Mi silencio

Puedo luchar contra las dudas,

pero no contra el miedo.

No contra el tuyo.

Porque el miedo es una negación sin raiz,

una ceguera,

la huída para encontrar el dolor

que explica la libertad

de estas ruinas donde nos acomodamos.

Círculo y espiral, eco.

En frente,

la impotencia de unas manos desnudas

—las del otro—,

sin arma ni escudo,

la mudez o las lágrimas.

Aquí mi soledad, mi silencio.

Y mi amor.

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Habla

A veces,

busco el nombre de las cosas

-tu nombre-,

pero no su verdad:

las certezas están llenas de desesperanza,

y yo quiero luchar,

hasta llenarme la boca de sombra,

por una mañana sin el eco de los crisantemos.

A veces,

tropiezo con su ausencia

-con la tuya-,

y las dudas secuestran a punta de lágrima

cada palabra dormida entre mis dedos.

Entonces la sangre

hace acto de presencia:

el futuro es el único silencio soportable,

pero no tu mudez ni mi esperanza.

No me importa desandar las heridas,

volver a perder años de brújula y norte,

porque no hay más camino que la derrota

y la deliciosa alegría o el bronce

en el cenit de su arco.

 

Los unos y los otros

Las palabras en los labios de unos, sólo fueron aire que nunca buscó ser carne, a penas la sombra de una muleta, para salir del hospital y cobrar el seguro. En otros, el pulso llegó tarde a la boca y dejaron promesas zozobrando en  el tiempo, para que ahora los kilómetros, las acunen sin consuelo. Unos tienen una papelera de reciclaje, donde escupir los recuerdos que ya han consumido, una servilleta o llave inglesa, para limpiarse las lágrimas de caimán. Otros son esclavos a media jornada, de un compromiso que se desabotona, de las fotos enlatadas por una melancolía, que acabará alegremente en indifernecia. Unos y otros esculpieron esta tristeza, que siempre regresa a mis manos, cuando dejo la calculadora a un lado y simplemente decido vivir.

A mis amigos

Hubo un tiempo en el que las brújulas, sólo apuntaban a la oscura hemorragia, que martirizaba mis sienes. El tiempo de un corazón con vértebras y el pulso dormido por la derrota. Una ceguera a penas calmada por mis manos, que buscaban copa y encontraron falda. Tiempo sin espejos, de tinta y espiral. Pero llegaron los delfines y su alboroto de bronce, la promesa de una pupila. Entonces aquel tiempo se desbrozó, agotado y satisfecho, sobre la esperanza de un lecho marino, después de tanto naufragio. Y al fin comprendí, que aunque la soledad sea un muro perpetuo que nos aisla, vuestro amor y el mío son las voces apagadas que nos consuelan del presido.

Cuarteto desvenciajdo

 

Siento desvanecerse la alegría

sobre la que nuestros pasos fueran bronce,

la ingenuidad que apuntó tan alto

y ahora se oxida satisfecha

bajo las huellas de un perfecto recuerdo.

 

La distancia no es una cuestión de metros,

sino de peso entre la memoria y el futuro.

Conmigo

Aunque tus labios guarden una herida

enemiga de mi ternura sobre tu vientre,

amanecerás sin el plomo de la duda

por mis manos escultoras

de la espiga de tu cuerpo.

 

Aunque nada sé de los suspiros compartidos

o del reflejo en la pupila amada,

mellaré mi voluntad contra tu hielo

hasta que el mañana que te susurro

sea pulso y sur de tu alegría.

 

No te quiero a mi lado,

sino conmigo,

en el desierto de Sonora,

donde olvidemos el ayer

y aceptemos la esperanza

a pesar de todos los fracasos.

Tabula rasa

Una intención, un escudo, una huida o un quizá. La mentira, la traición. Un sí postergado. Y el mundo sobre un damero. Es el corazón el que nos engaña. Dime qué me das y te diré cuánto te quiero. Ayer es un tiempo lejano que no llena mis manos, una excusa para quienes han perdido. El olvido como moneda de cambio, la raíz de la negación que me hiere, todas las cosas con las que duermo pero aborrezco. Ahora, o será tarde para esta instantaneidad que me abriga. Conmigo o contra mí. Tú, pero solo la parte que ríe. Lo demás, solo palabras.