Ambivalencia

La lluvia era un piano enloquecido contra los cristales del coche. La estación estaba vacía, como en los últimos veinte años. Hormigón, asfalto y recuerdos.

—Aquí creímos ser importantes —y dejó que la melancolía del cielo llenara aquel silencio en nombre de todo lo que había desaparecido—. Pensamos que era el comienzo…

—Era la felicidad, el engaño de la  juventud —respondió por el retrovisor el adolescente que lo acompañaba.

—¿Tú has sido feliz? —preguntó mientras apagaba el cigarro y abría la guantera para sacar su destino.

—He tenido esperanza —se reclinó acercándose al asiento—. ¿Qué tienes tú?

El sol buscaba ya tierra, pero no había más que una boca desdentada de antenas y edificios. El aire conservaba su sabor a plomo y todo parecía estancarse en aquel bostezo de sangre. Arrecifes de sombras amenazaban ventanas y corazones.

—Mi tiempo se ha agotado, ya sólo me quedan excusas —susurró mientras recordaba las ruinas del naufragio. Abatido,  se deslizó por la pared hasta llegar al suelo de la terraza para luego acurrucarse. En su horizonte, una calle plagada de una rutina que ahora echaba de menos.

—Nunca has estado ahí —le dijo una mujer desde la oscuridad del salón—. Las heridas te enraizaron en el silencio —una sonrisa pareció definirse en el sillón.

—Pero he encontrado el modo de llegar a los demás —replicó incorporándose y aferrándose a la barandilla, sin apartar la vista de aquella multitud con alma de hormiga—. ¡Ya no estoy solo! —lamentó con llanto y vértigo.

—Pero estás aislado, porque eres un trozo de hielo que abraza.

El mar era un espejo de mercurio que murmuraba sobre la tristeza. La niebla, una confusión de lágrimas que cubría de óxido arena, rocas y mejillas. El canto de un cisne rompió aquella monotonía.

—¿Dónde está todo el mundo? —preguntó angustiado dando vueltas a su alrededor.

— Allí —contestó un hermoso hombre que flotaba por encima del agua. Apuntaba hacia las estacas mohosas clavadas en la arena.

—¡Es imposible! —gritó al tiempo que sentía el peso de las piedras en sus bolsillos.

— Esta es, la orilla de tu amor.

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