Mañana

Mañana quedará herida

la nieve o el grito que nos separa,

el silencio donde guardamos el miedo

a despertarnos con una cadena

al otro extremo cargada de nadie.

 

Mañana tus labios serán el cincel

de pétalo que den forma a mi carne,

tu cuerpo promesa de arcilla

donde mis manos emergerán de nuevo.

 

Mañana otro quizás

sobre nuestros pechos orillado

y la misma certeza

de esas dos palabras

todavía sin luz.

 

Mañana,

enredados en un ahora que huye,

seré lo que mereces

y tú,

lo que siempre he esperado.

La ruta 33

El paisaje se arrastraba con melancolía por las ventanas, como si el último bostezo de la tarde fuera realmente el último y la promesa de la mañana, pareciese solo una ilusión para ahuyentar las incansables muelas de la noche. Los acantilados se izaban otra vez al atravesar el último de los túneles. Atrás, la ciudad y sus años desordenados por el recuerdo. Delante, la incertidumbre de una carretera erizada que los demás llamaban esperanza. Para él, nada de aquello tenía sentido. Era sólo un camino más. El mar susurraba espumas de libertad contra las piedras. La rutina era un ancla para su cordura, pero también la brújula que postergaba los sueños. Y ya estaba cansado de enterrarlos. El autobús se precipitó con toda su vida colgando en él. Sintió un gran alivio cuando escuchó la explosión, a pesar del dolor que sentía en el costado tras haberse lanzado del autobús antes de caer por el precipicio. Ahora volvería a empezar. Pero no podía ignorar que el pasado era plomo en su talones cuando tenías 60 años, que no había más futuro que el que había soñado en su memoria. Era tarde, incluso para acompañar al autobús. Había hipotecado el resto de su vida por no aguantar el último turno de la ruta 33. Al día siguiente se jubilaría.

Variación sobre el Guernica

Ahora que los delfines se desploman

y la tinta se seca sobre los esqueletos

acudo a la flor

o a la espada rota del soldado.

Ahora que el futuro ha dejado de menguar

y las riendas vuelven con dientes a mis puños,

ahora que atrás queda la muerte

con sus manos cuajadas de mis venas,

busco al toro que ampara

a esa madre que llora

por su hijo asesinado.

 

Sé que volverán las flechas sobre la paloma

y no habrá lámpara o quinqué

que me libre de la oscuridad de ese fuego

hambriento de muros y de carne.

Sé que no podré evitar la huida

desgajada a caballo sobre la hoz,

ni esperar que el azul agonice

para ofrecerme un abrazo

después del fin de la derrota.

 

No siempre hay cima o salida,

porque lo único que hice

fue acercarme a una pared para llorar:

no son los ladrillos ni el lienzo

la cadena que nos ancla a los grises

sino la promesa de la niñez

que creímos esperanza.

Aceptar los barrotes

es dar caza a la luz:

el amor no nos salvará

pero es nuestro mejor llanto

para limpiarnos de tierra.

 

Meditación intempestiva

A veces los demás son un refugio, un consuelo, el espejo perfecto que distorsiona nuestra imagen y consigue calmar el corazón. Pero la soledad desanuda las mentiras y nos desarma con la sencillez de una pregunta. Siempre la misma pregunta. No importan las palabras compartidas por los labios, las manos que se encuentran cuando el dolor es zozobra. Al final, pesa más lo que callamos.

El silencio es una forma de llegar al olvido

y la decepción que escarba incesante en el pecho

hasta que el arrepentimiento deja paso a la nieve.

Nadie sabe cuál es el ajedrez de nuestros gestos, ignoran el sutil desaliento que se asoma por la complicidad desgastada, el abrazo que cada día abre más grieta y consume el camino que andamos juntos. Es el arte de la imagen, el maquillaje de la herida. Cinismo.

Vivimos aislados

en una caja de calcio que confundimos con el mundo,

engañados por la satisfacción de los instantes,

siempre heridos

por ese vacío con el que nos arrastramos hacia la nada.

Pasar página

Detrás,

otro desierto donde mis fuerzas

se hicieron inútil sombra que miente,

donde el amor fue la raíz del miedo

incapaz de gemir latido,

donde se impuso la certeza terrible

de la eternidad de la derrota

y la victoria como fugaz sosiego para el orgullo.

 

Ahora que vuelvo a perder sin remedio

y que mis lágrimas ya alimentan las ruinas

de los suspiros que entierran los sueños,

giro la esperanza y los puños

hacia esa luz exánime por mi voluntad susurrada.

 

De la sombra que hoy me desdibuja

surgiré con bridas sobre el cansancio,

para alcanzar una nueva voz de bronce

que abrace una sangre manchada de futuro.

 

Volveré,

sin permitir que mis heridas

sean el corazón que atormente mis manos.

Mío

Esa luz inesperada que partió de tus labios

bañó mi pecho con una nueva infancia,

alegría y vértigo con los que tropiezo

cada vez que tus ojos me hacen más hermoso.

Me has dado un horizonte que no conocía,

recortado por el perfil de tu cuerpo,

un castillo y tus recuerdos sobre la nieve

para ayudarme a seguir tus pasos.

 

Todo parece nuevo en tu voz,

mi nombre mismo y el sutil nosotros,

aunque el mundo esté torcido por los años

y los posibles sean memoria atrapada por el ámbar.

Pero puedo desafiar las horas

sin miedo a la ausencia o el silencio

y deshojar a dentelladas la distancia,

si tus abrazos y sonrisa me esperan

al final del desierto que te dio forma.

 

No sé cuánto estarás a mi lado

ni si quiera si el futuro es ya una reliquia,

pero hoy quiero decir con la sangre en pie

que puedo llamarte mío.

 

 

Huída

La ventana

Pensó que tendría tiempo. Su corazón retumbaba en los oídos, apagando todo rumor de motores y tuberías. Ahora estaba más lejos, aunque aquel pasillo prometiera un final. Las zancadas atropelladas por el miedo, el punto de fuga de unas bombillas que temblaban o los dientes del suelo latiendo en las plantas de sus pies, eran lo único que pesaba. Poco a poco, el cansancio y el musgo anegaron sus ojos y un contrabajo espesó las figuras de su mente. Un niño y su sonrisa de playa se desvanecían en la nostalgia, dejando huérfano aquel cielo sin tropiezo de nubes. Los minuteros empezaron a resbalar como el alcohol por la garganta y la sangre arrinconó los recuerdos para dejar tan sólo asfixia. No quería seguir ahí. Escapó. Las cajas de madera abandonadas, Frágil, se apilaban en torres que le impidieron seguir corriendo. Paso a paso, estrechaban el camino en una suerte de laberinto donde crecían la oscuridad y los susurros. Trató de entender los nudos de aquellos murmullos cuando las cucarachas despuntaron sus antenas acudiendo a la llamada de la claustrofobia. Algunas parecían observarlo con sus alas todavía enfundadas, inquietas. Un bisbiseo líquido se impuso sobre la maraña de voces. No era el agua, era una legión invertebrada de patas recorriéndolo todo. Vientres y cáscaras. La vida se reducía a las heridas y la supervivencia. El fracaso era una traición a la voluntad, pero ya no tenía hombros para soportar la fatiga de las ruinas. De repente, un estruendo dejó todo mudo, todo quieto y sobrecogido. Giró su cabeza entre la maraña de tibias y no alcanzó a ver nada. La tapa de una de las cajas cayó como un árbol al suelo. Una voz salió del hueco helándole la sangre. El terror aceleró sus pasos mientras carcajadas profundas y macabras ahogaban la retirada de los insectos. El pasillo se agotaba. Sabes qué hacemos aquí, pudo oír al tiempo que se asomaba al final del camino, enmarcado por una ventana ciega de sombra. No había salida. Comprendió entonces que la esperanza nos mueve, pero no nos desemboca. Una mano emergió desesperada desde el interior de la ventana, apretada contra el cristal. Era la suya. Su cuerpo se tronchó de espanto. Desde el otro lado, apartaba la mano del televisor ahora torturado por la nieve. Volvía al sofá y apuró el cigarro con una profunda calada. Suspirando, salió de allí para internarse de nuevo en la oscuridad.

La habitación

El reloj marcaba las tres y media. Con la inutilidad de los gusanos, arrastraba el bolígrafo pintando los sonidos de su mente. Aquella era la única manera de superar la soledad, la mudez. Estaba lleno de palabras, pero no encontraba las adecuadas para entender por qué no había dejado de correr. El único sonido que le distraía estaba al fondo de la habitación, el que hacía mientras comía. Eran las tres y media. Odiaba tener que trinchar la carne, limpiar el pescado. Imaginó el hastío de los forenses y la suerte de sus dientes libres de la piel que cortaban las manos. Envidiaba verse en la cama, pero en ella sus ojos sólo se entretenían con las formas volubles de colores cambiantes que le ofrecían los párpados. El sueño no llegaba, sólo el olor de la comida, la suave brisa del papel amontonándose. Y la duda, siempre vigilante en cada suspiro o alzamiento de puño, en cada derrota o podio de laurel. Algo lo arrastró sábanas adentro. Seguían siendo las tres y media, y cerca de allí, el televisor volvía a funcionar otra vez.

La caja

Todavía le dolía el cuerpo tras la caída, pero la urgencia empujaba sus piernas de ciervo herido. Una lámpara en el extremo opuesto del techo arrojaba sombras sobre lo que parecía un almacén. Las paredes infestadas de líquenes lloraban cataratas de óxido derramado por el suelo. El goteo del agua acompañaba el paso ordenado de las hormigas. Se acercó hasta una puerta de acero, No pasar, y los tabiques crepitaron como advertencia. Golpeó con fuerza el metal que le impedía seguir su camino. La lámpara enmudeció de luz y el silencio fue entonces lo único que pudo guardar aquel sitio. De repente, la puerta cayó hacia adelante, como si hubiera girado a través de unas bisagras en el suelo. No podía creer que, después de todo, fuera tan fácil. Empezó a reír desaforadamente liberando la tensión y la histeria. Una ola de cucarachas buscó cobijo detrás de sus piernas, al tiempo que los pasos de alguien se alejaban con premura. Salió tras él. Un pasillo colmado de cajas se extendía a ambos lados. Sabes qué hacemos aquí, preguntó a la figura que huía. Creyó entender y decidió seguir por el camino opuesto. El túnel moría a los pies de una puerta sellada. El tiempo se agotaba, pero sonrió. Ahora sabía que no estaba allí solo. Hundió sus dientes en la carne del pulgar y su boca se llenó de cálido hierro. Apresuradamente extendió la sangre sobre la pared dibujando una flecha. Tras la puerta, un ejército de zapatos amenazaba con cercanía. Salió huyendo. En la habitación, ya no se escuchaban los cubiertos arañar el plato, pero la televisión seguía emitiendo.

La puerta

Bajaba las escaleras de dos en dos. Sus pulmones exigían aire, pero no lo tendrían si no conseguía dejar todo aquello atrás. Era incapaz de distinguir si aquel eco eran sus propias pisadas o si ya estaban detrás de él. El vértigo se apoderó de su estómago cuando una de sus piernas flaqueó y la última zancada pareció la última. Los escalones se desordenaron en sus pies, pero consiguió anclarse de nuevo a ellos y seguir descendiendo. Una puerta, Salida,  marcaba el final. La empujó. Un pasillo amarillento y sombrío se extendía ante él. A su izquierda, una flecha roja parecía marcar el camino. Pensó que tendría tiempo. En el televisor sólo había nieve, pero ya había alguien mirándolo desde el sofá.

Adenda: Homo ex machina

Abrió los ojos perezosamente. Seguía tumbado en la cama. La luz del amanecer enfriaba de azul la habitación. A través de la ventana se desperezaban algunas luces en los edificios colindantes. La puerta estaba cerrada, pero el ajetreo matutino ya murmuraba tras de ella. Una mascarilla transparente se le ceñía a la cara. Miró el contorno de sus pies tapados por las sábanas, sus brazos descansando encima ellas, aguijoneados por las vías. Sí, también una sonda. A su lado, una máquina incomprensible de números y formas, las cortinas replegadas y una cama vacía. No lo habían conseguido. Las lágrimas empezaron a resbalar por un camino que ya conocían demasiado bien. Gritó lleno de amargura. Alguien lo había traicionado. Lo último que recordaba eran sus labios apretados contra una pajita en busca de la libertad que podía darle el cianuro. Ahora estaba en el hospital, igual de tetrapléjico, pero sin posibilidad de huir de lo que algunos llamaban vida.