[Las cosas o los espejos]

 

Las cosas o los espejos,

su relato vertebrado por las heridas.

Siempre el ruido,

no hay verbo,

solo el grito de una hemorragia.

No somos, estamos,

por eso el olvido:

una eternidad

que exige borrar el amor.

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Esbozo

Otro día desordenado en el que las horas y el sol no significaban más que los platos apilados o la cama descosida por el insomnio. El ruido de la calle se colaba por las persianas, derrumbadas sobre los alféizares, donde motores y voces inútiles le recordaban el cansancio. Las paredes eran su paisaje, una rutina agrietada por las necesidades fisiológicas, el alcohol y el tabaco, un reflejo de su interior consumido por los insectos del miedo.

Paso al salón de la casa de los abuelos, inundado por la luz blanca del mediodía. Alrededor de la mesa redonda, pegada contra la pared y con su centro florido, están sentados tito Juan con los ojos completamente encharcados de sangre, la tita Dolores con su sonrisa siempre amable, distraída, y el tito Mauricio con la juventud que ya no tienen los muertos. Tito Juan pide un cuchillo para sacarse uno de sus riñones, es la única forma de poder curarse. Tito Mauricio me dice algo, pero no lo entiendo. Tita Dolores sigue sonriendo ajena a la estupidez de su marido. Yo le digo que morirá si hace esa barbaridad. Pero él cree que de algo hay que morir. ¿O a caso yo no moriré si me lanzo desde una ventana?

 

Claus y Lucas

El gran cuaderno (1986), La prueba (1988) y La tercera mentira (1992) de Agota Kristof, conforman una trilogía de lo terrible, en la que verdades y mentiras se trenzan para dibujar las vidas de dos hermanos gemelos en tiempos de guerra, de entreguerras y paz. Todo a través de una prosa extremadamente sencilla, directa y desnuda, tan cruda (a ratos hiriente) como la historia que construye. Kristof, a mi parecer, demuestra que no hace falta la ingeniería y la tan aclamada investigación de la novela histórica para exponer una historia verosímil, de mediados del siglo pasado, en la que el lector es capaz de llenar los huecos que se sugieren y los nombres que no se dan.

El gran cuaderno es para mí la mejor de las tres. La rotundidad en la exposición (capítulos cortos y contundentes), la dureza de los hechos (quiebros inesperados) y la frialdad del lenguaje (bordeando la objetividad), perfilan a los personajes y la sordidez de su entorno: relativismo moral e hipocresía justificadas por la convulsión y la supervivencia. Una narración in crescendo de los dos hermanos como una misma entidad que finaliza en el clímax de la misma y deja al lector conmocionado.

En La prueba hay un cambio en el lenguaje y en la presentación de los hechos. Aunque sigue todavía existiendo la contundencia del libro anterior, ésta se relaja y se articula más cercana a la novela clásica que al cuento grotesco, presentando tan sólo el punto de vista de uno de los hermanos, tras los hechos acaecidos en el primer libro.

La tercera mentira es la “conclusión” (aunque los libros pueden leerse por separado). Aquí el relato es más completo, más articulado, menos lapidario. La complejidad de la historia llega a su máximo, en una confusión medida de sueños, deseos, certezas y miedos que nos acerca a la desesperación y pérdida de rumbo de los personajes, al sinsentido y la aleatoriedad de los hechos que han marcado sus vidas. Un final redondo para una trilogía más que notable.

Egoísmo cotidiano

La pena es un espectáculo que consumimos cuando grita en los demás.

 

El sol susurraba en sus ojos después de tanta sombra y candado. Ahora su historia quedaba limpia para los demás, a pesar de que seguía siendo la misma cicatriz emborronada por el llanto. Era un castigo de silencio, la humillación del olvido. ¿Cuántas veces lo había hecho él?

 

Mañana

Mañana quedará herida

la nieve o el grito que nos separa,

el silencio donde guardamos el miedo

a despertarnos con una cadena

al otro extremo cargada de nadie.

 

Mañana tus labios serán el cincel

de pétalo que den forma a mi carne,

tu cuerpo promesa de arcilla

donde mis manos emergerán de nuevo.

 

Mañana otro quizás

sobre nuestros pechos orillado

y la misma certeza

de esas dos palabras

todavía sin luz.

 

Mañana,

enredados en un ahora que huye,

seré lo que mereces

y tú,

lo que siempre he esperado.

La ruta 33

El paisaje se arrastraba con melancolía por las ventanas, como si el último bostezo de la tarde fuera realmente el último y la promesa de la mañana, pareciese solo una ilusión para ahuyentar las incansables muelas de la noche. Los acantilados se izaban otra vez al atravesar el último de los túneles. Atrás, la ciudad y sus años desordenados por el recuerdo. Delante, la incertidumbre de una carretera erizada que los demás llamaban esperanza. Para él, nada de aquello tenía sentido. Era sólo un camino más. El mar susurraba espumas de libertad contra las piedras. La rutina era un ancla para su cordura, pero también la brújula que postergaba los sueños. Y ya estaba cansado de enterrarlos. El autobús se precipitó con toda su vida colgando en él. Sintió un gran alivio cuando escuchó la explosión, a pesar del dolor que sentía en el costado tras haberse lanzado del autobús antes de caer por el precipicio. Ahora volvería a empezar. Pero no podía ignorar que el pasado era plomo en su talones cuando tenías 60 años, que no había más futuro que el que había soñado en su memoria. Era tarde, incluso para acompañar al autobús. Había hipotecado el resto de su vida por no aguantar el último turno de la ruta 33. Al día siguiente se jubilaría.

Variación sobre el Guernica

Ahora que los delfines se desploman

y la tinta se seca sobre los esqueletos

acudo a la flor

o a la espada rota del soldado.

Ahora que el futuro ha dejado de menguar

y las riendas vuelven con dientes a mis puños,

ahora que atrás queda la muerte

con sus manos cuajadas de mis venas,

busco al toro que ampara

a esa madre que llora

por su hijo asesinado.

 

Sé que volverán las flechas sobre la paloma

y no habrá lámpara o quinqué

que me libre de la oscuridad de ese fuego

hambriento de muros y de carne.

Sé que no podré evitar la huida

desgajada a caballo sobre la hoz,

ni esperar que el azul agonice

para ofrecerme un abrazo

después del fin de la derrota.

 

No siempre hay cima o salida,

porque lo único que hice

fue acercarme a una pared para llorar:

no son los ladrillos ni el lienzo

la cadena que nos ancla a los grises

sino la promesa de la niñez

que creímos esperanza.

Aceptar los barrotes

es dar caza a la luz:

el amor no nos salvará

pero es nuestro mejor llanto

para limpiarnos de tierra.