante las ventanas sorprendidas,

sobre el hambre de un suelo viudo

de mi cuerpo acelerado.

 

Vuelven agonizantes esas dudas

que amordazaron al sueño o la esperanza,

afilando los dientes con cada beso

deshuesado y escupido por la traición.

Vienen a probar la fortaleza

de esta sonrisa que se resiste

a arrodillarse o aceptar la derrota

de todos los puños levantados.

Porque cada grano de arena que robo

es el latido inconfundible que niega

el futuro infértil de la uralita

y su sombra anclada en el vacío.

 

Aunque sólo haya soledad, excusas

y la fragilidad insomne de la carne,

seguiré luchando por una mañana

con la misma certeza de tierra.