La ausencia de Julio

No hubo ningún grito al abrir la puerta, seguía cerrada. No hubo nocturnidad ni tinta emborronada, sólo la inmensa sombra de la U que formaban los dedos pulgar e índice de uno de sus pies para dar la bienvenida a la mañana.

 

El instituto ya era un hormiguero que hervía descontrolado tras el primer recreo. Nunca fue buena hora para una clase de Física y Química, menos en cuarto de la ESO, pero aquella, era la peor de todas. El alumnado entraba torpe y desganado en el aula, resistiéndose a la tortura de las ecuaciones que le esperaba aún ausentes en la pizarra.

—Elena, ¿sabes dónde está Julio? —le espetó Marcos al tiempo que posaba la mano sobre uno de sus hombros. Sabía que Elena era de las pocas personas a las que le importaba Julio y con la que tenía cierta relación de intimidad. Era una chica de las más aplicadas y popular de su clase. Además, quería ganar algo de tiempo para que sus alumnos bajaran de aquella cima de excitación que siempre acompaña al alivio o el descanso. Elena se dio la vuelta, dando la espalda a los compañeros con los que estaba hablando. Ya casi todos se encontraban sentados.

—Ni idea, profe. —contestó encogiéndose de hombros— No ha venido a ninguna de las primeras horas. Es raro, le he mandado un whatsapp, pero no me ha contestado… —y la frase quedó suspendida con la preocupación de ambos en los ojos.

—Gracias, Elena. ¡Buenos días! —dijo Marcos alzando un poco la voz, apagando la mayoría de las charlas que se trenzaban en el aire— ¿Alguien sabe qué le ha pasado a Julio?

—Estará con el culo dolorido. —soltó como un escupitajo Carlos desde el fondo de la clase— Y no lo digo sólo por el examen de Lengua de ayer… —las risas y la humillación salpicaron la clase desde distintos focos.

—¿Por qué siempre estás con esas mierdas? ¿Es porque tú no follas? —contestó José Luis en tono duro desde las primeras filas. Junto a Elena, era el único amigo de Julio y nunca dudaba en salir en su defensa y hablar claro. Algunas risitas recorrieron la clase como venganza.

—Seguro que es envidia, ya se sabe, perro ladrador, poco mordedor. —soltó Elena al tiempo que las risas perdían la vergüenza y se transformaban en carcajadas.

—Ya quisiera él pillar esto. —respondió Carlos levantándose de su pupitre y agarrándose el paquete por encima del vaquero— Pero tranquilo, José Luis, que también hay para ti.

Los reproches se cruzaron junto a las risas, las voces y las palmadas. No era la primera vez que aquella batalla se libraba, pero sí la primera vez que se hacía en la cara de un profesor. Julio era un blanco fácil para los colmillos de Carlos y sus amigos: un chico tímido, bajito y regordete, introvertido, con gafas, educado, estudioso y homosexual. Aquel año estaba viviendo el divorcio de sus padres, y para los depredadores, era un impala herido y jugoso. El curso estaba siendo un infierno.

—¡Silencio, por favor! No voy a permitir faltas de respeto por ningún lado, ¿entendéis? —y su voz partió como un hacha los ánimos que dividían a la clase— Carlos, siéntate, por favor.

—¿Pero no has escuchado lo que me ha dicho, profe? —protestó todavía en pie y desafiante.

—Sí, lo he escuchado y no me ha gustado nada. —una sonrisa de triunfo asomaba en los labios de Carlos—Pero dime, Carlos, ¿qué se siente cuando alguien dice las mismas barbaridades que tú? ¿A que duele?

—Pero… —balbuceó por un momento.

—Eso para que te calles. —masculló José Luis desde su pupitre.

—¡Silencio! No se trata de quién ha dicho qué primero, quién tiene que callarse o quién tiene que hablar. —Carlos tomaba asiento con una mueca de desagrado— Se trata de respeto. ¿Os gustaría que yo entrara a clase y me riera de vosotros? —el silencio por fin hizo acto de presencia— Podemos discutir de cualquier cosa en esta clase, no sólo de Física y Química si es importante para vosotros. No tengo ningún problema en invertir una clase en esto. Pero no voy a tolerar que se haga de este modo.

—Pero todos habéis tolerado que se rían de mí, en el recreo, en las redes sociales, en el whatsapp. Habéis dejado que el silencio me consuma y defina, que todos mis esfuerzos corran al fondo del desagüe—hubiera dicho Julio si las pocas fuerzas que tenía no estuvieran ahora colgadas.

 

Llegaron las lágrimas, pero no el arrepentimiento. ¿Cómo arrepentirse si se carece de elección? Hubiera preferido el abrazo de Juan y su consuelo, pero ahora eran los cordones de sus zapatos los que le demostraban el amor en el cuello. Sí, amar es también dejar ir.

—¿Te acuerdas del primer día de clase, José Luis? —preguntó Marcos a uno de sus alumnos más brillantes. José Luis era el alumno perfecto: responsable, educado, aplicado y con las mejores calificaciones, no sólo en su asignatura, sino en cualquier otra. Siempre motivado y dispuesto a ayudar a sus compañeros en clase, delegado y miembro del consejo escolar.

—Sí, acordamos las normas de la clase, profe. —dijo de mala gana— Siento haber contestado de la forma en la que lo he hecho. Pero José Luis lo está pasando mal y no voy a permitir que nadie lo machaque. No se lo merece.

—Carlos no está machacando a nadie, colega. —saltó Rubén en defensa de su amigo— Julio tiene que saber de qué va la vida.

—¿Y de qué va la vida, Rubén? —preguntó Marcos con curiosidad.

—Ya sabes, profe…—dijo pensando en voz alta.

—O comes o te comen. —sentenció Carlos— Tiene que aprender a defenderse, a mí nadie me ha regalado nada y aquí estoy.

—Repitiendo. —le espetó Elena con furia en la mirada.

—Habló la niña de papá que tiene una farmacia esperándole cuando acabe de estudiar. Así cualquiera.

—¿Crees que Elena no se esfuerza para conseguir lo que quiere, Carlos? ¿Piensas que ella no tiene sus propios problemas y que si no estudia no tiene asegurado nada? —desafió Marcos a un Carlos demasiado seguro de sí mismo.

—Eso no es así, profe. —contestó indignado— Si no lo consigue siempre la puede colocar el padre de cajera en la farmacia y a vivir del cuento.

—¿Qué sabrás tú de lo que puede o no hacer mi padre? Tú sí que vives del cuento, que ya has repetido dos veces y no estudias ni trabajas, solo fumas, bebes y criticas todo aquello que eres incapaz de conseguir. ¡Flojo!

—Elena… —le advirtió Marcos.

—Lo siento. Pero estoy cansada de que siempre esté con la misma canción. ¿Qué quieres tú, Carlos? ¿Por qué estás aquí?

—Porque me obligan, y porque aquí están mis colegas. —dijo ufano y arropado por las palmaditas en la espalda de Rubén.

—¿Y eso qué tiene que ver con enseñarle a Julio lo que es la vida? —Carlos se quedó sin palabras en la boca— ¿Elena no puede enseñarte de qué va la vida, Carlos? ¿Quién puedo hacerlo? ¿Yo puedo?

—Tú sí, profe, eres más viejo que todos nosotros.  Sabes más. —murmuró Rubén tratando de hacer equilibrios entre Marcos y Carlos.

—Sí, pero tampoco sabemos si has tenido la vida fácil o no. —se resistió Carlos.

—Ya, pero… —quiso contestarle Rubén sin éxito.

—¿Y piensas que Julio la tiene tan fácil como crees que la tiene Elena y por eso necesita de tus lecciones?

—No me rayes, profe. —soltó cortante y con desprecio.

—Cuidado, Carlos, respeto. —y Carlos se acomodó en su silla cruzándose de brazos y piernas— ¿Te raya no tener argumentos con los que responderme? —Carlos permanecía en un silencio sólo comparable al de las lápidas— Aquí no estamos para juzgar quién es mejor o peor ni para enseñarle a los demás de qué va la vida. Tú mismo lo has dicho: “Nadie me ha regalado nada”. ¿Sería tu vida distinta si te hubieran ayudado?

—Yo que sé, profe. —contestó acorralado.

—Pedir ayuda no es fácil, menos a los mayores. —dijo con cierta amargura Elena.

—A mí me la habéis pedido varias veces, ¿no? —contestó Marcos tratando de aliviar la tensión del momento.

—Pero contigo es distinto, profe. —replicó José Luis— La mayoría de nuestros padres pasan de nuestras movidas, creen que son tonterías y que se nos pasarán creciendo.

—¿Eso te han dicho?

—No hace falta que lo digan. —saltó Rubén dejando el móvil entre sus piernas después de haberlo ojeado— Sólo los colegas nos entienden.

—Pues a mí no me habéis entendido. —hubiera dicho Julio— Ha sido mejor reírse de mí por lo feo que soy, porque solo tengo un aprobado en educación física, porque apenas tengo amigos, porque mis padres solo piensan en ellos, porque soy una mierda de persona.

 

El aire apenas era un hilo exhausto por el calvario de su garganta. Sus ojos, heridos por la luz, buscaban el descanso detrás de las cuencas. La paz, por fin, tocaba a su puerta, pero también la esperanza.

La campana sonaba por cada rincón del instituto. Las puertas se llenaron de hombres y mujeres a medio hacer tratando de huir de pizarras y proyectores. José Luis permanecía en su asiento comentando algo con Elena.

—¿Qué pasa, chicos? ¿Sabéis ya algo de Julio? —intervino Marcos acercándose a ellos con cierto tono sombrío.

—Nada, profe. Y eso es lo que nos preocupa. —contestó José Luis afectado— Le he mandado un mensaje a su padre, y tampoco sabe nada, creía que estaba aquí. Hace tiempo que me dio su móvil porque estaba bastante preocupado por Julio y quería saber qué tal le iba por el instituto.

—¿Hasta qué hora estáis por aquí?

—Hasta las dos, la última hora no la tenemos y ahora… una hora libre. —contestó Elena.

—Voy ahora a secretaría a ver si ellos pueden decirme qué pasa, tranquilos, chicos. En cuanto sepa algo os lo haré saber. ¿Estaréis por la biblioteca?

—Sí. —susurró José Luis.

—Entonces allí nos vemos en un rato.

—¿Y me veréis a mí o lo quede de mí? —susurraba Julio en la cabeza de cada uno de ellos, como una amenaza consumada.

 

Julio no estaba allí cuando sus pies tocaron el suelo y la ambulancia estaba de camino a casa. Llegaron tarde a la desesperación, a las grietas que lo rompieron por dentro. Tarde al desprecio a sí mismo, tarde a la soledad y al silencio atrincherado. Llegaron a tiempo para contemplar la flor de su fracaso, el de todos. A tiempo para comprender, que quizá ese era el momento justo en el que debían llegar para evitar más sufrimiento.

Marcos se asomaba por la puerta de la biblioteca como una sombra salida de un naufragio. Elena y José Luis estaban sentados con sus apuntes y con los móviles sobre la mesa.

—Chicos, ¿podemos salir al pasillo? —susurró al acercarse a la mesa. Elena y José Luis se levantaron y con la cara pálida por la certeza de sus temores, siguieron a Marcos hasta una esquina entre la biblioteca y la cafetería. —Por favor, estad tranquilos. Marcos ha tratado de quitarse la vida, ahora está en el hospital. —las caras de José Luis y Elena se llenaron de lágrimas y estupor.

—¿Qué? —dijeron al unísono.

—¿Cómo…? —trató de articular José Luis derrumbándose en el camino, pero sin dejar de mirar fijamente a Marcos, en busca de un consuelo que no iba a llegar. Marcos se acercó a ellos y los abrazó.

—Sólo podemos esperar, nadie podía imaginar que llegara tan lejos.

—¿No podíais o no quisisteis imaginarlo? ¿Era más importante enseñarme la tensión de una cuerda o alejarme para no pender de ella? ¿Era más cómodo el silencio comprensivo que la cama en la que ahora me intuban? ¿Por qué me negasteis la mano cuando ya no me quedaban palabras y sólo lágrimas?

 

Hay historias que terminan bien y otras mal. Podéis pensar que llegaron a tiempo para salvar a Julio, que todavía la asfixia no había dañado su cerebro, que fue una suerte que al precipitarse desde su silla no se partiera el cuello y que su agonía, fue una oportunidad para ser salvado. Que al llegar al hospital estaba vivo, que pudieron reanimarlo en la ambulancia y pudo despertar con la compañía de su madre y su padre, con Marcos, José Luis y Elena esperando su turno para abrazarlo, para demostrarle que era alguien importante en sus vidas, que era querido, que la vida no era como él pensaba, que había esperanza y todo podía ir a mejor.

Es una de las posibilidades, nada de lo escrito niega esa posibilidad. Pero la realidad, puede ser otra. De vosotros depende quedaros con la esperanza o con la realidad. Quedaros aquí o pasar a los últimos párrafos de esta historia.

 

 

Cuando el padre de Julio leyó el mensaje de José Luis, trató de llamar a su hijo sin recibir respuesta. Salió a prisa de su trabajo en dirección a casa, con más miedo que preocupación. Los últimos días había estado demasiado ausente de lo habitual. Preguntó por él al entrar al salón —¡Julio! —, por el pasillo —¿Julio? —, hasta darse de bruces con la puerta de su cuarto y el espesor del silencio más crudo.

Julio estaba lívido y con una impúdica mancha en sus calzoncillos todavía húmeda. La cara de horror solo era comparable a la desesperación de su padre al tratar de descolgarlo y comprobar que llevaba horas muerto. Frío y solo, como el hielo que llevaba sintiendo entre sus sienes hacía tantos meses.

La ambulancia solo pudo certificar su muerte y trasladarlo a la morgue para confirmar su muerte y el resultado conocido de la autopsia. Si el ahorcamiento hubiera sido impedido, quizá no la cantidad de pastillas que había ingerido como desayuno.

Finalmente, los padres estaban junto a él, su familia y a un lado Marcos, José Luis y Elena. También llegaron otros compañeros y profesores que fueron sordos y ciegos a su ruina y precipicio. Pero lo hicieron frente a un ataúd, frente a la imposibilidad absoluta con la que sentencia la muerte. Frente a los escombros de alguien que ya no estaba, un acto más de inutilidad, que era el eco perfecto para aquella vida agotada por unos cordones. Había lágrimas, sí, pero no más de las que pudrieron el corazón de Julio.

 

La ausencia de Julio logró más que su presencia.

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A mis amigos

Hubo un tiempo en el que las brújulas, sólo apuntaban a la oscura hemorragia, que martirizaba mis sienes. El tiempo de un corazón con vértebras y el pulso dormido por la derrota. Una ceguera a penas calmada por mis manos, que buscaban copa y encontraron falda. Tiempo sin espejos, de tinta y espiral. Pero llegaron los delfines y su alboroto de bronce, la promesa de una pupila. Entonces aquel tiempo se desbrozó, agotado y satisfecho, sobre la esperanza de un lecho marino, después de tanto naufragio. Y al fin comprendí, que aunque la soledad sea un muro perpetuo que nos aisla, vuestro amor y el mío son las voces apagadas que nos consuelan del presido.

Cuarteto desvenciajdo

 

Siento desvanecerse la alegría

sobre la que nuestros pasos fueran bronce,

la ingenuidad que apuntó tan alto

y ahora se oxida satisfecha

bajo las huellas de un perfecto recuerdo.

 

La distancia no es una cuestión de metros,

sino de peso entre la memoria y el futuro.

Conmigo

Aunque tus labios guarden una herida

enemiga de mi ternura sobre tu vientre,

amanecerás sin el plomo de la duda

por mis manos escultoras

de la espiga de tu cuerpo.

 

Aunque nada sé de los suspiros compartidos

o del reflejo en la pupila amada,

mellaré mi voluntad contra tu hielo

hasta que el mañana que te susurro

sea pulso y sur de tu alegría.

 

No te quiero a mi lado,

sino conmigo,

en el desierto de Sonora,

donde olvidemos el ayer

y aceptemos la esperanza

a pesar de todos los fracasos.

Las mentiras de los nacionalismos y el referéndum en Cataluña

Las mentiras de los nacionalismos

Ser de izquierdas y nacionalista es una incoherencia ideológica. No puedo entender que alguien que tenga conciencia de clase obrera no sea internacionalista y comprenda que los países y las fronteras no son más que una herramienta puramente logística. Solo entiendo el nacionalismo como una estrategia para blindar privilegios económicos y sociales, esencialmente los de las élites. Y no puedo comprender, más allá de argumentos xenófobos y racistas, cómo se puede justificar que la clase trabajadora nacida o criada en un sitio, algo que ninguno de nosotros elegimos, merezca asegurar sus derechos más que aquellos que no lo han hecho. Y hablo en particular de la izquierda catalana, de la abertzale y la españolista.

La propaganda mediática —y la limpieza ideológica del franquismo, apuntalada a través de la transición, de la cuál son herederos— ha señalado bien el talón de Aquiles de las dos primeras, realzando su carácter nocivo, pero marca como neutro e inocuo al nacionalismo españolista, cuando no lo niega o ni siquiera admite su existencia. La diferencia estriba en que mientras que el nacionalismo catalán y abertzale hacen hincapié en sus características diferenciadoras, en una heterogeneidad que desmiembra, el españolismo se fundamenta en unas características unificadoras creadas ad hoc, en la homogeneidad que niega.

Se olvida deliberadamente en este tipo de discursos que las raíces de los nacionalismos más importantes se encuentran bien delimitadas geográficamente y que esto no es una casualidad, sino una consecuencia de la situación económica de esas regiones, las más industrializadas y ricas de todo el territorio español, en orden alfabético: Catalaña (Barcelona), Euskadi (Bilbao) y Madrid (Madrid).

Así quedaría evidenciada la raíz económica de estas ideologías, pero no su respaldo por la sociedad civil. Ello se consigue introduciendo, en el momento adecuado —también aleccionando—, los sentimientos, una versión manipulada de la historia que los justifique y un idioma que la respalde. Así se genera un ofendido y un ofensor, un nosotros y un ellos. Los catalanistas y abertzales tendrán como enemigo la homogeneidad española (de la que no quieren formar parte, pero que usan para simplificar al resto de territorios del estado),  los españolistas, por su parte, tendrán como enemigo cualquier región que muestre la heterogeneidad de los pueblos que conforman el estado español. Y ya se ha caído en la trampa de las élites, que consiguen enfrentar a las clases obreras de distintas regiones para que no reparen en luchar juntos por sus derechos, derogar los privilegios de éstas y hacer justicia social. Han preferido abrazar la mentira de los nacionalismos y luchar por una entelequia que no les dará nada, en vez luchar por sus iguales en mejorar la situación política de los trabajadores.

El referéndum en Cataluña

Más allá de una visión nacionalista (catalanista o españolista), las libertades en una democracia deben ser fundamentales. Todos tenemos derecho a opinar, a defender y luchar por la propuesta política que más nos satisfaga, con más razón si se trata de la región administrativa en la que residimos. Tenemos derecho a hablar y a que se nos escuche, a luchar y defender en lo que creemos institucionalmente. España, cuyos periodos democráticos sólo se encuadran en los años de la Segunda República —derrocada por los fascistas tras un fallido golpe de estado— y tras la imposición del Régimen del 78 —legado político de esos mismos fascistas que lucharon contra la libertad—, no tiene ninguna tradición democrática, y todos los resortes que posee para la aplicación de derechos y libertades del ciudadano son objetivamente de las más deficientes de toda la Unión Europea. Y las élites políticas de España que aparecieron al amparo del Régimen del 78 (PP y PSOE, fundamentalmente) han permitido y luchado porque esto siga siendo así.

Los trabajadores de España han cambiado mucho desde la muerte del dictador —no así las clases privilegiadas, blindadas desde el franquismo— y se han hecho oídos sordos sistemáticamente a todas sus propuestas por intentar cambiar elementos fundamentales del estado, amparados en el papel mojado de la Constitución. Creían que la evolución político-social de los españoles iba a ser como una tormenta de verano, que aprieta, pero termina por disiparse. No ha sido así. En particular, esto se ha hecho de manera descarada con la articulación territorial. Y esa dejadez milimetrada durante décadas, con tintes bíblicos desde que Rajoy alcanzó el poder, nos ha llevado a esta situación grotesca en la que nos encontramos.

El Govern de Catalunya está haciendo el ridículo con una llamada a un referéndum que no se acoge a la propia legalidad de la leyes catalanas, sin consenso, sin garantías democráticas, que sólo hace insuflar los ánimos de una ciudadanía que acabará dividida y frustrada por las expectativas irreales, aunque lícitas, del mismo. El Gobierno de España está haciendo todavía un ridículo mayor, saltándose la legalidad constitucional, degradando todavía más los derechos y libertades de los ciudadanos, para seguir imponiendo una idea de estado caduca, usando de forma fascista al Poder Judicial (¿hay diferenciación de poderes en España?) y a las Fuerzas de Seguridad (Represivas) del Estado.

Si el Gobierno hubiera invertido la mitad de los recursos que está utilizando en un diálogo serio y honesto con el Govern (por no hablar de lo que podría hacer en otros temas como la corrupción) para abrir el camino real —las promesas ya no sirven— a un cambio constitucional en el que se redefinan las relaciones de las Autonomías con el Estado o, al menos, la propuesta de un referéndum pactado con garantías legales que fomente, en su caso, un cambio de modelo territorial, otro gallo nos cantaría.

Ahora, sólo queda la incertidumbre de los acontecimientos que puedan ocurrir hasta el 1-O, de lo que pueda acaecer el día después a este.

Tabula rasa

Una intención, un escudo, una huida o un quizá. La mentira, la traición. Un sí postergado. Y el mundo sobre un damero. Es el corazón el que nos engaña. Dime qué me das y te diré cuánto te quiero. Ayer es un tiempo lejano que no llena mis manos, una excusa para quienes han perdido. El olvido como moneda de cambio, la raíz de la negación que me hiere, todas las cosas con las que duermo pero aborrezco. Ahora, o será tarde para esta instantaneidad que me abriga. Conmigo o contra mí. Tú, pero solo la parte que ríe. Lo demás, solo palabras.

 

Las razones del sinsentido: Barcelona

El horror, la rabia y la impotencia que dejan las muertes tras un atentado terrorista no deberían cegar la capacidad de análisis de la sociedad. Los sentimientos no deberían utilizarse como escudo para defender cualquier tipo de opinión e ideología con más raíz en las entrañas que en el cerebro. No deberían utilizar a los muertos para seguir alimentando las mentiras que sustentan ese odio que sigue reclamando más muertos. No, aunque ese sea tu negocio.

A río revuelto ganancia de pescadores. Con cada atentado yihadista emergen los fascistas, los racistas, los xenófobos y los islamófobos, también los cínicos, los hipócritas, los impostores, los “buenistas” y los equidistantes. Los ignorantes y los que deciden ignorar. Todos unidos por la insultante superficialidad de sus charcos ideológicos, tratanto de movilizar a la masa consternada para manipularla y sacar renta de su miedo.

La pregunta fundamental en todo este vértigo es: ¿Por qué el Estado Islámico atenta contra Europa? Y la respuesta que encontramos en la televisión, en redes sociales y en cafeterías es la penosa fotografía que advierte que no nos estamos enterando de nada. No, no se trata de una guerra de religiones, esto no es una “contracruzada” del Islam contra el Cristinanismo (¿no se supone que los estados europeos son laicos?¿O no queremos admitir que en realidad somos la Unión Económica de las Élites Cristianas de Europa?), aunque los verdaderos asesinos utilizan la religión para manipular a sus futuros sicarios. No, no se trata de un afán islámico por acabar con las democracias occidentales, la Primavera Árabe fue una muestra de que los pueblos del Norte de África y de Oriente Medio, la mayoría de ellos musulmanes, exigen más libertad, justicia y democracia, aunque hayan sido nuevamente acallados a través de la violencia y con la connivencia de Occidente. No, no es un problema de la inmigración, ¿o fuimos los españoles a Alemania para atentar contra su sistema? Huíamos de la miseria, de la violencia, del hambre y de la muerte, los mismos demonios que persiguen a todos aquellos que están muriendo en el Mediterráneo. ¿No era Franco español y siguió un diseño de exterminio de otros españoles para imponer su ideología? ¿O también era “un moro”?

La razón del sinsentido de los atentados como el de Barcelona radica en nuestro modo de vida, en cómo se sustenta el sistema: para que nosotros podamos vivir en la comodidad, la abundancia y el capricho, otros tienen que morir o vivir de forma miserable. Y encima, exigimos que acepten esa posición y no nos molesten. Las excusas: todos los “argumentos” anteriores. Esta guerra es un tentáculo más del capitalismo, una lucha por el dinero, los recursos y el poder. Una espiral de odio, rencor y esperanza de venganza, que ninguna de las élites que empezaron y sostienen esta guerra, paga con su sangre. Sólo nosotros. La historia está para aprender de ella, el olvido para manipularla. Por mucho que nos cueste aceptarlo, aunque ninguno de nosotros merezcamos la muerte por ello, tenemos nuestra parte de responsabilidad. Nos hemos acomodado, luego el sistema ha cumplido bien su función. Hasta que no hagamos autocrítica y exijamos a nuestros gobernantes un cambio en las políticas que nos han llevado y nos seguirán llevando a más odio y más muertos, nada cambiará. ¿Ha cambiado algo con los lazos en el Facebook, con las flores en los lugares de la muerte o con las vigilias de silencio? ¿Ha cambaido algo con más bombardeos, guerras, exclusión y cierres de fronteras? Si algo de eso funcionara, ya lo habría hecho. Quizá es hora de empezar a exigir una nueva política, ser responsables y conscientes de nuestra posición en el mundo, hacer algo más que llorar y dar pataletas para a los tres días seguir generando memes por Twitter, hablar de fútbol o de Juego de Tronos por Facebook y seguir colgando fotos de los estupenda que es nuestra vida por Instagram.