Cerrar puertas

Las cosas se alejan de uno en silencio, susurrando una promesa de olvido, pero nunca la victoria. Porque vencer es no haber vivido, y aquí todos tenemos un 70% de lágrimas en el cuerpo. Somos un dolor que respira, belleza y palabra encerrada. Amor imperfecto.

Cuando las cosas se acaban, la derrota se hace más grande. El horizonte mengua y empezar de nuevo deja de ser una esperanza para formar parte del recuerdo o la juventud. La voluntad permanece firme, pero la fe expira al tercer fracaso.

Y cierras la puerta, sabiendo que las heridas no lo hacen, aunque la distancia sea la excusa perfecta para creerlo.

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Cuarteto desvenciajdo

 

Siento desvanecerse la alegría

sobre la que nuestros pasos fueran bronce,

la ingenuidad que apuntó tan alto

y ahora se oxida satisfecha

bajo las huellas de un perfecto recuerdo.

 

La distancia no es una cuestión de metros,

sino de peso entre la memoria y el futuro.

Tabula rasa

Una intención, un escudo, una huida o un quizá. La mentira, la traición. Un sí postergado. Y el mundo sobre un damero. Es el corazón el que nos engaña. Dime qué me das y te diré cuánto te quiero. Ayer es un tiempo lejano que no llena mis manos, una excusa para quienes han perdido. El olvido como moneda de cambio, la raíz de la negación que me hiere, todas las cosas con las que duermo pero aborrezco. Ahora, o será tarde para esta instantaneidad que me abriga. Conmigo o contra mí. Tú, pero solo la parte que ríe. Lo demás, solo palabras.

 

Ser libre, estar solo (II)

La melancolía enmudece al mundo y da garganta al corazón.

Cada vez que alguien atraviesa estas murallas, cada vez que grito aleluya y vuelvo a compartir carne, sombra, cariño y reflejo, me siento más solo. Todos acabamos siendo una decepción, por eso me veo otra vez con la sien encañonada. Las mismas mentiras, la misma vergüenza. No importa cómo empiece, siempre acaba siendo menos de lo que esperaba.

¿Dónde están las manos que iban a sostener mi mundo? ¿Dónde los ojos en los que debía verme? Detrás de cada abrazo partido sólo me ha quedado la sangre, una guarida llena de cuchillos y los besos cosidos al silencio. Mis grietas.

 Pero el piano se agota y amanece la voluntad.

[Te desvaneces…]

Te desvaneces tras una interrogación inacabada, dejando un rastro de melancolía que se ahoga entre el recuerdo y las probabilidades. La certeza de tu cuerpo sobre el mío, la calidez de nuestros labios como pétalos enredados o la fragilidad de tus ojos colmados de mí, son el Gólgota imposible donde se alza mi derrota. Y ahora, cuando las lágrimas se hacen tinta que manchan la sangre, vuelvo a empuñar el hacha de mi soledad, a seguir por este desfiladero de nombres, un poco más triste con el tuyo al fondo.

Romanticismo

Yo saboreaba el eco de tus muslos, cuando las cabezas de los heridos vinieron y levantaron palabras tan afiladas, que tu amor tuvo que escapar por las antenas. No importó que la noche se envenenara con la memoria o que el perro llorara como una cafetera llena de insectos, porque los dientes seguían buscando flores con las que dar la bienvenida a la muerte.

Mientras el sol todavía respiraba tierra, ajeno a las lágrimas o los bostezos, la sombra meneaba el rabo con la intención de una cuchilla hambrienta de tormenta. Fue entonces cuando la catarata de hierro salpicó hasta los espejos del baño, con los ojos ya cerrados ante el horror de un final sin la belleza de los violines.

La mañana siempre llega tarde, siempre manchada de horizonte o esperanza.

Pero no para los suicidas.

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¿Amor?

El miedo forja barrotes que se aceptan con promesas o mentiras que defiende la esperanza, con lágrimas obedientes a la desesperación, con el peso de los años, de las preguntas; con cobardía. Ateridos por las cosas sin borde, solitud o libertad, eligen el futuro con espinas más cercano, la comodidad de la rutina que desdibuja el horizonte y susurra una plenitud a medida.

Es también el miedo quien les hace añorar la celda, la asfixia, porque en ella encuentran un sexo que transciende, una mirada que consuela, la aceptación que los concilia con las almohadas. Olvidan que la felicidad no es consenso ni obligación ni meta, que las huellas de su camino no las marca la voluntad sino la huida, que su única elección ha sido renunciar, claudicar ante el miedo a cambio de un oasis prefabricado.

(Hastío. Detrás del orgullo, tu fragilidad, y detrás de ésta, mi decisión de alejarme…)