Las mentiras de los nacionalismos y el referéndum en Cataluña

Las mentiras de los nacionalismos

Ser de izquierdas y nacionalista es una incoherencia ideológica. No puedo entender que alguien que tenga conciencia de clase obrera no sea internacionalista y comprenda que los países y las fronteras no son más que una herramienta puramente logística. Solo entiendo el nacionalismo como una estrategia para blindar privilegios económicos y sociales, esencialmente los de las élites. Y no puedo comprender, más allá de argumentos xenófobos y racistas, cómo se puede justificar que la clase trabajadora nacida o criada en un sitio, algo que ninguno de nosotros elegimos, merezca asegurar sus derechos más que aquellos que no lo han hecho. Y hablo en particular de la izquierda catalana, de la abertzale y la españolista.

La propaganda mediática —y la limpieza ideológica del franquismo, apuntalada a través de la transición, de la cuál son herederos— ha señalado bien el talón de Aquiles de las dos primeras, realzando su carácter nocivo, pero marca como neutro e inocuo al nacionalismo españolista, cuando no lo niega o ni siquiera admite su existencia. La diferencia estriba en que mientras que el nacionalismo catalán y abertzale hacen hincapié en sus características diferenciadoras, en una heterogeneidad que desmiembra, el españolismo se fundamenta en unas características unificadoras creadas ad hoc, en la homogeneidad que niega.

Se olvida deliberadamente en este tipo de discursos que las raíces de los nacionalismos más importantes se encuentran bien delimitadas geográficamente y que esto no es una casualidad, sino una consecuencia de la situación económica de esas regiones, las más industrializadas y ricas de todo el territorio español, en orden alfabético: Catalaña (Barcelona), Euskadi (Bilbao) y Madrid (Madrid).

Así quedaría evidenciada la raíz económica de estas ideologías, pero no su respaldo por la sociedad civil. Ello se consigue introduciendo, en el momento adecuado —también aleccionando—, los sentimientos, una versión manipulada de la historia que los justifique y un idioma que la respalde. Así se genera un ofendido y un ofensor, un nosotros y un ellos. Los catalanistas y abertzales tendrán como enemigo la homogeneidad española (de la que no quieren formar parte, pero que usan para simplificar al resto de territorios del estado),  los españolistas, por su parte, tendrán como enemigo cualquier región que muestre la heterogeneidad de los pueblos que conforman el estado español. Y ya se ha caído en la trampa de las élites, que consiguen enfrentar a las clases obreras de distintas regiones para que no reparen en luchar juntos por sus derechos, derogar los privilegios de éstas y hacer justicia social. Han preferido abrazar la mentira de los nacionalismos y luchar por una entelequia que no les dará nada, en vez luchar por sus iguales en mejorar la situación política de los trabajadores.

El referéndum en Cataluña

Más allá de una visión nacionalista (catalanista o españolista), las libertades en una democracia deben ser fundamentales. Todos tenemos derecho a opinar, a defender y luchar por la propuesta política que más nos satisfaga, con más razón si se trata de la región administrativa en la que residimos. Tenemos derecho a hablar y a que se nos escuche, a luchar y defender en lo que creemos institucionalmente. España, cuyos periodos democráticos sólo se encuadran en los años de la Segunda República —derrocada por los fascistas tras un fallido golpe de estado— y tras la imposición del Régimen del 78 —legado político de esos mismos fascistas que lucharon contra la libertad—, no tiene ninguna tradición democrática, y todos los resortes que posee para la aplicación de derechos y libertades del ciudadano son objetivamente de las más deficientes de toda la Unión Europea. Y las élites políticas de España que aparecieron al amparo del Régimen del 78 (PP y PSOE, fundamentalmente) han permitido y luchado porque esto siga siendo así.

Los trabajadores de España han cambiado mucho desde la muerte del dictador —no así las clases privilegiadas, blindadas desde el franquismo— y se han hecho oídos sordos sistemáticamente a todas sus propuestas por intentar cambiar elementos fundamentales del estado, amparados en el papel mojado de la Constitución. Creían que la evolución político-social de los españoles iba a ser como una tormenta de verano, que aprieta, pero termina por disiparse. No ha sido así. En particular, esto se ha hecho de manera descarada con la articulación territorial. Y esa dejadez milimetrada durante décadas, con tintes bíblicos desde que Rajoy alcanzó el poder, nos ha llevado a esta situación grotesca en la que nos encontramos.

El Govern de Catalunya está haciendo el ridículo con una llamada a un referéndum que no se acoge a la propia legalidad de la leyes catalanas, sin consenso, sin garantías democráticas, que sólo hace insuflar los ánimos de una ciudadanía que acabará dividida y frustrada por las expectativas irreales, aunque lícitas, del mismo. El Gobierno de España está haciendo todavía un ridículo mayor, saltándose la legalidad constitucional, degradando todavía más los derechos y libertades de los ciudadanos, para seguir imponiendo una idea de estado caduca, usando de forma fascista al Poder Judicial (¿hay diferenciación de poderes en España?) y a las Fuerzas de Seguridad (Represivas) del Estado.

Si el Gobierno hubiera invertido la mitad de los recursos que está utilizando en un diálogo serio y honesto con el Govern (por no hablar de lo que podría hacer en otros temas como la corrupción) para abrir el camino real —las promesas ya no sirven— a un cambio constitucional en el que se redefinan las relaciones de las Autonomías con el Estado o, al menos, la propuesta de un referéndum pactado con garantías legales que fomente, en su caso, un cambio de modelo territorial, otro gallo nos cantaría.

Ahora, sólo queda la incertidumbre de los acontecimientos que puedan ocurrir hasta el 1-O, de lo que pueda acaecer el día después a este.

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Amordazados

El sistema está viciado. No cabe esperanza de cambio donde no hay raíz democrática. Porque ahora el poder emana de los mercados, el pueblo es su esclavo y la clase política sus azotadores.

Es necesaria una regeneración política, y no sólo un cambio generacional en los partidos. La salida no debe enmarcarse en el miedo a una alternancia política programada, a la resignación de asumir un sistema corrupto desde la tranquilidad de una posición acomodada. Si se acepta esta continuidad, ¿qué ocurrirá cuando las voces satisfechas e indiferentes pierdan su posición privilegiada y pasen a ser parte de la masa o esclavos?

Los partidos que hasta ahora han aparecido han mostrado su incapacidad de hacer política: sordera al clamor popular que exige la redacción de nuevas leyes, al amparo de nuevas sensibilidades, a la valentía de dar un salto hacia delante en la libertad y responsabilidad de todos. Las buenas intenciones no bastan, los gestos no son justicia  y las necesidades del pueblo siguen sin satisfacerse en aras del demonio de turno. Los políticos de este país se han restringido a medir la redondez de sus ombligos después de blindar sus privilegios con leyes que que abocan al fracaso todo aquello que no esté ya establecido.

¿Cómo luchar contra este sistema?

Nuevas alternativas en el panorama político sería lo deseable, pero, ¿son realmente una alternativa? Con el actual sistema electoral no. ¿Y por qué no huir del sistema y regenerarlo desde la base? La ingenuidad nunca nos llevó demasiado lejos.

No sé cuál es la respuesta. Pero no podemos rendirnos.

Tres reflexiones tras el 22M

Los resultados del 22M son claros y demoledores: la política en España es determinista. Todo ha transcurrido conforme a lo esperado, a lo deseado, a lo milimétricamente programado.

PPSOE

No es ninguna sorpresa que el PP haya arrasado en las municipales y en las autonómicas. El PSOE está fuera de ciclo desde hace mucho tiempo, desgastado por una política mediocre, improvisada y neutra, en la que ha diluido su propio ideario. El PSOE se ha quedado en PE, defendiendo una idea de España vacía y al servicio de los mercados, pero maquillando cada puñalada al obrero con grandes palabras que llevan consigo sólo limosna para mantenerlos callados. Eso ya lo hace el PP.

Es cierto que el PSOE también ha sido minado por una derecha que no ha escatimado esfuerzos en hacer impracticable el gobierno del país a través de la negación a todo como principio, de la obstrucción de la renovación judicial, del uso del terrorismo como arma arrojadiza, de la calumnia y la difamación, tanto desde los atriles como desde los micrófonos y las pantallas de televisión. Con descaro y sin descanso.

A todo eso se ha añadido una crisis internacional que ha puesto de manifiesto las carencias estructurales del modelo español, que nos ha enseñado que no he hemos aprendido nada, que no hemos cambiado desde que terminara la dictadura. Porque durante estos 30 últimos años, España ha seguido inmersa en una transición travestida de democracia, imperfecta y herida.

Y seguimos sin aprender, síntoma de ello es que el PP haya conseguido ganar tan holgadamente en estas elecciones, a pesar de sus continuas ofensas a la mitad de los españoles y sumidos en los casos de corrupción más evidentes de los últimos tiempos. La gente no ha entendido que la crisis que sufrimos es la consecuencia de las políticas económicas que defienden los populares, no entienden que salir de la crisis será salvar multinacionales y bancas a costa de la pérdida de más derechos y en detrimento de la democracia.

Así sea.

15M

Que la sombra del movimiento del 15M no se haya visto reflejada en los resultados electorales tampoco ha sido ninguna sorpresa. La sociedad no se cambia en una semana. La España actual ha crecido en un ambiente de inmediatez total, de impaciencia infantil que pone en peligro cualquier proyecto a largo plazo si este no ofrece resultados instantáneos.

Y esto puede pasarle al 15M. Puede que muera en su propia gloria a través de dos caminos. El primero de ellos recorriendo el desencanto de una sociedad hastiada que se canse de apoyar un movimiento que sólo ofrece esperanzas y no resultados. El segundo a través de la propia satisfacción, de la vaciedad. Y es que resulta curioso que una iniciactiva popular como el 15M y de tan sólo una semana de vida haya sido comparada ya con el Mayo del 68 o con revoluciones mayores, después de haber tratado de ignorarla hasta que ya no fue posible. Hay que ser serios. La victoria de este movimiento reside en su continuidad, en el trabajo perseverante, en la constancia. No hay otro modo de calar en la sociedad, de dejar poso. Pero los medios de comunicación están haciendo todo lo posible para que, en última instancia, aparezca antes el cansancio que la revolución.

¿El futuro? Depende de si los que siempre lucharon desde dentro en el tejido asociativo son capaces de ilusionar y comprometer a más gente que nunca aprovechando la indignación. Y todo ello, de forma organizada y no partidista.

BILDU

Por último, es imposible no mencionar de forma breve la irrupción de BILDU en las elecciones. Este resultado también habla por sí solo. Por primera vez en muchos años se les ha dejado hablar a los vascos en todo su espectro político.

Y ahora algunos empiezan a comprender que no se trataba de un tema de terrorismo, de independestismo o españolismo, sino de poder.

Rajoy versus Zapatero

Puede que la mayoría de los medios informativos de este país estén más interesados en lapidarias sentencias sobre quién ganó el debate del lunes pasado -la eterna obsesión del español por humillar al vencido- y en predicciones sobre quién lo ganará el lunes que viene. Pero eso no es lo importante, es simplemente un acto más en el teatrillo de la precamapaña, más preocupada en el efectismo que en la política.

Lo realmente relevante en una campaña es el programa, el proyecto, no las babas de furia que uno es capaz de esgrimir frente a un adversario o las promesas que alegremente puede decir para arrancar de la masa un aplauso merecido. Algo que como espectáculo no está nada mal, pero que resulta insultante para un sector de la audiencia que esperaba algo más que ver cómo corre la sangre -dialécticamente hablando- entre dos enemigos ideológicos.

Pero lo único que encontramos en los medios es una repetición de lo que ya pudimos ver en televisión: dos posiciones encontradas que se ignoran la una a la otra y que buscan y rebuscan en el pasado para tener algo que echarle en cara al otro como principal argumento. Nada más.

Y es triste que algo así ocurra, porque todo esto es un baremo del nivel político de la sociedad española que, una vez más, se demuestra vergonzosamente bajo. En general, estamos más preocupados en quién ha quedado por encima de quién en un debate, que en sopesar las propuestas y el modo de llevarlas a cabo que regirán nuestras vidas durante los próximos cuatro años.

 Y lo peor de todo es que parece que sólo existen dos fuerzas políticas en este país: los buenos y los malos. Para variar, la pluralidad y la riqueza de este país se queda en las palabras, cuando lo que verdaderamente cuenta son los actos.

PP-SOE

Desde que se conocieron los resultados de las elecciones autonómicas en Navarra, era algo evidente que el nuevo gobierno debía estar constituido por una coalición de izquierdas formada por PSN, NaBai e IU. ¿Por qué? Porque el pueblo navarro en su mayoría votó por el cambio y, lo que es más, a lo largo del periodo de constitución las encuestas respaldaron esta opción de gobierno.

Es por eso que muchos no entendemos que el PSN se haya comportado a lo largo de este proceso de una forma tan ambigua y turbia, ora apostando firmemente por el cambio, ora horrorizado por el precio político del mismo, mostrando repentina preferencia por la conveniencia de un partido como UNP, definido política y éticamente a través de su asquerosa campaña electoral.

Desgraciadamente, este tipo de comportamiento no es nuevo en el PSOE. Ya nos tiene acostumbrados a estas actuaciones, sobre todo en el campo de los nacionalismos no españolistas que, al parecer, deben ser casi anticonstitucionales, como el derecho a la autodeterminación que recoge el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, ya que, de lo contrario, no puede entenderse tan tajante aversión a las formaciones políticas con este ideario.

Sin embargo, sí es nueva la vergonzosa decisión tomada por el PSOE este fin de semana. Algunos aún creíamos que esa doctrina nacional no iba a exigirse en el ámbito autonómico y, menos aún, que la aceptasen sin rechistar. Y es que el PSOE es un partido con una estructura federal, por tanto fruto de la alianza de partidos independientes y autónomos articulados a través de un organismo central. Entonces, ¿qué sentido tiene dar órdenes desde Madrid más allá del ámbito de la estricta coordinación? Conocidísima es la independencia política del PSC, que a pesar de las presiones de la ejecutiva federal del PSOE ha sabido imponer su criterio y conocimiento de la sociedad catalana para velar por los intereses de ésta. ¿Por qué entonces el PSN adolece de esa independencia? Quizá Fernando Puras le deba un favor a Zapatero y por eso acate sus órdenes con silencio y con su trasero aún fijo en la presidencia de la ejecutiva navarra.

Y es que siempre se habló de pluralismo en la izquierda, de ideas y de respeto por las divergencias. Pero no, cada día más, el PSOE se empeña en diluir todas estas características para caer en una política amorfa. De hecho, parece encontrarse en la búsqueda del monolitismo, del centrismo o del españolismo del PP.

Señores del PSOE, dejen sus puestos a los verdaderos socialistas.

El poder del pueblo

Desde pequeños nos enseñan —al menos eso nos ha sucedido a las generaciones que nacimos alejadas de la sombra franquista— que en un Estado de Derecho, las funciones del estado quedan compartimentadas y articuladas a través de tres instituciones básicas, representantes de los tres poderes fundamentales: el ejecutivo, el legislativo y el judicial. Y en Democracia, es el pueblo el que elige quién le representará en el poder ejecutivo (el Gobierno, al que accedará el partido con mayor número de votos o los partidos que, asociados, tengan el mayor número de votos) y el legislativo (compuesto por el propio gobierno y el resto de partidos con votos suficientes para tener representación, esto es, el Parlamento). El poder judicial, es el único no elegido por el pueblo, y se constituye de muy diversas formas, según el país.

El ejecutivo se encarga de hacer que se cumplan las leyes, el legislativo de promulgarlas o revocarlas y el judicial de impartilas según su intrepretación de las mismas. Hasta aquí, la teoría de separación de poderes de Montesquieu, nada nuevo.

Es obvio que, debido a esta separación, a su independencia, deben existir enfrentamientos entre las distintas instituciones. Pero estos choques e incompatibilidades deberían saber resolverse para evitar un colapso en el sistema y, lo que es más importante, para respetar la voluntad del pueblo al que sirven.

Sin embargo, la realidad mucho dista del sistema teórico. Y es que la independencia de los poderes es utópica, la confrontación entre instituciones irresoluble a causa de su manipulación y la voluntad del pueblo marginada en favor de los beneficios de la clase política, que ha olvidado para qué y quién trabaja.

España no es una excepción al respecto. Y donde más se evidencia la falta de separación de poderes, la ausencia de independencia, como no podía ser de otro modo, es en el poder judicial. Y no puede ser de otro modo, ya que los anteriores los elige el pueblo, mientras que este, lo constituyen sus representantes, más obedientes a su ideario político-partidista que al bienestar general.

Desgraciadamente esto es algo a lo que el ciudadano de pie se ha acostumbrado y se acepta dentro del juego político, uno más de sus entresijos indeseables pero inevitables.

Sin embargo, en los últimos años, se ha dado un paso más allá en el conflicto de intereses de los distintos poderes. A día de hoy, los encontronazos entre legislativo y judicial son el pan nuestro de cada día en la política nacional, pero son realmente escandalosos cuando nos sumergimos en las políticas autonómicas. Más en concreto, en las controvertidas reformas de los estatutos.

Amparados bajo un malentendido concepto de Imperio de la Ley, la rama conservadora del poder judicial y el PP, tratan de institucionalizar sus prejucios e ideas utilizando un Tribunal Constitucional  (TC) fuertemente politizado contra la voluntad libre del pueblo. El caso más terrible, el Estatuto de Cataluña.

Por todos es conocida la odisea por la que tuvo que pasar dicho estatuto antes de que llegara a ser aprovado en el parlamento, la de comentarios soeces, la de injurias que tuvo que aguantar el pueblo catalán y todos aquellos que nos sentimos afines a una estructura federal de estado y que consideramos las autonomías no como un fin, sino como la puerta abierta que se dejara en la transición para continuar con el proceso federalista que se rompiera con la Guerra Civil. Todos sabemos que se convocó un referendum para respaldar el estatuto y concederle el grado de democracia necesario que merece un proyecto de esta embergadura. Es un hecho que el estatuto quedó aprobado y que, consecuentemente, la mayoría del pueblo catalán está conforme al mismo —no entraré aquí en el nivel de participación, ya que nos llevaría a un tema mucho más profundo como es la abtención en la democracia y sus consecuencias—.

Entonces, aunque sea legal recurrir al TC para frenar el estatuto de autonomía de Cataluña, ¿es lícito que una justicia fuertemente politizada vaya en contra de la voluntad de un pueblo? ¿Tiene sentido entonces promulgar leyes respaldadas por un referéndum cuando estas, de no ser conformes al ala mayoritaria en el TC, van a ser declaradas anticonstitucionales? ¿Es acaso la democracia una pantomima, un espectáculo de polichinela dónde la elección del pueblo es sólo mero trámite para darle dicho carácter y después encauzarlo como convenga a los intereses partidistas mediante la utilización de la justicia? ¿Es que el poder judicial está por encima de los otros? ¿Es esto el Imperio de la Ley?  Si el poder emana del pueblo, ¿por qué se le ignora?

Pobrecita España.