Cuarteto desvenciajdo

 

Siento desvanecerse la alegría

sobre la que nuestros pasos fueran bronce,

la ingenuidad que apuntó tan alto

y ahora se oxida satisfecha

bajo las huellas de un perfecto recuerdo.

 

La distancia no es una cuestión de metros,

sino de peso entre la memoria y el futuro.

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Isgadreth (I)

Kokoro

Bajo la curvatura inmensa de un ala de cuervo, el hombre diluía sus ojos en la belleza concéntrica de la sangre aniquilada. La voluntad se arrastraba como un arrecife herido, hasta besar la oscuridad de los alacranes en el horizonte. El ruido rojo se desplomaba sobre el plano de hormigón y los recuerdos se mutilaban buscando la supervivencia. Detrás de él, la anomia, el abismo amorfo, el pulso sin sentido.

Lítost

Cuando miro al suelo, las tardes en las que las palabras son imposibles, sólo veo la sombra de los erizos y sus raíces en los labios de todos aquellos que fingen la abolición de las grietas. Confundimos cercanía con anillos, pero sólo hay soledad a penas compartida. Por eso la decepción.

Egoísmo cotidiano

La pena es un espectáculo que consumimos cuando grita en los demás.

 

El sol susurraba en sus ojos después de tanta sombra y candado. Ahora su historia quedaba limpia para los demás, a pesar de que seguía siendo la misma cicatriz emborronada por el llanto. Era un castigo de silencio, la humillación del olvido. ¿Cuántas veces lo había hecho él?

 

Meditación intempestiva

A veces los demás son un refugio, un consuelo, el espejo perfecto que distorsiona nuestra imagen y consigue calmar el corazón. Pero la soledad desanuda las mentiras y nos desarma con la sencillez de una pregunta. Siempre la misma pregunta. No importan las palabras compartidas por los labios, las manos que se encuentran cuando el dolor es zozobra. Al final, pesa más lo que callamos.

El silencio es una forma de llegar al olvido

y la decepción que escarba incesante en el pecho

hasta que el arrepentimiento deja paso a la nieve.

Nadie sabe cuál es el ajedrez de nuestros gestos, ignoran el sutil desaliento que se asoma por la complicidad desgastada, el abrazo que cada día abre más grieta y consume el camino que andamos juntos. Es el arte de la imagen, el maquillaje de la herida. Cinismo.

Vivimos aislados

en una caja de calcio que confundimos con el mundo,

engañados por la satisfacción de los instantes,

siempre heridos

por ese vacío con el que nos arrastramos hacia la nada.

Equivocarse de persona

Sentirse ridículo es una asimetría emocional que debe aceptarse. Se trata de asumir que no existe reciprocidad, de hecho, se trata de asimilar la existencia de una profunda diferencia entre lo que uno siente y la realidad que lo rodea. Esa discrepancia duele, pero también se supera. ¿La moraleja? La de siempre: guardar silencio. Frente al desprecio, solo cabe la indiferencia.

Paredes

El despertar

El Sol acariciaba su cara con un lenguaje de bronce o promesas que ahora creía entender. Apoyado en la baranda del balcón, con los ojos cerrados y una leve sonrisa surcando el rostro, paladeaba aquella sensación de saciedad tan rara en los seres humanos. No pensaba en la despedida, un adiós que era incapaz de reflejar el día compartido o la noche quemada por los cuerpos. No recordaba las obligaciones del quehacer diario ni su torcido reflejo en los demás. A penas era consciente de sí mismo o el mundo. Había olvidado todo rastro de lágrima: sólo quedaba la plenitud y una brisa coronada de salitre. Embriagado por el vértigo de aquel equilibrio perfecto, dejó caer su cuerpo sobre la cama deshecha de amor y somnolienta. Suspiró profundamente al sentir todavía el aroma de su compañero tendido en el lecho y se acurrucó entre las sábanas buscando un abrigo para el corazón. Poco a poco, el recuerdo y el sueño se fueron enhebrando hasta perder el sentido.

Al despertar, la oscuridad llenó sus ojos. Estiró los brazos, pero no alcanzaron ningún cuerpo o alivio al otro lado de la cama. Sus labios recordaron entonces el último beso y la tristeza recompuso la imagen de un autobús alejándose. El sueño terminó por destrenzarse cuando la luz de su mesita de noche iluminó la habitación y la confusión exigió explicaciones. Buscó el reloj con los ojos aún pequeños, el móvil. Sus manos tampoco pudieron encontrarlos debajo de los papeles o tras las fotografías. Se levantó arrastrando todo el plomo de quien ha dormido demasiado y echó las cortinas a un lado para dejar paso a la luz y al aire, como si estos fueran a traerle en la boca aquello que buscaba. El terror le abrió los párpados cuando descubrió sólo pared en lugar de ventana. Posó la mano incrédula y temblorosa sobre el muro, blanco y frío, áspero. Salió corriendo hacia el salón. Pared. Hacia el baño y la cocina. Paredes, sólo paredes. Y pánico. Al llegar al recibidor las lágrimas lo nublaron todo. En lugar de puerta, encontró pintado en la pared una sola palabra. No sabía cómo ni por qué, pero había regresado.

Emparedado

Pegó el oído a una de las paredes en busca de alguna señal, de un exterior que intuía desvanecido. Sólo el silencio llegó hasta él. No, era un zumbido continuo y monótono. Como el mar. Como las olas confundidas con el cielo sobre las que la luna rielaba. En aquel entonces el mundo era un espejo perfecto de nuestro corazón. Rosa y yo sentados en la orilla. Qué deseo has pedido, le pregunté con una sonrisa en los labios, como si conociera la respuesta. No se supone que si te lo digo no se cumplirá, A veces es necesario compartir nuestros deseos para hacerlos realidad. La espuma acompañó su mirada hasta la arena. Me gustaría que no se terminara esta noche, que aquellos a los que llamo míos no se separen de mí nunca. Nuestros amigos reían al lado de la hoguera. Creía que aquel momento era el inicio, esperaba una cresta todavía más alta, una plenitud que colmase todo el vacío que había ordeñado mis ojos. Pero aquello era la cima donde la cruz hunde sus pies y hacen coro los crisantemos. Las lágrimas brotaron por sus ojos tendido sobre el agua de la bañera. Las grietas sobre el techo de escayola se hicieron insoportables para su desnudez. Añoró el cielo, su infancia de mañana azul, limpia de relojes. Desde la última vez que el mar me perdonara y el alivio me susurrase delfines en el pecho, desde aquellas primeras veces hoy agotadas, no he conseguido acabar con esta sombra, solo soportar esta sangre vencida por los años. Años sin brújula, de abrazos y puñales, cuando todos éramos uno. Un nosotros que fue deshilachándose de dos en dos y del que apenas queda el recuerdo.

Venga, despierta, escuchó al tiempo que una mano acariciaba su cara. Al abrir los ojos, volvía a tropezarse con la sonrisa y esa alegría que brotaba de sus labios para exigirle un beso. Sintió un profundo alivio cuando el olor de las tostadas y el café llegaron junto con la luz del alba. Vamos a llegar tarde. Sonrió. No me mires así, dormirse mientras te bañas tiene mérito. Rieron a la par. Más que un sueño he tenido una pesadilla, dijo mientras se incorporaba. Alberto le esperaba con la toalla en las manos preparado para arroparlo. Cuéntamelo todo, dijo mientras sus ojos se hundían pícaramente en los suyos y el cariño borraba todo rastro de temor. Sus labios eran un abrigo donde descansar su voz, una muesca en la carne del mundo, una raíz para el alivio. Pero los seres humanos sólo son sólo otra espalda, otro violín, otra tumba. Juanma, Francisco, Jose, Pablo, Rafael, Gustavo, Juan Pablo, Carlos, Salvador, Pedro, Antonio, Adrián, Manuel, Carlos, David, Javi, Jairo, Juan, Jorge, Alberto. ¿Y el amor? Sólo recuerdo nombres y lágrimas.

Tendido en el sofá, con una manta como única compañía, vencido por la vaciedad de cajones, alacenas y estanterías, volvió a sentir el fracaso escarbando en sus dedos. Uñas rotas, ampollas y magulladuras que conocían ahora la fuerza de la piedra sobre la carne. Observó los arañazos y la sangre sobre las paredes, los mordiscos inútiles en el ladrillo. Hay muertos que luchan contra la madera y la tierra, él contra la roca y la nada. Supo que el fin era el mismo, que poco a poco el aire se cansaba de ser respirado, que su cuerpo era un nido de arena y hambre que acabaría doblegado por la necesidad. Cuando muera quiero que suene esta canción, proclamaba Lola con un litro cerveza en la mano mientras sonaba Show must go on de Queen. No quiero que nadie esté triste, debe ser una fiesta. Los demás aullaron en símbolo de aprobación, algunos brindaron. Yo quiero que suene el Kyrie Eleison de Ligeti, dije con toda la solemnidad que el alcohol me permitía tener. Es el tránsito a la nada hecho música. Lola calló, pero las voces se hicieron un coro terrible que dieron volumen al miedo. El resto quedó en silencio bajo unas trompetas que herían y humillaban los recuerdos. Todo se desdibujó en la sombra hasta llenar sus sienes de vértigo. Las bombillas habían bostezado sus últimos rayos de luz. La ceguera era la última consecuencia de la soledad. Gritó, pero no hubo eco.

La salida

La oscuridad empezaba a estrecharse y le obligaba a estar en cuclillas. Un niño corre por las escaleras de un piano hasta que tropieza con su propia risa, que sale volando como una mariposa y acaba ahogada en el tintero de un joven que suspira por los marcos de las ventanas. Ahora lo entendía, pero la angustia y la claustrofobia le decían que era demasiado tarde. Pero suspira más por el torso reluciente del hombre que ha perdido el miedo al látigo,  porque sabe que los ataúdes son úteros de madera de los que todos acabaremos saliendo. Estiró una mano como último esfuerzo para alcanzar la salida.

María llegaba contenta a la casa y preguntaba por Arturo más animada de lo habitual. Silencio. Dejó las llaves en el taquillón y colgó el abrigo sobre el perchero de la entrada. Arturo, volvió a preguntar mientras tocaba la puerta de la habitación. Tengo buenas noticias, decía mientras la melodía de una llamada insistente sonaba al otro lado. Agarró el pomo y se aventuró a abrir la puerta. Arturo. La luz de la tarde bañaba por completo el cuarto, donde sólo encontró una cama vacía y desmadejada de sábanas. Encima de ella, una foto de Arturo con Alberto. Sonrió. Vaya desastre de hombre, mira que dejarse aquí el móvil, comentaba para sí al tiempo que se dirigía al salón para descansar un rato. El horror le rompió las pupilas y cayó de rodillas al suelo. No podía creer lo que estaba viendo. De la pared, emergían los dedos de una mano aún temblorosos. El teléfono seguía sonando. Era Alberto. En un par de días dejaría de llamarlo. En unos meses, habría olvidado los momentos de felicidad que vivió entre aquellas cuatro paredes.