Cuatro décadas

A C.R.S.

Atrás quedan los días ordeñados de gritos y risas, la gente que dejó su silencio y nos limpió de lágrimas. Atrás, la explosión y torpeza de la juventud, la efervescencia de todo lo que duele y cura al mismo tiempo. Atrás, el olvido. Y tú, como quien abanica su belleza tumbada sol, a mi lado.

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Mi silencio

Puedo luchar contra las dudas,

pero no contra el miedo.

No contra el tuyo.

Porque el miedo es una negación sin raiz,

una ceguera,

la huída para encontrar el dolor

que explica la libertad

de estas ruinas donde nos acomodamos.

Círculo y espiral, eco.

En frente,

la impotencia de unas manos desnudas

—las del otro—,

sin arma ni escudo,

la mudez o las lágrimas.

Aquí mi soledad, mi silencio.

Y mi amor.

Habla

A veces,

busco el nombre de las cosas

-tu nombre-,

pero no su verdad:

las certezas están llenas de desesperanza,

y yo quiero luchar,

hasta llenarme la boca de sombra,

por una mañana sin el eco de los crisantemos.

A veces,

tropiezo con su ausencia

-con la tuya-,

y las dudas secuestran a punta de lágrima

cada palabra dormida entre mis dedos.

Entonces la sangre

hace acto de presencia:

el futuro es el único silencio soportable,

pero no tu mudez ni mi esperanza.

No me importa desandar las heridas,

volver a perder años de brújula y norte,

porque no hay más camino que la derrota

y la deliciosa alegría o el bronce

en el cenit de su arco.

 

Los unos y los otros

Las palabras en los labios de unos, sólo fueron aire que nunca buscó ser carne, a penas la sombra de una muleta, para salir del hospital y cobrar el seguro. En otros, el pulso llegó tarde a la boca y dejaron promesas zozobrando en  el tiempo, para que ahora los kilómetros, las acunen sin consuelo. Unos tienen una papelera de reciclaje, donde escupir los recuerdos que ya han consumido, una servilleta o llave inglesa, para limpiarse las lágrimas de caimán. Otros son esclavos a media jornada, de un compromiso que se desabotona, de las fotos enlatadas por una melancolía, que acabará alegremente en indifernecia. Unos y otros esculpieron esta tristeza, que siempre regresa a mis manos, cuando dejo la calculadora a un lado y simplemente decido vivir.

Cerrar puertas

Las cosas se alejan de uno en silencio, susurrando una promesa de olvido, pero nunca la victoria. Porque vencer es no haber vivido, y aquí todos tenemos un 70% de lágrimas en el cuerpo. Somos un dolor que respira, belleza y palabra encerrada. Amor imperfecto.

Cuando las cosas se acaban, la derrota se hace más grande. El horizonte mengua y empezar de nuevo deja de ser una esperanza para formar parte del recuerdo o la juventud. La voluntad permanece firme, pero la fe expira al tercer fracaso.

Y cierras la puerta, sabiendo que las heridas no lo hacen, aunque la distancia sea la excusa perfecta para creerlo.

Un simple gesto

Aunque tus palabras siguen enterradas en esa herida

—¿quién llegó tan profundo?—

que tumba su sombra sobre este silencio en el que sonríes,

es tu voluntad quien la traiciona con un simple gesto,

la que derrumba mis dudas y vence al miedo enamorado,

levantando sus brazos con ternura

para susurrarme en una caricia

que mi voz puede ser más que otro recuerdo

acomodado entre la brújula de tus ojos.

La ausencia de Julio

No hubo ningún grito al abrir la puerta, seguía cerrada. No hubo nocturnidad ni tinta emborronada, sólo la inmensa sombra de la U que formaban los dedos pulgar e índice de uno de sus pies para dar la bienvenida a la mañana.

 

El instituto ya era un hormiguero que hervía descontrolado tras el primer recreo. Nunca fue buena hora para una clase de Física y Química, menos en cuarto de la ESO, pero aquella, era la peor de todas. El alumnado entraba torpe y desganado en el aula, resistiéndose a la tortura de las ecuaciones que le esperaba aún ausentes en la pizarra.

—Elena, ¿sabes dónde está Julio? —le espetó Marcos al tiempo que posaba la mano sobre uno de sus hombros. Sabía que Elena era de las pocas personas a las que le importaba Julio y con la que tenía cierta relación de intimidad. Era una chica de las más aplicadas y popular de su clase. Además, quería ganar algo de tiempo para que sus alumnos bajaran de aquella cima de excitación que siempre acompaña al alivio o el descanso. Elena se dio la vuelta, dando la espalda a los compañeros con los que estaba hablando. Ya casi todos se encontraban sentados.

—Ni idea, profe. —contestó encogiéndose de hombros— No ha venido a ninguna de las primeras horas. Es raro, le he mandado un whatsapp, pero no me ha contestado… —y la frase quedó suspendida con la preocupación de ambos en los ojos.

—Gracias, Elena. ¡Buenos días! —dijo Marcos alzando un poco la voz, apagando la mayoría de las charlas que se trenzaban en el aire— ¿Alguien sabe qué le ha pasado a Julio?

—Estará con el culo dolorido. —soltó como un escupitajo Carlos desde el fondo de la clase— Y no lo digo sólo por el examen de Lengua de ayer… —las risas y la humillación salpicaron la clase desde distintos focos.

—¿Por qué siempre estás con esas mierdas? ¿Es porque tú no follas? —contestó José Luis en tono duro desde las primeras filas. Junto a Elena, era el único amigo de Julio y nunca dudaba en salir en su defensa y hablar claro. Algunas risitas recorrieron la clase como venganza.

—Seguro que es envidia, ya se sabe, perro ladrador, poco mordedor. —soltó Elena al tiempo que las risas perdían la vergüenza y se transformaban en carcajadas.

—Ya quisiera él pillar esto. —respondió Carlos levantándose de su pupitre y agarrándose el paquete por encima del vaquero— Pero tranquilo, José Luis, que también hay para ti.

Los reproches se cruzaron junto a las risas, las voces y las palmadas. No era la primera vez que aquella batalla se libraba, pero sí la primera vez que se hacía en la cara de un profesor. Julio era un blanco fácil para los colmillos de Carlos y sus amigos: un chico tímido, bajito y regordete, introvertido, con gafas, educado, estudioso y homosexual. Aquel año estaba viviendo el divorcio de sus padres, y para los depredadores, era un impala herido y jugoso. El curso estaba siendo un infierno.

—¡Silencio, por favor! No voy a permitir faltas de respeto por ningún lado, ¿entendéis? —y su voz partió como un hacha los ánimos que dividían a la clase— Carlos, siéntate, por favor.

—¿Pero no has escuchado lo que me ha dicho, profe? —protestó todavía en pie y desafiante.

—Sí, lo he escuchado y no me ha gustado nada. —una sonrisa de triunfo asomaba en los labios de Carlos—Pero dime, Carlos, ¿qué se siente cuando alguien dice las mismas barbaridades que tú? ¿A que duele?

—Pero… —balbuceó por un momento.

—Eso para que te calles. —masculló José Luis desde su pupitre.

—¡Silencio! No se trata de quién ha dicho qué primero, quién tiene que callarse o quién tiene que hablar. —Carlos tomaba asiento con una mueca de desagrado— Se trata de respeto. ¿Os gustaría que yo entrara a clase y me riera de vosotros? —el silencio por fin hizo acto de presencia— Podemos discutir de cualquier cosa en esta clase, no sólo de Física y Química si es importante para vosotros. No tengo ningún problema en invertir una clase en esto. Pero no voy a tolerar que se haga de este modo.

—Pero todos habéis tolerado que se rían de mí, en el recreo, en las redes sociales, en el whatsapp. Habéis dejado que el silencio me consuma y defina, que todos mis esfuerzos corran al fondo del desagüe—hubiera dicho Julio si las pocas fuerzas que tenía no estuvieran ahora colgadas.

 

Llegaron las lágrimas, pero no el arrepentimiento. ¿Cómo arrepentirse si se carece de elección? Hubiera preferido el abrazo de Juan y su consuelo, pero ahora eran los cordones de sus zapatos los que le demostraban el amor en el cuello. Sí, amar es también dejar ir.

—¿Te acuerdas del primer día de clase, José Luis? —preguntó Marcos a uno de sus alumnos más brillantes. José Luis era el alumno perfecto: responsable, educado, aplicado y con las mejores calificaciones, no sólo en su asignatura, sino en cualquier otra. Siempre motivado y dispuesto a ayudar a sus compañeros en clase, delegado y miembro del consejo escolar.

—Sí, acordamos las normas de la clase, profe. —dijo de mala gana— Siento haber contestado de la forma en la que lo he hecho. Pero José Luis lo está pasando mal y no voy a permitir que nadie lo machaque. No se lo merece.

—Carlos no está machacando a nadie, colega. —saltó Rubén en defensa de su amigo— Julio tiene que saber de qué va la vida.

—¿Y de qué va la vida, Rubén? —preguntó Marcos con curiosidad.

—Ya sabes, profe…—dijo pensando en voz alta.

—O comes o te comen. —sentenció Carlos— Tiene que aprender a defenderse, a mí nadie me ha regalado nada y aquí estoy.

—Repitiendo. —le espetó Elena con furia en la mirada.

—Habló la niña de papá que tiene una farmacia esperándole cuando acabe de estudiar. Así cualquiera.

—¿Crees que Elena no se esfuerza para conseguir lo que quiere, Carlos? ¿Piensas que ella no tiene sus propios problemas y que si no estudia no tiene asegurado nada? —desafió Marcos a un Carlos demasiado seguro de sí mismo.

—Eso no es así, profe. —contestó indignado— Si no lo consigue siempre la puede colocar el padre de cajera en la farmacia y a vivir del cuento.

—¿Qué sabrás tú de lo que puede o no hacer mi padre? Tú sí que vives del cuento, que ya has repetido dos veces y no estudias ni trabajas, solo fumas, bebes y criticas todo aquello que eres incapaz de conseguir. ¡Flojo!

—Elena… —le advirtió Marcos.

—Lo siento. Pero estoy cansada de que siempre esté con la misma canción. ¿Qué quieres tú, Carlos? ¿Por qué estás aquí?

—Porque me obligan, y porque aquí están mis colegas. —dijo ufano y arropado por las palmaditas en la espalda de Rubén.

—¿Y eso qué tiene que ver con enseñarle a Julio lo que es la vida? —Carlos se quedó sin palabras en la boca— ¿Elena no puede enseñarte de qué va la vida, Carlos? ¿Quién puedo hacerlo? ¿Yo puedo?

—Tú sí, profe, eres más viejo que todos nosotros.  Sabes más. —murmuró Rubén tratando de hacer equilibrios entre Marcos y Carlos.

—Sí, pero tampoco sabemos si has tenido la vida fácil o no. —se resistió Carlos.

—Ya, pero… —quiso contestarle Rubén sin éxito.

—¿Y piensas que Julio la tiene tan fácil como crees que la tiene Elena y por eso necesita de tus lecciones?

—No me rayes, profe. —soltó cortante y con desprecio.

—Cuidado, Carlos, respeto. —y Carlos se acomodó en su silla cruzándose de brazos y piernas— ¿Te raya no tener argumentos con los que responderme? —Carlos permanecía en un silencio sólo comparable al de las lápidas— Aquí no estamos para juzgar quién es mejor o peor ni para enseñarle a los demás de qué va la vida. Tú mismo lo has dicho: “Nadie me ha regalado nada”. ¿Sería tu vida distinta si te hubieran ayudado?

—Yo que sé, profe. —contestó acorralado.

—Pedir ayuda no es fácil, menos a los mayores. —dijo con cierta amargura Elena.

—A mí me la habéis pedido varias veces, ¿no? —contestó Marcos tratando de aliviar la tensión del momento.

—Pero contigo es distinto, profe. —replicó José Luis— La mayoría de nuestros padres pasan de nuestras movidas, creen que son tonterías y que se nos pasarán creciendo.

—¿Eso te han dicho?

—No hace falta que lo digan. —saltó Rubén dejando el móvil entre sus piernas después de haberlo ojeado— Sólo los colegas nos entienden.

—Pues a mí no me habéis entendido. —hubiera dicho Julio— Ha sido mejor reírse de mí por lo feo que soy, porque solo tengo un aprobado en educación física, porque apenas tengo amigos, porque mis padres solo piensan en ellos, porque soy una mierda de persona.

 

El aire apenas era un hilo exhausto por el calvario de su garganta. Sus ojos, heridos por la luz, buscaban el descanso detrás de las cuencas. La paz, por fin, tocaba a su puerta, pero también la esperanza.

La campana sonaba por cada rincón del instituto. Las puertas se llenaron de hombres y mujeres a medio hacer tratando de huir de pizarras y proyectores. José Luis permanecía en su asiento comentando algo con Elena.

—¿Qué pasa, chicos? ¿Sabéis ya algo de Julio? —intervino Marcos acercándose a ellos con cierto tono sombrío.

—Nada, profe. Y eso es lo que nos preocupa. —contestó José Luis afectado— Le he mandado un mensaje a su padre, y tampoco sabe nada, creía que estaba aquí. Hace tiempo que me dio su móvil porque estaba bastante preocupado por Julio y quería saber qué tal le iba por el instituto.

—¿Hasta qué hora estáis por aquí?

—Hasta las dos, la última hora no la tenemos y ahora… una hora libre. —contestó Elena.

—Voy ahora a secretaría a ver si ellos pueden decirme qué pasa, tranquilos, chicos. En cuanto sepa algo os lo haré saber. ¿Estaréis por la biblioteca?

—Sí. —susurró José Luis.

—Entonces allí nos vemos en un rato.

—¿Y me veréis a mí o lo quede de mí? —susurraba Julio en la cabeza de cada uno de ellos, como una amenaza consumada.

 

Julio no estaba allí cuando sus pies tocaron el suelo y la ambulancia estaba de camino a casa. Llegaron tarde a la desesperación, a las grietas que lo rompieron por dentro. Tarde al desprecio a sí mismo, tarde a la soledad y al silencio atrincherado. Llegaron a tiempo para contemplar la flor de su fracaso, el de todos. A tiempo para comprender, que quizá ese era el momento justo en el que debían llegar para evitar más sufrimiento.

Marcos se asomaba por la puerta de la biblioteca como una sombra salida de un naufragio. Elena y José Luis estaban sentados con sus apuntes y con los móviles sobre la mesa.

—Chicos, ¿podemos salir al pasillo? —susurró al acercarse a la mesa. Elena y José Luis se levantaron y con la cara pálida por la certeza de sus temores, siguieron a Marcos hasta una esquina entre la biblioteca y la cafetería. —Por favor, estad tranquilos. Marcos ha tratado de quitarse la vida, ahora está en el hospital. —las caras de José Luis y Elena se llenaron de lágrimas y estupor.

—¿Qué? —dijeron al unísono.

—¿Cómo…? —trató de articular José Luis derrumbándose en el camino, pero sin dejar de mirar fijamente a Marcos, en busca de un consuelo que no iba a llegar. Marcos se acercó a ellos y los abrazó.

—Sólo podemos esperar, nadie podía imaginar que llegara tan lejos.

—¿No podíais o no quisisteis imaginarlo? ¿Era más importante enseñarme la tensión de una cuerda o alejarme para no pender de ella? ¿Era más cómodo el silencio comprensivo que la cama en la que ahora me intuban? ¿Por qué me negasteis la mano cuando ya no me quedaban palabras y sólo lágrimas?

 

Hay historias que terminan bien y otras mal. Podéis pensar que llegaron a tiempo para salvar a Julio, que todavía la asfixia no había dañado su cerebro, que fue una suerte que al precipitarse desde su silla no se partiera el cuello y que su agonía, fue una oportunidad para ser salvado. Que al llegar al hospital estaba vivo, que pudieron reanimarlo en la ambulancia y pudo despertar con la compañía de su madre y su padre, con Marcos, José Luis y Elena esperando su turno para abrazarlo, para demostrarle que era alguien importante en sus vidas, que era querido, que la vida no era como él pensaba, que había esperanza y todo podía ir a mejor.

Es una de las posibilidades, nada de lo escrito niega esa posibilidad. Pero la realidad, puede ser otra. De vosotros depende quedaros con la esperanza o con la realidad. Quedaros aquí o pasar a los últimos párrafos de esta historia.

 

 

Cuando el padre de Julio leyó el mensaje de José Luis, trató de llamar a su hijo sin recibir respuesta. Salió a prisa de su trabajo en dirección a casa, con más miedo que preocupación. Los últimos días había estado demasiado ausente de lo habitual. Preguntó por él al entrar al salón —¡Julio! —, por el pasillo —¿Julio? —, hasta darse de bruces con la puerta de su cuarto y el espesor del silencio más crudo.

Julio estaba lívido y con una impúdica mancha en sus calzoncillos todavía húmeda. La cara de horror solo era comparable a la desesperación de su padre al tratar de descolgarlo y comprobar que llevaba horas muerto. Frío y solo, como el hielo que llevaba sintiendo entre sus sienes hacía tantos meses.

La ambulancia solo pudo certificar su muerte y trasladarlo a la morgue para confirmar su muerte y el resultado conocido de la autopsia. Si el ahorcamiento hubiera sido impedido, quizá no la cantidad de pastillas que había ingerido como desayuno.

Finalmente, los padres estaban junto a él, su familia y a un lado Marcos, José Luis y Elena. También llegaron otros compañeros y profesores que fueron sordos y ciegos a su ruina y precipicio. Pero lo hicieron frente a un ataúd, frente a la imposibilidad absoluta con la que sentencia la muerte. Frente a los escombros de alguien que ya no estaba, un acto más de inutilidad, que era el eco perfecto para aquella vida agotada por unos cordones. Había lágrimas, sí, pero no más de las que pudrieron el corazón de Julio.

 

La ausencia de Julio logró más que su presencia.