Pederastia consentida

¿Cómo puede consentirse y amparse la pederastria en la iglesia? Una vez más, debemos enfrentarnos a esta pregunta después de los escándalos pedófilos en el seno de la iglesia católica. Y una vez más, tenemos que asistir abochornados e indignados a la pasividad papal frente a este tema.

Afortunadamente, este tipo de hechos no sólo son denunciados y reprobados por personas ajenas a la fe católica, sino que, cada vez más, los propios católicos (son sus hijos los que más lo sufren) exigen tolerancia cero y, lo que es más importante, responsabilidad legal sobre los culpables de estos hechos.

Pero siempre queda un reducto de personas que siente la justicia como algo ajeno desde su pedestal de poder o fanatismo. Lo más grave es que este reducto lo compone la mayoría de la cúpula eclesiástica . Y los cristianos de base, a pesar de sus buenas intenciones y denuncias, siguen sin mover un sólo dedo por cambiar esto, o lo que es lo mismo, siguen alentando esa asquerosa política de señalar el error ajeno y esconder el propio. Y cuando el error que se señala es un avance en la libertad (aborto libre, equiparación de derechos entre hetero y homosexuales, desarrollo de células madre, etc) y el error propio es uno de los delitos más graves existentes como les la pederastria, uno no puede entender la parálisis institucional que acompaña a estos hechos.

Y es que, al fin y al cabo, es más que comprensible que una comunidad como la católica (como todas las comunidades) intente justificar y/o tapar sus errores, pero lo que no es aceptable es que ésta permanezca ajena a las leyes. Y parece que esto es así: la iglesia puede exigir el cese de derechos de otros grupos sociales llamando a la insubordinación aun cuando la constitución nos asegura la igualdad entre todas las personas; la iglesia puede mantener su posición privilegiada frente a otros credos aun cuando la laicidad de los estados democráticos no lo permite; los componentes de la iglesia pueden cometer delitos y ser amparados por el Vaticano sin que ninguna institución internacional haga nada al respecto, etc. Pero, ¡ojo!, que nadie se atreva a negar el papel de la fe católica en la Europa de los 27, a pesar de que la mayoría de la ciudadanía no procesa ningún tipo de fe; que nadie se atreva a dudar o intentar cambiar determinadas leyes a menos que quiera ser tildado de antisistema o terrorista; y, evidentemente, si se comete un delito, pagarás por él.

¿Por qué esta impunidad?

Como en tantos otros problemas que existen el mundo (el conflicto palestino-israelí es una prueba sangrante de ello), se demuestra que cuando existen intereses no hay voluntad y la ética o la justicia quedan detrás del dinero.

Y mientras se prostituyen los valores en nuestro democrátrico primer mundo, son los niños los que siguen muriendo, los que siguen siendo violados.

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No callarán a la Iglesia

Efectivamente, no permitiremos que callen a la Iglesia, porque en una sociedad democrática cada cual es libre de opinar lo que quiera, siempre y cuando lo haga con respeto, cumpliendo con la legislación vigente. Los demócratas nunca dejaremos de defender el derecho a la libertad de expresión, independientemente de quien quiera ejercerlo.

Y el caso de la Iglesia no es diferente. Sin embargo, lo que ésta no acaba de entender es que en democracia no hay oradores privilegiados. Todos somos iguales y el modo de relacionarlos no se fundamenta en la imposición de dogmas, en la represión, en el castigo o en la amenaza espiritual, sino en el debate, en el diálogo. Pero los obispos saben muy poco de esto, por lo que es lógico que no entiendan que una crítica a una opinión suya no es un ataque o un intento de sofocar su voz -el ladrón cree que todos son de su condición- sino la normalidad dialéctica, razonable y sana de un sistema democrático.

No se callará la Iglesia, pero qué bien seguirá escondiendo su lengua frente a la pederastia, qué vergonzoso silencio seguirá siendo empuñado en los púltpitos cuando se hable de la Guerra Civil, qué ignominiosa ausencia de palabra esgrimirán siempre frente al Franquismo.

Solo deberían hablar de lo que saben: de soberbia y rencor.

(Y todavía siguen llamando milagro a los cristos o vírgenes sangrantes, cuando lo verdaderamente excepcional es que, siendo la Iglesia lo que es, tan pocos pierdan sangre)

Réplica a la Iglesia

Al fin encontramos en el gobierno una respuesta firme y justa para con la iglesia. Se han dejado a un lado los complejos y los miedos y se ha puesto pie en pared.

No señores obispos, ustedes no pueden ampararse en su fe para injuriar a nadie, protegerse en un falso ataque a la libertad de culto cuando apuestan firmemente por eliminar derechos a otros ciudadanos. Lo sentimos, pero en la verdadera democracia todos somos iguales, atrás quedaron los tiempos en los que gentes de su misma catadura moral tenían privilegios. No, ustedes no pueden ser víctimas con el cuchillo de la mentira, del cinismo y de la hipocresía en la mano. Ya basta de subterfugios para atacar a la izquierda de este país, basta de utilizar las creencias de la gente para el beneficio propio a través de la manipulación.

Y parece que el gobierno por fin ha entendido todo esto, a pesar de ser el que más cesiones ha tenido con la iglesia. “Cría obispos y te sacarán los ojos“, que dice Llamazares.

Muertos de primera

Cada vez que sufrimos la muerte de un componente de la Fuerzas de Seguridad del Estado, asistimos a una retahila de lamentaciones, por parte del Gobierno y de la Oposición, que suelen culminar, según el caso, en una supuesta depuración de responsabilidades o en la condena del atentando perpetrado. Continuamos con días de luto, condecoraciones y un Funeral de Estado para honrar su valía.

Lamentable protocolo. Y no porque esas personas no se merezcan que se reconozca su labor social, sino porque se realiza un permanente agravio comparativo con el resto de ciudadanos, en principio con los mismos derechos y labores sociales alejadas de lo trivial o indignas de un homenaje, que son tratados como ciudadanos de segunda.

Y es que en este país parece que no importa que mueran a cataratas trabajadores en el sector de la construcción, no importa que los accidentes laborales mutilen o incapaciten a oleadas de personas, porque su trabajo no es importante, cualquiera podría hacerlo, porque es algo que no tiene valor. La eternamente prorrogada reforma laboral es una buena muestra de ello.

Simplemente, vergonzoso. Y si a esto le añadimos que por defecto los Funerales de Estado son por el rito católico, en lugar de celebral un funeral laico y después en la intimidad que cada cual dé descanso a sus muertos como le dicte su conciencia, tenemos el cóctel completo.

Pero que viva España.

Amnesia e intolerancia

Inmersos ya en la precampaña electoral, vuelven a sonar con más fuerza —atizados por los recientes actos antimonárquicos y el anuncio de un referéndum en el País Vasco— palabras como Constitución, Estado de Derecho, Legalidad, Corona, Patria, Nación, etc. A mi juicio, todas estas palabras quedan empobrecidas en ese marco de anacronía e intolerancia en la que son pronunciadas, impregnándose de vacío y engaño.

Y es que Corona, Patria y Nación son, efectivamente, anacrónicos. La Corona es una institución que representa los agónicos valores de la Edad Media, enraizados en el feudalismo y enmascarados de modernidad a medida que el progreso social crecía. Y Patria y Nación son valores nacidos en el siglo XIX, arma de diferenciación basada en el terruño y en la lengua, en el país, reacción a un Siglo de las Luces que homogeneizaba a todo ser humano gracias a valores universales. Hoy, ambas carentes de sentido, aunque posean un profundo cimiento en la sensibilidad social.

En cuanto a Constitución, Estado de Derecho y Legalidad, creo que no cabe duda alguna que se utilizan de forma sectárea y partidista. No cuestiono aquí ninguno de estos tres valores —desde mi punto de vista imprescindibles para desarrollar una sociedad democrática plena—, sino la forma en que son utilizados: siempre como escudo en contra de cualquier cambio, de cualquier aspiración alejada del marco en el que se fraguó la Transición. Y afortunadamente ya no estamos en la Transición, con la sombra del franquismo llenándolo todo, con el ejército como amenaza permanente, con las ideas cercenadas y la imposibilidad de restaurar los valores de una II República que, si bien fue imperfecta, trajo consigo valores y logros sociales que no lo eran.

España tiene amnesia selectiva, porque ha olvidado restaurar valores que esta sociedad, antes de ser aplastada y sacrificada en un cruenta Guerra Civil, conquistó democráticamente. Ha olvidado el carácter abierto y transitorio de una constitución que en el momento de su redacción quedó postrada a la indulgencia de la izquierda y las presiones del régimen anterior siempre con la amenaza en la boca y el fusil, queriendo convertirla en las tablas de Moisés. Ha olvidado que en este país existe pluralidad, libertad y posibilidad de alcanzar democráticamente cualquier cosa que el pueblo considere necesario, al margen de prejuicios o intereses.

España ha olvidado para ser intransigente, intolerante, para tildar todo aquello que no responde a los valores “constitucionalistas” —en su interpretación, claro— de ilegales e incluso de ilícitos y no éticos.

El problema de esta gente que se llaman a sí mismo españoles, que enarbolan la defensa de los símbolos y se llaman a sí mismos España, es que han olvidado que otros antes también lo hicieron, que también eran intolerantes y creían llevar a la Verdad, a Dios y al Pueblo consigo, sin saber que no representaban a los españoles, sino a los intereses de los que eran títeres.

Asignatura pendiente

Es curioso que a la hora de realizar críticas a la educación, éstas se centren siempre en determinadas asignaturas —ahora es el turno de Educación para la ciudadanía— y nunca se realice un estudio profundo, transversal, sobre esta actividad tan importante.

El problema de la educación, a mi juicio, se reduce a estimar cuáles deben ser los contenidos en los que se educará a la persona y con qué fin. Indudablemente existen otros problemas importantes, pero no básicos, como el de los medios para poder llevar a cabo los objetivos que se han marcado y la manera de culminarlos.

Tradicionalmente, la educación se ha dado de forma estricta en el seno familiar, entendiendo a esta como la inculcación de valores éticos, morales y de convivencia (modales). La formación en otro tipo de materias (historia, geografía, matemáticas, etc) era ignorada y sólo posible para una parte de la población muy limitada. Sin embargo, la aparición de una institución pública dedicada a la educación formal y accesible para todos ha ido variando este comportamiento. Paulatinamente, la escuela ha pasado de formar culturalmente a las personas a también educarlas (si bien es posible hacer esta distinción cuando toda materia formal lleva implícitamente valores éticos).

Así pues, en principio, la aparición de asignaturas que traten de forma explícita los valores éticos y morales de la sociedad, no debería de ser más que un proceso de afianzamiento de la calidad de la enseñanza de cualquier país.

¿Por qué entonces tanto revuelo? Por miedo.

En España la educación institucionalizada también tiene su propia historia, y en ella tampoco ha faltado una asignatura que orientase ética y moralmente, que impusiese valores de convivencia: Religión. ¿Qué es la religión sino un conjunto de reglas éticas y morales aplicadas a la vida cotidiana con el fin de organizar la convivencia de un grupo de forma óptima a través de ejemplos sencillos?

Desde este punto de vista ya se puede entender que las voces más críticas en contra de la nueva asignatura procedan de la Iglesia y de su brazo político (PP). Efectivamente, sufren una reacción ante el miedo de desaparecer, de perder poder, de no ser ellos quienes impongan cuáles deben ser las reglas del juego, de perder influencia.

Pero este miedo es generalizable a toda reacción del mismo corte.

¿Nadie se ha preguntado nunca por qué la Política no está contenida en la educación, cuando es lo que más directamente nos afecta a todos, la que va a marcar cómo va a ser nuestra vida y el modo/condiciones de vivirla? ¿Hay alguna materia más cotidiana e influyente que la Política?

Miedo. Nadie se atrevería a formar a los individuos en Política y no sólo por la capacidad de manipulación que existiría en una asignatura de esta índole, sino porque con ella se estaría ampliando la capacidad de crítica, de elección, de libertad. Y eso no conviene a ningún gobierno, pues, nuevamente, es pérdida de poder.

Ninguna democracia debería tener miedo a la libertad, a la elección más allá de lo impuesto. Esa será siempre la asignatura pendiente.