La nostalgia de las calles

 

Las lágrimas son la certeza de lo imposible,

y en esa herida

se forja la verdad o la memoria,

el norte de nuestro miedo

o la humillación de esa caricatura

que los demás creen que somos.

Y fingimos hasta confundir

el eco con la palabra,

la sombra con la sangre.

Entonces, hemos perdido.

Porque si nuestra voluntad

hinca las rodillas frente a otros ojos,

¿qué nos diferencia de las cosas muertas?

Las estanterías están colmadas

de muñecos rotos y olvidados,

de melancolía.

Las calles,

echan de menos a los hombres.

Isgadreth (I)

Kokoro

Bajo la curvatura inmensa de un ala de cuervo, el hombre diluía sus ojos en la belleza concéntrica de la sangre aniquilada. La voluntad se arrastraba como un arrecife herido, hasta besar la oscuridad de los alacranes en el horizonte. El ruido rojo se desplomaba sobre el plano de hormigón y los recuerdos se mutilaban buscando la supervivencia. Detrás de él, la anomia, el abismo amorfo, el pulso sin sentido.

Lítost

Cuando miro al suelo, las tardes en las que las palabras son imposibles, sólo veo la sombra de los erizos y sus raíces en los labios de todos aquellos que fingen la abolición de las grietas. Confundimos cercanía con anillos, pero sólo hay soledad a penas compartida. Por eso la decepción.

Esbozo

Otro día desordenado en el que las horas y el sol no significaban más que los platos apilados o la cama descosida por el insomnio. El ruido de la calle se colaba por las persianas, derrumbadas sobre los alféizares, donde motores y voces inútiles le recordaban el cansancio. Las paredes eran su paisaje, una rutina agrietada por las necesidades fisiológicas, el alcohol y el tabaco, un reflejo de su interior consumido por los insectos del miedo.

Paso al salón de la casa de los abuelos, inundado por la luz blanca del mediodía. Alrededor de la mesa redonda, pegada contra la pared y con su centro florido, están sentados tito Juan con los ojos completamente encharcados de sangre, la tita Dolores con su sonrisa siempre amable, distraída, y el tito Mauricio con la juventud que ya no tienen los muertos. Tito Juan pide un cuchillo para sacarse uno de sus riñones, es la única forma de poder curarse. Tito Mauricio me dice algo, pero no lo entiendo. Tita Dolores sigue sonriendo ajena a la estupidez de su marido. Yo le digo que morirá si hace esa barbaridad. Pero él cree que de algo hay que morir. ¿O a caso yo no moriré si me lanzo desde una ventana?

 

Egoísmo cotidiano

La pena es un espectáculo que consumimos cuando grita en los demás.

 

El sol susurraba en sus ojos después de tanta sombra y candado. Ahora su historia quedaba limpia para los demás, a pesar de que seguía siendo la misma cicatriz emborronada por el llanto. Era un castigo de silencio, la humillación del olvido. ¿Cuántas veces lo había hecho él?

 

Mañana

Mañana quedará herida

la nieve o el grito que nos separa,

el silencio donde guardamos el miedo

a despertarnos con una cadena

al otro extremo cargada de nadie.

 

Mañana tus labios serán el cincel

de pétalo que den forma a mi carne,

tu cuerpo promesa de arcilla

donde mis manos emergerán de nuevo.

 

Mañana otro quizás

sobre nuestros pechos orillado

y la misma certeza

de esas dos palabras

todavía sin luz.

 

Mañana,

enredados en un ahora que huye,

seré lo que mereces

y tú,

lo que siempre he esperado.

La ruta 33

El paisaje se arrastraba con melancolía por las ventanas, como si el último bostezo de la tarde fuera realmente el último y la promesa de la mañana, pareciese solo una ilusión para ahuyentar las incansables muelas de la noche. Los acantilados se izaban otra vez al atravesar el último de los túneles. Atrás, la ciudad y sus años desordenados por el recuerdo. Delante, la incertidumbre de una carretera erizada que los demás llamaban esperanza. Para él, nada de aquello tenía sentido. Era sólo un camino más. El mar susurraba espumas de libertad contra las piedras. La rutina era un ancla para su cordura, pero también la brújula que postergaba los sueños. Y ya estaba cansado de enterrarlos. El autobús se precipitó con toda su vida colgando en él. Sintió un gran alivio cuando escuchó la explosión, a pesar del dolor que sentía en el costado tras haberse lanzado del autobús antes de caer por el precipicio. Ahora volvería a empezar. Pero no podía ignorar que el pasado era plomo en su talones cuando tenías 60 años, que no había más futuro que el que había soñado en su memoria. Era tarde, incluso para acompañar al autobús. Había hipotecado el resto de su vida por no aguantar el último turno de la ruta 33. Al día siguiente se jubilaría.