Los unos y los otros

Las palabras en los labios de unos, sólo fueron aire que nunca buscó ser carne, a penas la sombra de una muleta, para salir del hospital y cobrar el seguro. En otros, el pulso llegó tarde a la boca y dejaron promesas zozobrando en  el tiempo, para que ahora los kilómetros, las acunen sin consuelo. Unos tienen una papelera de reciclaje, donde escupir los recuerdos que ya han consumido, una servilleta o llave inglesa, para limpiarse las lágrimas de caimán. Otros son esclavos a media jornada, de un compromiso que se desabotona, de las fotos enlatadas por una melancolía, que acabará alegremente en indifernecia. Unos y otros esculpieron esta tristeza, que siempre regresa a mis manos, cuando dejo la calculadora a un lado y simplemente decido vivir.

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Meditación intempestiva

A veces los demás son un refugio, un consuelo, el espejo perfecto que distorsiona nuestra imagen y consigue calmar el corazón. Pero la soledad desanuda las mentiras y nos desarma con la sencillez de una pregunta. Siempre la misma pregunta. No importan las palabras compartidas por los labios, las manos que se encuentran cuando el dolor es zozobra. Al final, pesa más lo que callamos.

El silencio es una forma de llegar al olvido

y la decepción que escarba incesante en el pecho

hasta que el arrepentimiento deja paso a la nieve.

Nadie sabe cuál es el ajedrez de nuestros gestos, ignoran el sutil desaliento que se asoma por la complicidad desgastada, el abrazo que cada día abre más grieta y consume el camino que andamos juntos. Es el arte de la imagen, el maquillaje de la herida. Cinismo.

Vivimos aislados

en una caja de calcio que confundimos con el mundo,

engañados por la satisfacción de los instantes,

siempre heridos

por ese vacío con el que nos arrastramos hacia la nada.

Ambición y acoso

Confundir honestidad con soberbia, responsabilidad con cinismo, vivir con hacer, es ser mezquino sobre todas las cosas. Porque no es torpeza nacida de la inocencia o el desconocimiento, sino ruindad que parte de quien se sabe impune. Cerrar el camino de otros es errar el propio: nunca sabes cuándo llegará quien no tema perder, quien sea peor que tú, aquel que te lance por las mismas escaleras por las que hiciste rodar a los demás.

 

Cómo defender las cosas

El diálogo ha muerto. Se ha confundido discusión con pelea, argumento con persona, y el respeto se ha sustituido por la negación. El insulto, el desprecio y la ordinariez son ahora la bandera. Conmigo o contra mí. Un discurso bien articulado parece exigir demasiado tiempo, las razones son  vistas como sinónimo de pedantería. Demasiado esfuerzo para obtener satisfacción. Es más fácil encontrarlo en la inmediatez, la derrota y la humillación. Porque se trata de ganar, de ser mejor y que te lo reconozcan públicamente. Sólo importa la lucha que satisface al ego. Atrás queda el aprendizaje, la empatía, la superación y el consenso. No hacen falta, porque ya está todo aprendido, entendido y se conoce a la perfección la verdad. Todo es infantil, sin raíz, estereotipado. Es un callejón sin salida, porque ¿cómo defender las cosas si lo único que tiene valor es el orgullo?

 

Cobardes

Amanecen amparados por la sombra del silencio, como un rumor de río enterrado. Usan la losa de su afonía como escudo para la inocuidad o la lágrima. Pero están levantando como hormigas una torre de miserias desde la que acabarán vomitando la culpa, en el mismo momento en el que la espada se haga  virtud y la herida pecado sobre el que establecer juicio.

Entonces, con el mascarón hecho trizas y la esperanza agotada en el último suspiro, la reciprocidad se hará deus ex machina.

Razones para la misantropía (I)

Nadie busca los por qué, sino la excusa que los libre de responsabilidad. No buscan la comprensión, sino las grietas que me hacen imperfecto y que comparan con las suyas para vivir acomodados en una equidistancia que les permite exigir y no ser juzgados. Sólo encuentro silencio y mentiras, la mezquindad como andamio que protege un mundo que aborrezco, el cinismo que susurra al borde de las heridas del otro y que grita en el centro de las suyas. Pequeñez.

¿Y todavía preguntáis por qué os desprecio?

¿Amor?

El miedo forja barrotes que se aceptan con promesas o mentiras que defiende la esperanza, con lágrimas obedientes a la desesperación, con el peso de los años, de las preguntas; con cobardía. Ateridos por las cosas sin borde, solitud o libertad, eligen el futuro con espinas más cercano, la comodidad de la rutina que desdibuja el horizonte y susurra una plenitud a medida.

Es también el miedo quien les hace añorar la celda, la asfixia, porque en ella encuentran un sexo que transciende, una mirada que consuela, la aceptación que los concilia con las almohadas. Olvidan que la felicidad no es consenso ni obligación ni meta, que las huellas de su camino no las marca la voluntad sino la huida, que su única elección ha sido renunciar, claudicar ante el miedo a cambio de un oasis prefabricado.

(Hastío. Detrás del orgullo, tu fragilidad, y detrás de ésta, mi decisión de alejarme…)