Esbozo

Otro día desordenado en el que las horas y el sol no significaban más que los platos apilados o la cama descosida por el insomnio. El ruido de la calle se colaba por las persianas, derrumbadas sobre los alféizares, donde motores y voces inútiles le recordaban el cansancio. Las paredes eran su paisaje, una rutina agrietada por las necesidades fisiológicas, el alcohol y el tabaco, un reflejo de su interior consumido por los insectos del miedo.

Paso al salón de la casa de los abuelos, inundado por la luz blanca del mediodía. Alrededor de la mesa redonda, pegada contra la pared y con su centro florido, están sentados tito Juan con los ojos completamente encharcados de sangre, la tita Dolores con su sonrisa siempre amable, distraída, y el tito Mauricio con la juventud que ya no tienen los muertos. Tito Juan pide un cuchillo para sacarse uno de sus riñones, es la única forma de poder curarse. Tito Mauricio me dice algo, pero no lo entiendo. Tita Dolores sigue sonriendo ajena a la estupidez de su marido. Yo le digo que morirá si hace esa barbaridad. Pero él cree que de algo hay que morir. ¿O a caso yo no moriré si me lanzo desde una ventana?

 

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