Llanto tardío. Elegía malagueña en tres escenas

1937

 

PRESAGIO

 

Málaga, 5 de Febrero

 

La aurora presiente un parto

terrible de sangre y ausencia.

 

Ya vienen las hienas

—círculo de hierro—

con la patria y el orden en los colmillos

a tronchar las espigas sin yugo

de las cosas con olor a manzana.

Vienen con el hambre y la miseria de siempre,

con su rastro de ojos aullando terror,

con toda su promesa de hacha y escombro.

 

¡Corred!

Las águilas ya muerden el cielo.

¡Corred! ¡Corred!

El mar es un asesino sin párpados.

¡Corred! ¡Corred! ¡Corred!


(El día es una sombra que oprime

y la esperanza, una carretera de huída)

 

 

ÉXODO

 

Málaga, 7 de Febrero

 

El eco de la barbarie

acelera los pasos y el miedo

de una caravana

tan frágil como inocente.

Busca un horizonte duradero

libre de balas o de sables,

limpio de cruces y de ruina.

 

Pero los aviones no distinguen

carne de persona o de mula,

sólo saben de muerte a borbotones

—catarata de plomo y entraña—

cuando acribillan a ras de suelo.


Y sin embargo siguen llorando,

bajo los cuerpos destrozados de sus padres

—amor y esperanza—

los niños cubiertos de la herida

y la madre ciega de dolor

con el pecho huérfano de aliento.


(Detrás, los tanques impiden el regreso

aplastando carne, huesos y almas)


 

Torre del Mar, 8 de Febrero

 

Los ojos desbordados de muerte

y el horror abierto en las gargantas,

pero ni el llanto más profundo

ni el grito más lastimero

pueden detener esta certeza

de casquería y espuma.

 

Los barcos desmiembran a la gente

destrozándolas contra las piedras,

sin importarles las manos llenas de huída

o la frente oscura de los muertos

que saludan con una carcajada.

 

Tan sólo queda la locura

de la pólvora y la sangre,

el mar desnudo

y sus dientes de hierro

sobre la tierra.

 

(La costa es ya un calvario

sembrado de muerte y de metralla)

 

Almería, 12 de Febrero

 

Rotos de hambre,

sin alma ni lágrimas

—sólo ampollas y vacío—

cincelan el último surco

de esta herida sin borde.

 

Todo ha terminado:

no más terror de acero,

no más carne desgajada ni tortura,

no más paredones ni muerte a horcajadas,

ahora sólo miel, paz y zapatos.


Treinta segundos

y los halcones otra vez escupiendo tumbas.

Sólo treinta segundos

para unas calles colmadas de huída y cristal.

Treinta míseros segundos:

sangre, muerte y olvido.

 

(La esperanza mira al norte,

la guerra impone el silencio)

 

 

MEMORIA

 

Siempre amor,

nunca olvido.

 

Nadie puede callar

el horror de tanta sangre inútil

ni el destrozo cubista

—ya sin nombre ni cordura—

que niega a las cosas

un futuro o cicatriz.


Y aunque no quede huella en el paisaje

que recuerde vuestro éxodo

—sólo costuras en los labios

y alquitrán sobre la muerte—

se estremece entre las sombras

este verbo cargado de mañana y de reencuentro.

 

Yo alzo este llanto

por todos los muertos sin sepultura ni palabra

enterrados en el olvido,

abiertos a pájaros y perros,

con la sangre disuelta en un mar atroz

y su corazón en el gemido de las grietas.

Izo este llanto roto,

este violín alicortado

que no os regresará de la sombra

ni os salvará de esta eternidad sin abrazos o caricias

a la que no llegan mis lágrimas;                                                                          

pero que defenderá siempre

—venas y raíces contra el silencio—

la memoria y dignidad

de vuestros pasos y puños de oro.


Sólo puedo levantar este llanto,

tardío, pero con esperanza.


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Amparando el fascimo

Si no ha sido suficiente el vergonzoso silencio de 30 años de democracia en los que se ha dado la espalda legislativa y judicialmente a los crímenes cometidos en los años de la guerra civil y el franquismo, es decir, a más de 113000 personas asesinadas, desaparecidas, torturadas y a sus respectivos familiares, ahora se trata de aleccionar a aquellos que se atrevan a hacer algo al respecto. El juez Baltasar Garzón es prueba de ello.

Al margen de quién sea Garzón y de su trayectoria mediático-judicial, el mensaje que se está mandando a la sociedad española y al resto del mundo con este caso es meridiano: ni la guerra civil ni el franquismo se tocan. Las mismas instituciones que han permanecido inmóviles y que han hecho gala de su desidia frente al tema, por fin deciden tomar partido para dar amparo al fascismo y coronarlo de impunidad. Este es el pago para aquellos que decidieron en la transición pasar página y continuar adelante con la esperanza de hacer justicia algún día: oprobio y olvido. Esta es la España del imperio de la ley, la España malvestida de democracia e igual de injusta y opresora.

Hago patente aquí mi repulsa, indignación y náuseas hacia la mediocridad política y judicial de la que goza España, hacia el miedo endémico de los españoles a ponerle nombre a las cosas. Porque a pesar de todo, ha de llegar el día en el que se diga quién asesinó y quién fue asesinado, quién verdugo y quién víctima, quién debe ser olvidado y quién recordado.

Y no puedo dejar de pensar en León Felipe…

Objetividad versus Igualdad

En los últimos años existe una fuerte tendencia en los análisis históricos y políticos a la equiparación de bandos enfrentados en pos de la objetividad. Se intenta demostrar de forma muy pobre las razones que respaldan a cada facción, concluyendo la imposibilidad de decantarse por alguna de ellas más que por afinidad emocional o ideológica.

Una postura políticamente correcta.

Claro está que no en todos los enfrentamientos se utiliza este sofisma,  sólo en aquellos donde todavía los dos bandos sobreviven y el vencedor aún tiene poder para seguir haciendo daño y enconar una situación en equilibrio inestable y permanente.

Una postura éticamente deplorable.

Casos sangrantes de esta moda los encontramos en la actual masacre que realiza Israel sobre el pueblo palestino o en la sórdida revisión de la última Guerra Civil española, por nombrar sólo aquellos de reciente actualidad.

Por más que algunos se empeñen, querer igualar bandos en un enfrentamiento no es un intento de buscar la objetividad, sino una perversa forma de mantenerse al margen en un conflicto del que no se quiere salir perjudicado, en el que existen motivos por los que no revelar la verdad. Es preferible una venda o adormidera llena de grandes palabras que autosatisfagan y repetidas mil veces tomen apariencia de verdad, que clamar por una justicia real aunque incómoda para algunos.

Y aunque hubiese quienes buscaran la objetividad limpios de intereses, no podrían ignorar que no es posible mantenernos al margen, porque mantenerse al margen es siempre tomar partido por alguien.

Sin embargo, no debe imponerse la uniformidad en las opiniones, caer en la descalificación de otras ideas a través de la proclamación de una verdad que debe iluminar a todos. Siempre hay buenas razones que justifican los actos y las ideas de los hombres, las compartamos o no. La diferencia entre unas y otras es que hay unas que avergüenzan y degradan a la persona que las defiende y otras que no lo hacen. Las primeras necesitan de mentiras, fantasmas y mascarones, las segundas sólo de labios para darles forma.

La objetividad histórica o política no es posible, porque no son ciencia. Basta ya de quimeras. Sólo se debería tener, al menos, la decencia, la convicción y la valentía de defender nuestras subjetividades sin más arma que la palabra limpia.

Pero es tan tentador poder reescribir la historia…

No callarán a la Iglesia

Efectivamente, no permitiremos que callen a la Iglesia, porque en una sociedad democrática cada cual es libre de opinar lo que quiera, siempre y cuando lo haga con respeto, cumpliendo con la legislación vigente. Los demócratas nunca dejaremos de defender el derecho a la libertad de expresión, independientemente de quien quiera ejercerlo.

Y el caso de la Iglesia no es diferente. Sin embargo, lo que ésta no acaba de entender es que en democracia no hay oradores privilegiados. Todos somos iguales y el modo de relacionarlos no se fundamenta en la imposición de dogmas, en la represión, en el castigo o en la amenaza espiritual, sino en el debate, en el diálogo. Pero los obispos saben muy poco de esto, por lo que es lógico que no entiendan que una crítica a una opinión suya no es un ataque o un intento de sofocar su voz -el ladrón cree que todos son de su condición- sino la normalidad dialéctica, razonable y sana de un sistema democrático.

No se callará la Iglesia, pero qué bien seguirá escondiendo su lengua frente a la pederastia, qué vergonzoso silencio seguirá siendo empuñado en los púltpitos cuando se hable de la Guerra Civil, qué ignominiosa ausencia de palabra esgrimirán siempre frente al Franquismo.

Solo deberían hablar de lo que saben: de soberbia y rencor.

(Y todavía siguen llamando milagro a los cristos o vírgenes sangrantes, cuando lo verdaderamente excepcional es que, siendo la Iglesia lo que es, tan pocos pierdan sangre)

Amnesia e intolerancia

Inmersos ya en la precampaña electoral, vuelven a sonar con más fuerza —atizados por los recientes actos antimonárquicos y el anuncio de un referéndum en el País Vasco— palabras como Constitución, Estado de Derecho, Legalidad, Corona, Patria, Nación, etc. A mi juicio, todas estas palabras quedan empobrecidas en ese marco de anacronía e intolerancia en la que son pronunciadas, impregnándose de vacío y engaño.

Y es que Corona, Patria y Nación son, efectivamente, anacrónicos. La Corona es una institución que representa los agónicos valores de la Edad Media, enraizados en el feudalismo y enmascarados de modernidad a medida que el progreso social crecía. Y Patria y Nación son valores nacidos en el siglo XIX, arma de diferenciación basada en el terruño y en la lengua, en el país, reacción a un Siglo de las Luces que homogeneizaba a todo ser humano gracias a valores universales. Hoy, ambas carentes de sentido, aunque posean un profundo cimiento en la sensibilidad social.

En cuanto a Constitución, Estado de Derecho y Legalidad, creo que no cabe duda alguna que se utilizan de forma sectárea y partidista. No cuestiono aquí ninguno de estos tres valores —desde mi punto de vista imprescindibles para desarrollar una sociedad democrática plena—, sino la forma en que son utilizados: siempre como escudo en contra de cualquier cambio, de cualquier aspiración alejada del marco en el que se fraguó la Transición. Y afortunadamente ya no estamos en la Transición, con la sombra del franquismo llenándolo todo, con el ejército como amenaza permanente, con las ideas cercenadas y la imposibilidad de restaurar los valores de una II República que, si bien fue imperfecta, trajo consigo valores y logros sociales que no lo eran.

España tiene amnesia selectiva, porque ha olvidado restaurar valores que esta sociedad, antes de ser aplastada y sacrificada en un cruenta Guerra Civil, conquistó democráticamente. Ha olvidado el carácter abierto y transitorio de una constitución que en el momento de su redacción quedó postrada a la indulgencia de la izquierda y las presiones del régimen anterior siempre con la amenaza en la boca y el fusil, queriendo convertirla en las tablas de Moisés. Ha olvidado que en este país existe pluralidad, libertad y posibilidad de alcanzar democráticamente cualquier cosa que el pueblo considere necesario, al margen de prejuicios o intereses.

España ha olvidado para ser intransigente, intolerante, para tildar todo aquello que no responde a los valores “constitucionalistas” —en su interpretación, claro— de ilegales e incluso de ilícitos y no éticos.

El problema de esta gente que se llaman a sí mismo españoles, que enarbolan la defensa de los símbolos y se llaman a sí mismos España, es que han olvidado que otros antes también lo hicieron, que también eran intolerantes y creían llevar a la Verdad, a Dios y al Pueblo consigo, sin saber que no representaban a los españoles, sino a los intereses de los que eran títeres.

Censuras

Es lamentable comprobar cómo todavía podemos encontrar la oxidada y siempre afilada tijera de la censura en cualquier parte.

Vivimos en la llamada era de las comunicaciones, donde la información se genera, transimite y asimila como nunca antes se había visto, donde la distancia real entre las personas se ha difuminado gracias a los teléfonos móviles y la omnipresente internet. Pero nada de esto ha sabido escapar de la censura. Y no me refiero a la censura más conocida, las de las grandes empresas de comunicación, que eligen qué será o no noticia, la forma, el calado y el momento en el que ha de llegar la misma. Ni siquiera hablo de la censura de los moralistas, de esos personajillos que se atreven a tratar de imponer a los demás qué deben ver u oir, con no se sabe qué principios de doble vertiente. Hablo de la peor de las censuras, las que imponemos nosotros mismos, las de la sociedad.

Es curioso observar cómo los denominados tabúes sociales responden siempre a las mismas premisas: la educación y la convivencia.

La educación ofrecida por los padres, la formación proporcionada en las escuelas y las experiencias vividas bajo las mismas aquilatan poco a poco la dificultad de hablar sobre un tema particular, la incapacidad de afrontarlo, la habilidad para esquivarlo. El tabú queda así arraigado en la persona. Una persona que solemos ser todos, ya que la inmensa mayoría de nosotros compartimos un mismo estilo de vida y un mismo sistema de valores. Afortunadamente, este  tipo de tabúes se suele superar con los años: nuevas experiencias, el contacto de otras personas o el reconocimiento de unas limitaciones innecesarias que el individuo desplaza por reducción al absurdo. Aunque hay siempre quien no lo hace.

Por otro lado, sabemos que la convivencia entre personas es sólo posible a través de la cesión recíproca de actitudes que pongan en peligro el delicado equilibrio de una relación saludable. Luego, de manera más o menos explícita, quedan excluidos no sólo comportamientos incompatibles que empercudirían la convivencia, sino también temas de conversación, modos de abordar determinados problemas a través de un diálogo abocado al soliloquio. Esta es la segunda forma de llegar al tabú. Por su naturaleza, casi nunca es superado, aunque no tiene por qué revertir de modo negativo en la relación. Pero siempre hay excepciones.

El problema estriba en que bajo la excusa de la convivencia aparece la censura. Y es que esta quiere confundir la cesión para la mutua tolerancia, con la imposición para una determinada convivencia. Es decir, trata de sustituir el recíproco acuerdo al que llegan todos los grupos por las condiciones de uno solo de ellos. Bajo cualquier punto de vista esto es inaceptable y bochornoso.

Un claro caso de censura lo encontramos en la Guerra Civil. Es patético que transcurridos más de 70 años de tan horrendo suceso, de los cuales casi 40 pertenecen a una ominosa dictadura resentida y revanchista, producto directo de dicha guerra, todavía haya quienes se atrevan a decir que, por “convivencia”, no debemos abrir viejas heridas ya cerradas, que no hubo ni malos ni buenos, que dejemos a los muertos en paz. Perdonen, pero no. Las izquierdas hicieron en la Transición un titánico esfuerzo de olvido para que todos pudieramos tener un futuro, para tener una verdadera convivencia. Pero ahora, pesa más la necesidad de justicia. Las heridas no se han cerrado, porque la memoria sigue martilleando en la tierra señalando los muertos enterrados en fosas comunes como perros sarnosos, en los juicios sumarísimos que tiñen de indignidad y mentira a aquellos que lucharon por la libertad, en todos los discursos que demonizan a la república, sus representantes y su espíritu. Y sí que hubo buenos y malos: los que lucharon por la libertad, los que defendieron la legalidad y la voluntad del pueblo y aquellos que la pisotearon, destrozaron y quisieron borrar todo rastro de historia o persona donde hubiera existido.

No podemos evitar lo ya sucedido, pero sí restañar el daño realizado a través de la memoria. Cuando la indolencia o falacia histórica de este periodo sea reparada, cuando todos los muertos tengan su nombre y su tumba, cuando cada persona juzgada ilegal e injustamente vuelva a recuperar su dignidad, cuando se asuman responsabilidades históricas, entonces, y sólo entonces, podremos decidir entre todos no hablar de la Guerra Civil, porque ya no quedará nada pendiente, porque será justo y necesario pasar página.

Mientras tanto, no pidan o impongan silencio por una “convivencia” que a penas sí les sirve para ocultar su desfachatez y vergüenza. Censuren sus barbaridades, no la justicia.