Mi silencio

Puedo luchar contra las dudas,

pero no contra el miedo.

No contra el tuyo.

Porque el miedo es una negación sin raiz,

una ceguera,

la huída para encontrar el dolor

que explica la libertad

de estas ruinas donde nos acomodamos.

Círculo y espiral, eco.

En frente,

la impotencia de unas manos desnudas

—las del otro—,

sin arma ni escudo,

la mudez o las lágrimas.

Aquí mi soledad, mi silencio.

Y mi amor.

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Cerrar puertas

Las cosas se alejan de uno en silencio, susurrando una promesa de olvido, pero nunca la victoria. Porque vencer es no haber vivido, y aquí todos tenemos un 70% de lágrimas en el cuerpo. Somos un dolor que respira, belleza y palabra encerrada. Amor imperfecto.

Cuando las cosas se acaban, la derrota se hace más grande. El horizonte mengua y empezar de nuevo deja de ser una esperanza para formar parte del recuerdo o la juventud. La voluntad permanece firme, pero la fe expira al tercer fracaso.

Y cierras la puerta, sabiendo que las heridas no lo hacen, aunque la distancia sea la excusa perfecta para creerlo.

Las mentiras de los nacionalismos y el referéndum en Cataluña

Las mentiras de los nacionalismos

Ser de izquierdas y nacionalista es una incoherencia ideológica. No puedo entender que alguien que tenga conciencia de clase obrera no sea internacionalista y comprenda que los países y las fronteras no son más que una herramienta puramente logística. Solo entiendo el nacionalismo como una estrategia para blindar privilegios económicos y sociales, esencialmente los de las élites. Y no puedo comprender, más allá de argumentos xenófobos y racistas, cómo se puede justificar que la clase trabajadora nacida o criada en un sitio, algo que ninguno de nosotros elegimos, merezca asegurar sus derechos más que aquellos que no lo han hecho. Y hablo en particular de la izquierda catalana, de la abertzale y la españolista.

La propaganda mediática —y la limpieza ideológica del franquismo, apuntalada a través de la transición, de la cuál son herederos— ha señalado bien el talón de Aquiles de las dos primeras, realzando su carácter nocivo, pero marca como neutro e inocuo al nacionalismo españolista, cuando no lo niega o ni siquiera admite su existencia. La diferencia estriba en que mientras que el nacionalismo catalán y abertzale hacen hincapié en sus características diferenciadoras, en una heterogeneidad que desmiembra, el españolismo se fundamenta en unas características unificadoras creadas ad hoc, en la homogeneidad que niega.

Se olvida deliberadamente en este tipo de discursos que las raíces de los nacionalismos más importantes se encuentran bien delimitadas geográficamente y que esto no es una casualidad, sino una consecuencia de la situación económica de esas regiones, las más industrializadas y ricas de todo el territorio español, en orden alfabético: Catalaña (Barcelona), Euskadi (Bilbao) y Madrid (Madrid).

Así quedaría evidenciada la raíz económica de estas ideologías, pero no su respaldo por la sociedad civil. Ello se consigue introduciendo, en el momento adecuado —también aleccionando—, los sentimientos, una versión manipulada de la historia que los justifique y un idioma que la respalde. Así se genera un ofendido y un ofensor, un nosotros y un ellos. Los catalanistas y abertzales tendrán como enemigo la homogeneidad española (de la que no quieren formar parte, pero que usan para simplificar al resto de territorios del estado),  los españolistas, por su parte, tendrán como enemigo cualquier región que muestre la heterogeneidad de los pueblos que conforman el estado español. Y ya se ha caído en la trampa de las élites, que consiguen enfrentar a las clases obreras de distintas regiones para que no reparen en luchar juntos por sus derechos, derogar los privilegios de éstas y hacer justicia social. Han preferido abrazar la mentira de los nacionalismos y luchar por una entelequia que no les dará nada, en vez luchar por sus iguales en mejorar la situación política de los trabajadores.

El referéndum en Cataluña

Más allá de una visión nacionalista (catalanista o españolista), las libertades en una democracia deben ser fundamentales. Todos tenemos derecho a opinar, a defender y luchar por la propuesta política que más nos satisfaga, con más razón si se trata de la región administrativa en la que residimos. Tenemos derecho a hablar y a que se nos escuche, a luchar y defender en lo que creemos institucionalmente. España, cuyos periodos democráticos sólo se encuadran en los años de la Segunda República —derrocada por los fascistas tras un fallido golpe de estado— y tras la imposición del Régimen del 78 —legado político de esos mismos fascistas que lucharon contra la libertad—, no tiene ninguna tradición democrática, y todos los resortes que posee para la aplicación de derechos y libertades del ciudadano son objetivamente de las más deficientes de toda la Unión Europea. Y las élites políticas de España que aparecieron al amparo del Régimen del 78 (PP y PSOE, fundamentalmente) han permitido y luchado porque esto siga siendo así.

Los trabajadores de España han cambiado mucho desde la muerte del dictador —no así las clases privilegiadas, blindadas desde el franquismo— y se han hecho oídos sordos sistemáticamente a todas sus propuestas por intentar cambiar elementos fundamentales del estado, amparados en el papel mojado de la Constitución. Creían que la evolución político-social de los españoles iba a ser como una tormenta de verano, que aprieta, pero termina por disiparse. No ha sido así. En particular, esto se ha hecho de manera descarada con la articulación territorial. Y esa dejadez milimetrada durante décadas, con tintes bíblicos desde que Rajoy alcanzó el poder, nos ha llevado a esta situación grotesca en la que nos encontramos.

El Govern de Catalunya está haciendo el ridículo con una llamada a un referéndum que no se acoge a la propia legalidad de la leyes catalanas, sin consenso, sin garantías democráticas, que sólo hace insuflar los ánimos de una ciudadanía que acabará dividida y frustrada por las expectativas irreales, aunque lícitas, del mismo. El Gobierno de España está haciendo todavía un ridículo mayor, saltándose la legalidad constitucional, degradando todavía más los derechos y libertades de los ciudadanos, para seguir imponiendo una idea de estado caduca, usando de forma fascista al Poder Judicial (¿hay diferenciación de poderes en España?) y a las Fuerzas de Seguridad (Represivas) del Estado.

Si el Gobierno hubiera invertido la mitad de los recursos que está utilizando en un diálogo serio y honesto con el Govern (por no hablar de lo que podría hacer en otros temas como la corrupción) para abrir el camino real —las promesas ya no sirven— a un cambio constitucional en el que se redefinan las relaciones de las Autonomías con el Estado o, al menos, la propuesta de un referéndum pactado con garantías legales que fomente, en su caso, un cambio de modelo territorial, otro gallo nos cantaría.

Ahora, sólo queda la incertidumbre de los acontecimientos que puedan ocurrir hasta el 1-O, de lo que pueda acaecer el día después a este.

Sobre Europa

Nos han domesticado para estar pendientes de los pequeños problemas individuales e ignorar los grandes comunes: los primeros se solucionan con trabajo, dinero, amor o hijos; los segundos son lejanos e irresolubles. Hemos incorporado a nuestra idiosincrasia la gran mentira de ser el oasis de los derechos humanos, la ética del mundo. Porque tenemos el dinero suficiente para dar limosna y acabar de limpiarnos la conciencia por si las palabras no nos bastan. Juzgamos al resto del mundo con la simpleza infantil de los ignorantes o los necios, olvidando que lo que ocurre además de ser una desgracia, es una consecuencia por ser unos desgraciados: el dolor no sólo está en la pérdida de la vida de cristianos blancos, sino también en los pueblos masacrados para abaratar las necesidades artificiales de esta burbuja que llaman primer mundo. Pero es más fácil ser víctima y exigir venganza.

Europa, cada vez más, me recuerda a Estados Unidos, aunque más pretenciosa.

La respuesta a la crisis

¿Cuál es la respuesta que queremos dar los españoles a la crisis política, institucional e ideológica en la que vivimos? ¿Realmente pensamos que la queja, el desprecio y el insulto son la salida? ¿Qué es lo que queremos más allá de la ira o la indignación descabezada, de  la necesidad visceral de venganza? Tenemos la razón, pero no la tesis.

El desengaño no puede justificarlo todo. Tan inútil es el brote de violencia que no tiene un eco más allá de la portada de un periódico, como la pasividad o la indiferencia apolítica y descerebrada.

Debemos de construir la respuesta, pensar en ella, marcar una hoja de ruta con los pasos a seguir y anclar el objetivo. No tengo la solución, pero no me cabe duda que es política y no partidista, que se encuentra fuera de este sistema y que todo lo que hemos hecho hasta ahora sólo está encaminado a perpetuarlo.

Dejemos la rabia y tomemos el pensamiento. Tenemos la razón, luchemos por la tesis.

Punto de ruptura (II)

Las estructuras democráticas se han demostrado ineficaces frente a la voluntad ciudadana. Las instituciones son tan opacas y reflectantes a los españoles, se encuentran tan milimétricamente blindadas y ancladas, que el acto del voto ha quedado completamente vaciado de significado. Votar ya no es elegir quién representa a quién, sino el trámite necesario -por ahora- para que la clase política defienda la facción de los intereses que le conviene. Votar es un hecho obsceno en la perversa maquinaria estatal, porque el sistema del voto se encuentra completamente empercudido: bipartidismo, ley d’Hondt, listas cerradas, etc. Y para más inri, es una de nuestras pocas armas, sino la más importante, síntoma de lo pobre y limitada que es nuestra democracia.

La crisis actual ha sido la detonante de todas las fallas de un sistema que siempre fue retratado desde las instancias del poder como modélico. La vieja leyenda de la Transición se encuentra tan desligada de los españoles como el franquismo o la guerra civil. Ahora la clase dominante se encuentra con la constitución como último refugio. Pero la constitución empieza a no servirle a demasiados, se ha transformado en un fósil, papel mojado. Hemos llegado al punto de ruptura.

Y ahora, ¿qué? La lucha por lograr una segunda transición, una constitución acorde con los tiempos (v.g, una verdadera igualdad sin excepciones reales) y las aspiraciones de la España de hoy (v.g, federalismo, independentismo), acabando de una vez por todas el legado nacional-católico que todavía persiste (v.g, España una, grande y libre). La lucha por dotar al estado de unos organismos y herramientas verdaderamente representativas (v.g, listas abiertas, modelo alternativo de repartición de voto) y con la flexibilidad suficiente para la actuación rápida y eficaz (v.g, minimización de la burocracia). La lucha por ser más libres desde el diálogo real, no partidista, con todos y entre todos. Y la lucha ha de limitarse a los recursos de los que disponemos: el voto, las manifestaciones y el tejido asociativo. Esas son las armas democráticas y no hay otras.

Luchar no implica ganar, pero hay que intentarlo. ¿Quién iba a imaginar en el S.XIX los derechos alcanzados por los trabajadores en el S.XX y amenazados ahora en el S.XXI? ¿Alguién podría creerse en la década de 1960 que la preocupación de unos cuantos hippies por el medio ambiente llegaría a ser algo cotidiano en la actualidad? Ninguna victoria ha sido perfecta, incluso podría decirse que han sido derrotas dignas. Pero los brazos cruzados son sólo muestra de la comodidad (económica) con una situación que no es la deseada (ideológicamente), aunque es asumible (económicamente). No necesitamos ahora la impostura del inconformismo burgués desencantado, pues sólo se suma al inmovilismo de la clase dominante, luego le beneficia. Necesitamos unir fuerzas y sobre todo experiencia para construir algo nuevo o ampliar lo que ya tenemos.

Y si todo eso es tan inútil, si nada puede cambiarse, que se deje la hipocresía a un lado: ¿qué impide que corra la sangre para aquellos que no tenemos nada que perder?

Punto de ruptura (I)

El profundo inmovilismo de la democracia española actual no puede defenderse más que desde la posición privilegiada que las leyes actuales ofrecen a las clases minoritarias, pero dominantes, de este país. Y hablar de privilegios irrenunciables en la legislación es hablar de asimetrías constitucionales. Por eso la constitución es defendida con tanto ahínco por la clase política, en particular por la derecha, no por ser el garante de los derechos fundamentales del ciudadano, sino por ser la defensora de los privilegios de las oligarquías que representan y defienden.

Nada de esto es nuevo, es así desde el comienzo, desde la legitimación de la dictadura franquista y la creación bajo coacción del modelo de estado que la sucedería. En este proceso, llamado Transición, se perpetuaron las desigualdades existentes, que favorecían a las derechas y adláteres, y se restringieron las aspiraciones legítimas del pueblo y de las izquierdas. Todo ello se hizo en aras de proveer una pseudodemocracia para España, a pesar de la ilegalidad del régimen, a pesar de la amenaza continua del ejército, a pesar de los muertos sin sepultura, muy a pesar de la justicia y de la memoria.

¿Por qué entonces se habla ahora de crisis institucional, política y democrática? Porque incluso la imperfección del proceso constituyente y de las carencias del texto de 1978, la constitución trajo desarrollo y modernización. Años de bonanza, a fin de cuentas, en los que el pueblo se cegó y acomodó, en el que el olvido hizo el trabajo deseado y esperado. Pero el periodo de crecimiento terminó, ha vuelto la ruina y el pueblo ha despertado, ha recordado y tiene conciencia política, hambre democrática, de justicia.