Isgadreth (I)

Kokoro

Bajo la curvatura inmensa de un ala de cuervo, el hombre diluía sus ojos en la belleza concéntrica de la sangre aniquilada. La voluntad se arrastraba como un arrecife herido, hasta besar la oscuridad de los alacranes en el horizonte. El ruido rojo se desplomaba sobre el plano de hormigón y los recuerdos se mutilaban buscando la supervivencia. Detrás de él, la anomia, el abismo amorfo, el pulso sin sentido.

Lítost

Cuando miro al suelo, las tardes en las que las palabras son imposibles, sólo veo la sombra de los erizos y sus raíces en los labios de todos aquellos que fingen la abolición de las grietas. Confundimos cercanía con anillos, pero sólo hay soledad a penas compartida. Por eso la decepción.

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La ruta 33

El paisaje se arrastraba con melancolía por las ventanas, como si el último bostezo de la tarde fuera realmente el último y la promesa de la mañana, pareciese solo una ilusión para ahuyentar las incansables muelas de la noche. Los acantilados se izaban otra vez al atravesar el último de los túneles. Atrás, la ciudad y sus años desordenados por el recuerdo. Delante, la incertidumbre de una carretera erizada que los demás llamaban esperanza. Para él, nada de aquello tenía sentido. Era sólo un camino más. El mar susurraba espumas de libertad contra las piedras. La rutina era un ancla para su cordura, pero también la brújula que postergaba los sueños. Y ya estaba cansado de enterrarlos. El autobús se precipitó con toda su vida colgando en él. Sintió un gran alivio cuando escuchó la explosión, a pesar del dolor que sentía en el costado tras haberse lanzado del autobús antes de caer por el precipicio. Ahora volvería a empezar. Pero no podía ignorar que el pasado era plomo en su talones cuando tenías 60 años, que no había más futuro que el que había soñado en su memoria. Era tarde, incluso para acompañar al autobús. Había hipotecado el resto de su vida por no aguantar el último turno de la ruta 33. Al día siguiente se jubilaría.

Meditación intempestiva

A veces los demás son un refugio, un consuelo, el espejo perfecto que distorsiona nuestra imagen y consigue calmar el corazón. Pero la soledad desanuda las mentiras y nos desarma con la sencillez de una pregunta. Siempre la misma pregunta. No importan las palabras compartidas por los labios, las manos que se encuentran cuando el dolor es zozobra. Al final, pesa más lo que callamos.

El silencio es una forma de llegar al olvido

y la decepción que escarba incesante en el pecho

hasta que el arrepentimiento deja paso a la nieve.

Nadie sabe cuál es el ajedrez de nuestros gestos, ignoran el sutil desaliento que se asoma por la complicidad desgastada, el abrazo que cada día abre más grieta y consume el camino que andamos juntos. Es el arte de la imagen, el maquillaje de la herida. Cinismo.

Vivimos aislados

en una caja de calcio que confundimos con el mundo,

engañados por la satisfacción de los instantes,

siempre heridos

por ese vacío con el que nos arrastramos hacia la nada.

Huída

La ventana

Pensó que tendría tiempo. Su corazón retumbaba en los oídos, apagando todo rumor de motores y tuberías. Ahora estaba más lejos, aunque aquel pasillo prometiera un final. Las zancadas atropelladas por el miedo, el punto de fuga de unas bombillas que temblaban o los dientes del suelo latiendo en las plantas de sus pies, eran lo único que pesaba. Poco a poco, el cansancio y el musgo anegaron sus ojos y un contrabajo espesó las figuras de su mente. Un niño y su sonrisa de playa se desvanecían en la nostalgia, dejando huérfano aquel cielo sin tropiezo de nubes. Los minuteros empezaron a resbalar como el alcohol por la garganta y la sangre arrinconó los recuerdos para dejar tan sólo asfixia. No quería seguir ahí. Escapó. Las cajas de madera abandonadas, Frágil, se apilaban en torres que le impidieron seguir corriendo. Paso a paso, estrechaban el camino en una suerte de laberinto donde crecían la oscuridad y los susurros. Trató de entender los nudos de aquellos murmullos cuando las cucarachas despuntaron sus antenas acudiendo a la llamada de la claustrofobia. Algunas parecían observarlo con sus alas todavía enfundadas, inquietas. Un bisbiseo líquido se impuso sobre la maraña de voces. No era el agua, era una legión invertebrada de patas recorriéndolo todo. Vientres y cáscaras. La vida se reducía a las heridas y la supervivencia. El fracaso era una traición a la voluntad, pero ya no tenía hombros para soportar la fatiga de las ruinas. De repente, un estruendo dejó todo mudo, todo quieto y sobrecogido. Giró su cabeza entre la maraña de tibias y no alcanzó a ver nada. La tapa de una de las cajas cayó como un árbol al suelo. Una voz salió del hueco helándole la sangre. El terror aceleró sus pasos mientras carcajadas profundas y macabras ahogaban la retirada de los insectos. El pasillo se agotaba. Sabes qué hacemos aquí, pudo oír al tiempo que se asomaba al final del camino, enmarcado por una ventana ciega de sombra. No había salida. Comprendió entonces que la esperanza nos mueve, pero no nos desemboca. Una mano emergió desesperada desde el interior de la ventana, apretada contra el cristal. Era la suya. Su cuerpo se tronchó de espanto. Desde el otro lado, apartaba la mano del televisor ahora torturado por la nieve. Volvía al sofá y apuró el cigarro con una profunda calada. Suspirando, salió de allí para internarse de nuevo en la oscuridad.

La habitación

El reloj marcaba las tres y media. Con la inutilidad de los gusanos, arrastraba el bolígrafo pintando los sonidos de su mente. Aquella era la única manera de superar la soledad, la mudez. Estaba lleno de palabras, pero no encontraba las adecuadas para entender por qué no había dejado de correr. El único sonido que le distraía estaba al fondo de la habitación, el que hacía mientras comía. Eran las tres y media. Odiaba tener que trinchar la carne, limpiar el pescado. Imaginó el hastío de los forenses y la suerte de sus dientes libres de la piel que cortaban las manos. Envidiaba verse en la cama, pero en ella sus ojos sólo se entretenían con las formas volubles de colores cambiantes que le ofrecían los párpados. El sueño no llegaba, sólo el olor de la comida, la suave brisa del papel amontonándose. Y la duda, siempre vigilante en cada suspiro o alzamiento de puño, en cada derrota o podio de laurel. Algo lo arrastró sábanas adentro. Seguían siendo las tres y media, y cerca de allí, el televisor volvía a funcionar otra vez.

La caja

Todavía le dolía el cuerpo tras la caída, pero la urgencia empujaba sus piernas de ciervo herido. Una lámpara en el extremo opuesto del techo arrojaba sombras sobre lo que parecía un almacén. Las paredes infestadas de líquenes lloraban cataratas de óxido derramado por el suelo. El goteo del agua acompañaba el paso ordenado de las hormigas. Se acercó hasta una puerta de acero, No pasar, y los tabiques crepitaron como advertencia. Golpeó con fuerza el metal que le impedía seguir su camino. La lámpara enmudeció de luz y el silencio fue entonces lo único que pudo guardar aquel sitio. De repente, la puerta cayó hacia adelante, como si hubiera girado a través de unas bisagras en el suelo. No podía creer que, después de todo, fuera tan fácil. Empezó a reír desaforadamente liberando la tensión y la histeria. Una ola de cucarachas buscó cobijo detrás de sus piernas, al tiempo que los pasos de alguien se alejaban con premura. Salió tras él. Un pasillo colmado de cajas se extendía a ambos lados. Sabes qué hacemos aquí, preguntó a la figura que huía. Creyó entender y decidió seguir por el camino opuesto. El túnel moría a los pies de una puerta sellada. El tiempo se agotaba, pero sonrió. Ahora sabía que no estaba allí solo. Hundió sus dientes en la carne del pulgar y su boca se llenó de cálido hierro. Apresuradamente extendió la sangre sobre la pared dibujando una flecha. Tras la puerta, un ejército de zapatos amenazaba con cercanía. Salió huyendo. En la habitación, ya no se escuchaban los cubiertos arañar el plato, pero la televisión seguía emitiendo.

La puerta

Bajaba las escaleras de dos en dos. Sus pulmones exigían aire, pero no lo tendrían si no conseguía dejar todo aquello atrás. Era incapaz de distinguir si aquel eco eran sus propias pisadas o si ya estaban detrás de él. El vértigo se apoderó de su estómago cuando una de sus piernas flaqueó y la última zancada pareció la última. Los escalones se desordenaron en sus pies, pero consiguió anclarse de nuevo a ellos y seguir descendiendo. Una puerta, Salida,  marcaba el final. La empujó. Un pasillo amarillento y sombrío se extendía ante él. A su izquierda, una flecha roja parecía marcar el camino. Pensó que tendría tiempo. En el televisor sólo había nieve, pero ya había alguien mirándolo desde el sofá.

Adenda: Homo ex machina

Abrió los ojos perezosamente. Seguía tumbado en la cama. La luz del amanecer enfriaba de azul la habitación. A través de la ventana se desperezaban algunas luces en los edificios colindantes. La puerta estaba cerrada, pero el ajetreo matutino ya murmuraba tras de ella. Una mascarilla transparente se le ceñía a la cara. Miró el contorno de sus pies tapados por las sábanas, sus brazos descansando encima ellas, aguijoneados por las vías. Sí, también una sonda. A su lado, una máquina incomprensible de números y formas, las cortinas replegadas y una cama vacía. No lo habían conseguido. Las lágrimas empezaron a resbalar por un camino que ya conocían demasiado bien. Gritó lleno de amargura. Alguien lo había traicionado. Lo último que recordaba eran sus labios apretados contra una pajita en busca de la libertad que podía darle el cianuro. Ahora estaba en el hospital, igual de tetrapléjico, pero sin posibilidad de huir de lo que algunos llamaban vida.

Paredes

El despertar

El Sol acariciaba su cara con un lenguaje de bronce o promesas que ahora creía entender. Apoyado en la baranda del balcón, con los ojos cerrados y una leve sonrisa surcando el rostro, paladeaba aquella sensación de saciedad tan rara en los seres humanos. No pensaba en la despedida, un adiós que era incapaz de reflejar el día compartido o la noche quemada por los cuerpos. No recordaba las obligaciones del quehacer diario ni su torcido reflejo en los demás. A penas era consciente de sí mismo o el mundo. Había olvidado todo rastro de lágrima: sólo quedaba la plenitud y una brisa coronada de salitre. Embriagado por el vértigo de aquel equilibrio perfecto, dejó caer su cuerpo sobre la cama deshecha de amor y somnolienta. Suspiró profundamente al sentir todavía el aroma de su compañero tendido en el lecho y se acurrucó entre las sábanas buscando un abrigo para el corazón. Poco a poco, el recuerdo y el sueño se fueron enhebrando hasta perder el sentido.

Al despertar, la oscuridad llenó sus ojos. Estiró los brazos, pero no alcanzaron ningún cuerpo o alivio al otro lado de la cama. Sus labios recordaron entonces el último beso y la tristeza recompuso la imagen de un autobús alejándose. El sueño terminó por destrenzarse cuando la luz de su mesita de noche iluminó la habitación y la confusión exigió explicaciones. Buscó el reloj con los ojos aún pequeños, el móvil. Sus manos tampoco pudieron encontrarlos debajo de los papeles o tras las fotografías. Se levantó arrastrando todo el plomo de quien ha dormido demasiado y echó las cortinas a un lado para dejar paso a la luz y al aire, como si estos fueran a traerle en la boca aquello que buscaba. El terror le abrió los párpados cuando descubrió sólo pared en lugar de ventana. Posó la mano incrédula y temblorosa sobre el muro, blanco y frío, áspero. Salió corriendo hacia el salón. Pared. Hacia el baño y la cocina. Paredes, sólo paredes. Y pánico. Al llegar al recibidor las lágrimas lo nublaron todo. En lugar de puerta, encontró pintado en la pared una sola palabra. No sabía cómo ni por qué, pero había regresado.

Emparedado

Pegó el oído a una de las paredes en busca de alguna señal, de un exterior que intuía desvanecido. Sólo el silencio llegó hasta él. No, era un zumbido continuo y monótono. Como el mar. Como las olas confundidas con el cielo sobre las que la luna rielaba. En aquel entonces el mundo era un espejo perfecto de nuestro corazón. Rosa y yo sentados en la orilla. Qué deseo has pedido, le pregunté con una sonrisa en los labios, como si conociera la respuesta. No se supone que si te lo digo no se cumplirá, A veces es necesario compartir nuestros deseos para hacerlos realidad. La espuma acompañó su mirada hasta la arena. Me gustaría que no se terminara esta noche, que aquellos a los que llamo míos no se separen de mí nunca. Nuestros amigos reían al lado de la hoguera. Creía que aquel momento era el inicio, esperaba una cresta todavía más alta, una plenitud que colmase todo el vacío que había ordeñado mis ojos. Pero aquello era la cima donde la cruz hunde sus pies y hacen coro los crisantemos. Las lágrimas brotaron por sus ojos tendido sobre el agua de la bañera. Las grietas sobre el techo de escayola se hicieron insoportables para su desnudez. Añoró el cielo, su infancia de mañana azul, limpia de relojes. Desde la última vez que el mar me perdonara y el alivio me susurrase delfines en el pecho, desde aquellas primeras veces hoy agotadas, no he conseguido acabar con esta sombra, solo soportar esta sangre vencida por los años. Años sin brújula, de abrazos y puñales, cuando todos éramos uno. Un nosotros que fue deshilachándose de dos en dos y del que apenas queda el recuerdo.

Venga, despierta, escuchó al tiempo que una mano acariciaba su cara. Al abrir los ojos, volvía a tropezarse con la sonrisa y esa alegría que brotaba de sus labios para exigirle un beso. Sintió un profundo alivio cuando el olor de las tostadas y el café llegaron junto con la luz del alba. Vamos a llegar tarde. Sonrió. No me mires así, dormirse mientras te bañas tiene mérito. Rieron a la par. Más que un sueño he tenido una pesadilla, dijo mientras se incorporaba. Alberto le esperaba con la toalla en las manos preparado para arroparlo. Cuéntamelo todo, dijo mientras sus ojos se hundían pícaramente en los suyos y el cariño borraba todo rastro de temor. Sus labios eran un abrigo donde descansar su voz, una muesca en la carne del mundo, una raíz para el alivio. Pero los seres humanos sólo son sólo otra espalda, otro violín, otra tumba. Juanma, Francisco, Jose, Pablo, Rafael, Gustavo, Juan Pablo, Carlos, Salvador, Pedro, Antonio, Adrián, Manuel, Carlos, David, Javi, Jairo, Juan, Jorge, Alberto. ¿Y el amor? Sólo recuerdo nombres y lágrimas.

Tendido en el sofá, con una manta como única compañía, vencido por la vaciedad de cajones, alacenas y estanterías, volvió a sentir el fracaso escarbando en sus dedos. Uñas rotas, ampollas y magulladuras que conocían ahora la fuerza de la piedra sobre la carne. Observó los arañazos y la sangre sobre las paredes, los mordiscos inútiles en el ladrillo. Hay muertos que luchan contra la madera y la tierra, él contra la roca y la nada. Supo que el fin era el mismo, que poco a poco el aire se cansaba de ser respirado, que su cuerpo era un nido de arena y hambre que acabaría doblegado por la necesidad. Cuando muera quiero que suene esta canción, proclamaba Lola con un litro cerveza en la mano mientras sonaba Show must go on de Queen. No quiero que nadie esté triste, debe ser una fiesta. Los demás aullaron en símbolo de aprobación, algunos brindaron. Yo quiero que suene el Kyrie Eleison de Ligeti, dije con toda la solemnidad que el alcohol me permitía tener. Es el tránsito a la nada hecho música. Lola calló, pero las voces se hicieron un coro terrible que dieron volumen al miedo. El resto quedó en silencio bajo unas trompetas que herían y humillaban los recuerdos. Todo se desdibujó en la sombra hasta llenar sus sienes de vértigo. Las bombillas habían bostezado sus últimos rayos de luz. La ceguera era la última consecuencia de la soledad. Gritó, pero no hubo eco.

La salida

La oscuridad empezaba a estrecharse y le obligaba a estar en cuclillas. Un niño corre por las escaleras de un piano hasta que tropieza con su propia risa, que sale volando como una mariposa y acaba ahogada en el tintero de un joven que suspira por los marcos de las ventanas. Ahora lo entendía, pero la angustia y la claustrofobia le decían que era demasiado tarde. Pero suspira más por el torso reluciente del hombre que ha perdido el miedo al látigo,  porque sabe que los ataúdes son úteros de madera de los que todos acabaremos saliendo. Estiró una mano como último esfuerzo para alcanzar la salida.

María llegaba contenta a la casa y preguntaba por Arturo más animada de lo habitual. Silencio. Dejó las llaves en el taquillón y colgó el abrigo sobre el perchero de la entrada. Arturo, volvió a preguntar mientras tocaba la puerta de la habitación. Tengo buenas noticias, decía mientras la melodía de una llamada insistente sonaba al otro lado. Agarró el pomo y se aventuró a abrir la puerta. Arturo. La luz de la tarde bañaba por completo el cuarto, donde sólo encontró una cama vacía y desmadejada de sábanas. Encima de ella, una foto de Arturo con Alberto. Sonrió. Vaya desastre de hombre, mira que dejarse aquí el móvil, comentaba para sí al tiempo que se dirigía al salón para descansar un rato. El horror le rompió las pupilas y cayó de rodillas al suelo. No podía creer lo que estaba viendo. De la pared, emergían los dedos de una mano aún temblorosos. El teléfono seguía sonando. Era Alberto. En un par de días dejaría de llamarlo. En unos meses, habría olvidado los momentos de felicidad que vivió entre aquellas cuatro paredes.

Los campos de Isgadreth

Las nubes ciegan con la tristeza de las cenizas el cielo y estos ladrillos a penas soportan tantos años de huesos desnudos y esperanzas que no llegan. Las hierbas asoman por los rincones y entre las ventanas. Saben dónde están los muertos. Ninguna cama protesta. Han aprendido que el orgullo es un lujo patrimonio de las ruinas y aquí sólo ha llegado el abandono. Y los insectos. Todos duermen, vencidos por sus decisiones y arrepentimientos, olvidados, incapaces de soportar la cordura. Este es el último amanecer y los recuerdos son ahora una hemorragia que hace más difícil la despedida. Pero yo he abierto los ojos a estos escombros de hormigón y carne. La sombra lo sabe. Nunca volveré a dormir como ellos.  La lluvia aparece y la luz se extingue como la voz de un ahorcado. Ya nadie tiene rostro. No pensé que llegaría tan pronto este momento. Creí que lo deseaba, pero ahora tengo miedo.

Sión (Homenaje a Cesárea Tinajero)

Un soplo de viento que aprovechamos para ir a otro lugar. Decidimos que es hacia delante. Es la ilusión de realizar un camino. Pero no hay brújulas en la vida. La calma hace que el corazón respire tranquilo, aunque la ausencia de puerto es igual de patente que en las tormentas. Asumimos que hemos encontrado el rumbo. Pero nunca hubo más costa que la muerte.