Tu imagen de ti

Echar el ancla en el halago reciente, en la amabilidad de ajedrez y milímetro, en todo ese humo desmembrado que no habla de ti, sino de lo que quieren de ti.

Decidir que la verdad es palabra, no cimiento, que eres la mejor versión de ti mismo por ti mismo, dejando paso a la ingratitud o la negación para izar tu orgullo de Narciso reflejado.

Pero olvidar es ignorar las grietas, no cerrarlas, y tarde o temprano acaban dando caza a la alegría, a todas sus mentiras. Entonces el mundo queda desnudo y la antifonía da comienzo.

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Los unos y los otros

Las palabras en los labios de unos, sólo fueron aire que nunca buscó ser carne, a penas la sombra de una muleta, para salir del hospital y cobrar el seguro. En otros, el pulso llegó tarde a la boca y dejaron promesas zozobrando en  el tiempo, para que ahora los kilómetros, las acunen sin consuelo. Unos tienen una papelera de reciclaje, donde escupir los recuerdos que ya han consumido, una servilleta o llave inglesa, para limpiarse las lágrimas de caimán. Otros son esclavos a media jornada, de un compromiso que se desabotona, de las fotos enlatadas por una melancolía, que acabará alegremente en indifernecia. Unos y otros esculpieron esta tristeza, que siempre regresa a mis manos, cuando dejo la calculadora a un lado y simplemente decido vivir.

Cuarteto desvenciajdo

 

Siento desvanecerse la alegría

sobre la que nuestros pasos fueran bronce,

la ingenuidad que apuntó tan alto

y ahora se oxida satisfecha

bajo las huellas de un perfecto recuerdo.

 

La distancia no es una cuestión de metros,

sino de peso entre la memoria y el futuro.

Esbozo

Otro día desordenado en el que las horas y el sol no significaban más que los platos apilados o la cama descosida por el insomnio. El ruido de la calle se colaba por las persianas, derrumbadas sobre los alféizares, donde motores y voces inútiles le recordaban el cansancio. Las paredes eran su paisaje, una rutina agrietada por las necesidades fisiológicas, el alcohol y el tabaco, un reflejo de su interior consumido por los insectos del miedo.

Paso al salón de la casa de los abuelos, inundado por la luz blanca del mediodía. Alrededor de la mesa redonda, pegada contra la pared y con su centro florido, están sentados tito Juan con los ojos completamente encharcados de sangre, la tita Dolores con su sonrisa siempre amable, distraída, y el tito Mauricio con la juventud que ya no tienen los muertos. Tito Juan pide un cuchillo para sacarse uno de sus riñones, es la única forma de poder curarse. Tito Mauricio me dice algo, pero no lo entiendo. Tita Dolores sigue sonriendo ajena a la estupidez de su marido. Yo le digo que morirá si hace esa barbaridad. Pero él cree que de algo hay que morir. ¿O a caso yo no moriré si me lanzo desde una ventana?

 

Egoísmo cotidiano

La pena es un espectáculo que consumimos cuando grita en los demás.

 

El sol susurraba en sus ojos después de tanta sombra y candado. Ahora su historia quedaba limpia para los demás, a pesar de que seguía siendo la misma cicatriz emborronada por el llanto. Era un castigo de silencio, la humillación del olvido. ¿Cuántas veces lo había hecho él?

 

Meditación intempestiva

A veces los demás son un refugio, un consuelo, el espejo perfecto que distorsiona nuestra imagen y consigue calmar el corazón. Pero la soledad desanuda las mentiras y nos desarma con la sencillez de una pregunta. Siempre la misma pregunta. No importan las palabras compartidas por los labios, las manos que se encuentran cuando el dolor es zozobra. Al final, pesa más lo que callamos.

El silencio es una forma de llegar al olvido

y la decepción que escarba incesante en el pecho

hasta que el arrepentimiento deja paso a la nieve.

Nadie sabe cuál es el ajedrez de nuestros gestos, ignoran el sutil desaliento que se asoma por la complicidad desgastada, el abrazo que cada día abre más grieta y consume el camino que andamos juntos. Es el arte de la imagen, el maquillaje de la herida. Cinismo.

Vivimos aislados

en una caja de calcio que confundimos con el mundo,

engañados por la satisfacción de los instantes,

siempre heridos

por ese vacío con el que nos arrastramos hacia la nada.