La ruta 33

El paisaje se arrastraba con melancolía por las ventanas, como si el último bostezo de la tarde fuera realmente el último y la promesa de la mañana, pareciese solo una ilusión para ahuyentar las incansables muelas de la noche. Los acantilados se izaban otra vez al atravesar el último de los túneles. Atrás, la ciudad y sus años desordenados por el recuerdo. Delante, la incertidumbre de una carretera erizada que los demás llamaban esperanza. Para él, nada de aquello tenía sentido. Era sólo un camino más. El mar susurraba espumas de libertad contra las piedras. La rutina era un ancla para su cordura, pero también la brújula que postergaba los sueños. Y ya estaba cansado de enterrarlos. El autobús se precipitó con toda su vida colgando en él. Sintió un gran alivio cuando escuchó la explosión, a pesar del dolor que sentía en el costado tras haberse lanzado del autobús antes de caer por el precipicio. Ahora volvería a empezar. Pero no podía ignorar que el pasado era plomo en su talones cuando tenías 60 años, que no había más futuro que el que había soñado en su memoria. Era tarde, incluso para acompañar al autobús. Había hipotecado el resto de su vida por no aguantar el último turno de la ruta 33. Al día siguiente se jubilaría.