Nombres

Los nombres son la memoria de las cosas, pero no la prueba de su existencia. Porque hay cosas que, a pesar del silencio, se hunden hasta la empuñadura y despiertan una hemorragia de esperanza que anuncia que el vértigo es ya caída. Nombres que llegan a los labios después de encoger el corazón. Nombres como cáncer.

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Mi silencio

Puedo luchar contra las dudas,

pero no contra el miedo.

No contra el tuyo.

Porque el miedo es una negación sin raiz,

una ceguera,

la huída para encontrar el dolor

que explica la libertad

de estas ruinas donde nos acomodamos.

Círculo y espiral, eco.

En frente,

la impotencia de unas manos desnudas

—las del otro—,

sin arma ni escudo,

la mudez o las lágrimas.

Aquí mi soledad, mi silencio.

Y mi amor.

Arco iris roto

El 28 de junio quedó marcado oficalmente (Stonewall) como el Día del Orgullo para la comunidad LGTB+. Es un día para celebrar los derechos ganados, pero sobre todo, un día para reflexionar. Basta ya del 28J como una fiesta gaypitalista, como bien decía mi admirado Shangay Lily: una fiesta vaciada de significado que perpetua cánones heteronormativos sobre el colectivo LGTB+ a través del pinkwashing.

Como en todas las luchas sociales, todavía queda mucho camino por recorrer, y no es una frase hecha. En esta España de 2018, en la que la sociedad se llena la boca de palabras como respeto, tolerancia, igualdad y libertad, existen evidencias sangrantes, personales e institucionales, de que el colectivo LGTB+ (y por desgracia no es el único) sigue siendo castigado con violencia, con odio, con repulsa y con el peor de todos los enemigos: el silencio.

En lo personal, sigo asistiendo a bromas de amig@s sobre cómo son los maricones y cómo se comportan en el imaginario heteropatriarcal (amaneramientos, temas de conversación, perversiones, etc.), sobre cómo hay excepciones tolerables porque no son los maricones típicos (ya se sabe, esos que son, en el fondo, como las mujeres: locas, musculocas, muerdealmohadas, comepollas, etc.) o son lo suficientemente discretos para no avergonzarse de ellos (porque la pluma, por lo visto, es ignominiosa). Ofensas veladas en el marco de la confianza sobre segundos sentidos, terceras miradas y cuartas preguntas.

Quieren vendernos que hemos ganado, pero lo que están haciendo, es demoler el arcoiris.

Los unos y los otros

Las palabras en los labios de unos, sólo fueron aire que nunca buscó ser carne, a penas la sombra de una muleta, para salir del hospital y cobrar el seguro. En otros, el pulso llegó tarde a la boca y dejaron promesas zozobrando en  el tiempo, para que ahora los kilómetros, las acunen sin consuelo. Unos tienen una papelera de reciclaje, donde escupir los recuerdos que ya han consumido, una servilleta o llave inglesa, para limpiarse las lágrimas de caimán. Otros son esclavos a media jornada, de un compromiso que se desabotona, de las fotos enlatadas por una melancolía, que acabará alegremente en indifernecia. Unos y otros esculpieron esta tristeza, que siempre regresa a mis manos, cuando dejo la calculadora a un lado y simplemente decido vivir.

Las mentiras de los nacionalismos y el referéndum en Cataluña

Las mentiras de los nacionalismos

Ser de izquierdas y nacionalista es una incoherencia ideológica. No puedo entender que alguien que tenga conciencia de clase obrera no sea internacionalista y comprenda que los países y las fronteras no son más que una herramienta puramente logística. Solo entiendo el nacionalismo como una estrategia para blindar privilegios económicos y sociales, esencialmente los de las élites. Y no puedo comprender, más allá de argumentos xenófobos y racistas, cómo se puede justificar que la clase trabajadora nacida o criada en un sitio, algo que ninguno de nosotros elegimos, merezca asegurar sus derechos más que aquellos que no lo han hecho. Y hablo en particular de la izquierda catalana, de la abertzale y la españolista.

La propaganda mediática —y la limpieza ideológica del franquismo, apuntalada a través de la transición, de la cuál son herederos— ha señalado bien el talón de Aquiles de las dos primeras, realzando su carácter nocivo, pero marca como neutro e inocuo al nacionalismo españolista, cuando no lo niega o ni siquiera admite su existencia. La diferencia estriba en que mientras que el nacionalismo catalán y abertzale hacen hincapié en sus características diferenciadoras, en una heterogeneidad que desmiembra, el españolismo se fundamenta en unas características unificadoras creadas ad hoc, en la homogeneidad que niega.

Se olvida deliberadamente en este tipo de discursos que las raíces de los nacionalismos más importantes se encuentran bien delimitadas geográficamente y que esto no es una casualidad, sino una consecuencia de la situación económica de esas regiones, las más industrializadas y ricas de todo el territorio español, en orden alfabético: Catalaña (Barcelona), Euskadi (Bilbao) y Madrid (Madrid).

Así quedaría evidenciada la raíz económica de estas ideologías, pero no su respaldo por la sociedad civil. Ello se consigue introduciendo, en el momento adecuado —también aleccionando—, los sentimientos, una versión manipulada de la historia que los justifique y un idioma que la respalde. Así se genera un ofendido y un ofensor, un nosotros y un ellos. Los catalanistas y abertzales tendrán como enemigo la homogeneidad española (de la que no quieren formar parte, pero que usan para simplificar al resto de territorios del estado),  los españolistas, por su parte, tendrán como enemigo cualquier región que muestre la heterogeneidad de los pueblos que conforman el estado español. Y ya se ha caído en la trampa de las élites, que consiguen enfrentar a las clases obreras de distintas regiones para que no reparen en luchar juntos por sus derechos, derogar los privilegios de éstas y hacer justicia social. Han preferido abrazar la mentira de los nacionalismos y luchar por una entelequia que no les dará nada, en vez luchar por sus iguales en mejorar la situación política de los trabajadores.

El referéndum en Cataluña

Más allá de una visión nacionalista (catalanista o españolista), las libertades en una democracia deben ser fundamentales. Todos tenemos derecho a opinar, a defender y luchar por la propuesta política que más nos satisfaga, con más razón si se trata de la región administrativa en la que residimos. Tenemos derecho a hablar y a que se nos escuche, a luchar y defender en lo que creemos institucionalmente. España, cuyos periodos democráticos sólo se encuadran en los años de la Segunda República —derrocada por los fascistas tras un fallido golpe de estado— y tras la imposición del Régimen del 78 —legado político de esos mismos fascistas que lucharon contra la libertad—, no tiene ninguna tradición democrática, y todos los resortes que posee para la aplicación de derechos y libertades del ciudadano son objetivamente de las más deficientes de toda la Unión Europea. Y las élites políticas de España que aparecieron al amparo del Régimen del 78 (PP y PSOE, fundamentalmente) han permitido y luchado porque esto siga siendo así.

Los trabajadores de España han cambiado mucho desde la muerte del dictador —no así las clases privilegiadas, blindadas desde el franquismo— y se han hecho oídos sordos sistemáticamente a todas sus propuestas por intentar cambiar elementos fundamentales del estado, amparados en el papel mojado de la Constitución. Creían que la evolución político-social de los españoles iba a ser como una tormenta de verano, que aprieta, pero termina por disiparse. No ha sido así. En particular, esto se ha hecho de manera descarada con la articulación territorial. Y esa dejadez milimetrada durante décadas, con tintes bíblicos desde que Rajoy alcanzó el poder, nos ha llevado a esta situación grotesca en la que nos encontramos.

El Govern de Catalunya está haciendo el ridículo con una llamada a un referéndum que no se acoge a la propia legalidad de la leyes catalanas, sin consenso, sin garantías democráticas, que sólo hace insuflar los ánimos de una ciudadanía que acabará dividida y frustrada por las expectativas irreales, aunque lícitas, del mismo. El Gobierno de España está haciendo todavía un ridículo mayor, saltándose la legalidad constitucional, degradando todavía más los derechos y libertades de los ciudadanos, para seguir imponiendo una idea de estado caduca, usando de forma fascista al Poder Judicial (¿hay diferenciación de poderes en España?) y a las Fuerzas de Seguridad (Represivas) del Estado.

Si el Gobierno hubiera invertido la mitad de los recursos que está utilizando en un diálogo serio y honesto con el Govern (por no hablar de lo que podría hacer en otros temas como la corrupción) para abrir el camino real —las promesas ya no sirven— a un cambio constitucional en el que se redefinan las relaciones de las Autonomías con el Estado o, al menos, la propuesta de un referéndum pactado con garantías legales que fomente, en su caso, un cambio de modelo territorial, otro gallo nos cantaría.

Ahora, sólo queda la incertidumbre de los acontecimientos que puedan ocurrir hasta el 1-O, de lo que pueda acaecer el día después a este.

Tabula rasa

Una intención, un escudo, una huida o un quizá. La mentira, la traición. Un sí postergado. Y el mundo sobre un damero. Es el corazón el que nos engaña. Dime qué me das y te diré cuánto te quiero. Ayer es un tiempo lejano que no llena mis manos, una excusa para quienes han perdido. El olvido como moneda de cambio, la raíz de la negación que me hiere, todas las cosas con las que duermo pero aborrezco. Ahora, o será tarde para esta instantaneidad que me abriga. Conmigo o contra mí. Tú, pero solo la parte que ríe. Lo demás, solo palabras.

 

Las razones del sinsentido: Barcelona

El horror, la rabia y la impotencia que dejan las muertes tras un atentado terrorista no deberían cegar la capacidad de análisis de la sociedad. Los sentimientos no deberían utilizarse como escudo para defender cualquier tipo de opinión e ideología con más raíz en las entrañas que en el cerebro. No deberían utilizar a los muertos para seguir alimentando las mentiras que sustentan ese odio que sigue reclamando más muertos. No, aunque ese sea tu negocio.

A río revuelto ganancia de pescadores. Con cada atentado yihadista emergen los fascistas, los racistas, los xenófobos y los islamófobos, también los cínicos, los hipócritas, los impostores, los “buenistas” y los equidistantes. Los ignorantes y los que deciden ignorar. Todos unidos por la insultante superficialidad de sus charcos ideológicos, tratanto de movilizar a la masa consternada para manipularla y sacar renta de su miedo.

La pregunta fundamental en todo este vértigo es: ¿Por qué el Estado Islámico atenta contra Europa? Y la respuesta que encontramos en la televisión, en redes sociales y en cafeterías es la penosa fotografía que advierte que no nos estamos enterando de nada. No, no se trata de una guerra de religiones, esto no es una “contracruzada” del Islam contra el Cristinanismo (¿no se supone que los estados europeos son laicos?¿O no queremos admitir que en realidad somos la Unión Económica de las Élites Cristianas de Europa?), aunque los verdaderos asesinos utilizan la religión para manipular a sus futuros sicarios. No, no se trata de un afán islámico por acabar con las democracias occidentales, la Primavera Árabe fue una muestra de que los pueblos del Norte de África y de Oriente Medio, la mayoría de ellos musulmanes, exigen más libertad, justicia y democracia, aunque hayan sido nuevamente acallados a través de la violencia y con la connivencia de Occidente. No, no es un problema de la inmigración, ¿o fuimos los españoles a Alemania para atentar contra su sistema? Huíamos de la miseria, de la violencia, del hambre y de la muerte, los mismos demonios que persiguen a todos aquellos que están muriendo en el Mediterráneo. ¿No era Franco español y siguió un diseño de exterminio de otros españoles para imponer su ideología? ¿O también era “un moro”?

La razón del sinsentido de los atentados como el de Barcelona radica en nuestro modo de vida, en cómo se sustenta el sistema: para que nosotros podamos vivir en la comodidad, la abundancia y el capricho, otros tienen que morir o vivir de forma miserable. Y encima, exigimos que acepten esa posición y no nos molesten. Las excusas: todos los “argumentos” anteriores. Esta guerra es un tentáculo más del capitalismo, una lucha por el dinero, los recursos y el poder. Una espiral de odio, rencor y esperanza de venganza, que ninguna de las élites que empezaron y sostienen esta guerra, paga con su sangre. Sólo nosotros. La historia está para aprender de ella, el olvido para manipularla. Por mucho que nos cueste aceptarlo, aunque ninguno de nosotros merezcamos la muerte por ello, tenemos nuestra parte de responsabilidad. Nos hemos acomodado, luego el sistema ha cumplido bien su función. Hasta que no hagamos autocrítica y exijamos a nuestros gobernantes un cambio en las políticas que nos han llevado y nos seguirán llevando a más odio y más muertos, nada cambiará. ¿Ha cambiado algo con los lazos en el Facebook, con las flores en los lugares de la muerte o con las vigilias de silencio? ¿Ha cambaido algo con más bombardeos, guerras, exclusión y cierres de fronteras? Si algo de eso funcionara, ya lo habría hecho. Quizá es hora de empezar a exigir una nueva política, ser responsables y conscientes de nuestra posición en el mundo, hacer algo más que llorar y dar pataletas para a los tres días seguir generando memes por Twitter, hablar de fútbol o de Juego de Tronos por Facebook y seguir colgando fotos de los estupenda que es nuestra vida por Instagram.