Bajo las sábanas

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Bajo las sábanas, el silencio de los recuerdos y la garganta de las heridas, la esperanza de la carne que no se rinde a la soledad y las ruinas que arrastro en la sonrisa cuando despierto cada mañana. Debajo, las raíces y el laberinto de mi llanto, la flor descarada del quejido cuando te siento dentro, el abrazo amortiguado de la intemperie y este mar de colmillos que me arrodilla al insomnio. Bajo las sábanas, la oscuridad y su espejo, la certeza de la desaparición y la ilusión de su lejanía. Debajo, la vida.

Cadena de memes: Libros

Acabo de ver a través del blog Ciencia Kanija un post en el que anima a realizar una breve lista de al menos 10 libros que hayas leído catalogados bajo ciertos epígrafes. Me apunto a la iniciativa.

Un libro que cambió mi vida

Creo que han sido varios libros los que han cambiado mi vida, pero el primero que se me viene a la mente es “Breve historia del tiempo” de Stephen Hawking. Me abrió las puertas al mundo de la física desde un punto de vista asequible y, junto con otros libros, me presentó la ciencia como un reto a superar, el fantástico viaje del conocimiento. Sin duda alguna, me ayudó a tomar la senda de la astrofísica.

Un libro que tuve que leer más de una vez

Cualquier libro de poesía. Es imposible para mí no regresar a un poemario y volver a mirarme en cada verso como un espejo, descubrir cosas que antes no veía, que no comprendía y observar cómo cambian las palabras de significado. Es una forma de comprenderme y ver qué senda estoy recorriendo y a dónde me ha llevado.

Un libro que me llevaría a una isla desierta

Creo que “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez sería una buena opción. Pocos libros como éste me han llenado tanto y más me entristecieron terminar. Las posibilidades de lectura desde los distintos tipos de personajes o líneas cronológicas, creo que harían casi inagotable su lectura.

 Un libro que me hizo reír y Un libro que me hizo llorar

No recuerdo ningún libro que me provocara grandes carcajadas o llantos desconsolados. Pero sí muchos en los que se me ha escapado una risa o me han asomado alguna lágrima. No me acuerdo de los libros por las emociones puntuales que me hicieron sentir, sino por el mensaje en conjunto que me transmitieron o por la historia que me contaron y cómo la contaron.

Un libro que me hubiera gustado escribir

Demasiadas obras maestras para quedarse con una. “La destrucción o el amor” de Vicente Aleixandre o “Poeta en Nueva York” de Federico García Lorca, podrían ser algunos de ellos.

Un libro que aborrezco

No creo que la palabra aborrecer sea la adecuada. Tal vez por la mala experiencia infantil o adolescente, por mi profesor de literatura o lengua española de aquellos años, tal vez porque para mí representa las actitudes que más odio de la idiosincrasia de parte de nuestra cultura o porque realmente no me guste (he de confesar que no he vuelto a darle una segunda oportunidad), diría que ese libro es “El lazarillo de Tormes”.

Un libro que me decepcionó

Ningún libro me ha decepcionado. Al contrario que el cine, quizá porque su digestión es más rápida y sencilla, no he tenido nunca la sensación de esperar más de lo que un libro podía ofrecerme. Han habido libros que me han encantado, que no me han gustado nada, que parecían prometer y se perdieron en el camino o que creí superfluos y terminaron con una gran hondura. Los prejuicios nunca fueron buenos, tampoco en la literatura.

Un libro que estoy leyendo ahora

“La romana” de Alberto Moravia. Descubrí a este autor italiano hará ya seis años, al mismo tiempo que descubriera a Césare Pavese. Me queda tanto por leer…

Un libro que pretendo leer

Hay muchos que pretendo leer, sin duda, pero uno que considero como asignatura pendiente es “Ulyses” de James Joyce. Todavía no me he enfrentado a él porque creo que es de esos libros que llegan a ti, un libro que no eliges leer, sino que lees en el momento adecuado para hacerlo, porque sino, carecería de sentido.

[Quiero conocer la sombra]

Quiero conocer la sombra
que esculpe el perfil
imperfecto de tus lágrimas,
descubrir la raíz vacía
que sustenta tu pulso
o busca la carne de mis labios.

Cuando el tiempo nos enseñe
lo ridículo de nuestras ropas
o de la juventud cegada por el fuego,
¿tendrás la misma respuesta?

(Nada será igual, amor,
cuando la luna nos alcance)

Los caminos para la paz

A la paz se llega a través dos caminos,  la justicia o la resignación.

Pero la justicia es un concepto vago: la equidad y la razón dependen de la persona que las esgrima, porque lo único que diferencia a varios argumentos entre sí es nuestra ética, no su veracidad. Por eso no puede establecerse reciprocidad entre los actos que realizamos, por eso la justicia es un valor sin sentido.

Sin embargo, a pesar de las asimetrías, definimos un ideal de justicia al que poder asirnos, una referencia para evitar la zozobra. Y lo construimos en base a las personas que nos rodean, aquellas con las que acabamos compartiendo el mismo ideario, que terminamos queriendo. Cuando una de estas personas nos decepcionan, cuando el desequilibrio de la balanza es inaceptable, la justicia se hace una necesidad que cimienta la raíces del dolor.

Dolor por la tristeza de la soledad que crece cuando sentimos que los demás nos abandonan. Dolor por la herida no reconocida, dolor por la indiferencia escupida sobre nuestro sufrimiento. Dolor por la imposibilidad de impartir justicia: una idea de consenso, sólo tiene sentido si los demás la aceptan como tal,  de lo contrario, sólo nos queda el resentimiento, el rencor, el odio. Y nada de esto es paz.

Entonces comprendemos que no hay diferencia entre justicia y venganza, que cualquier tipo de justicia es el primer eslabón de una cadena de odio, porque los seres humanos con sus actos sólo saben esparcir semillas para el dolor. Y puesto que el dolor es inherente a nuestros actos, ¿qué nos detiene para no inflingir daño indiscriminadamente?

Parece que la resignación es el único camino hacia la paz. Aceptar el dolor y superarlo. A pesar de la afrenta, de la frustración, de la decepción, de la impunidad, de la razón…

Puede que la paz tampoco exista.

Propósitos

Llega el nuevo año, y con él los buenos propósitos, que suelen ser antiguos.

Uno de los míos este año es retomar este blog y darle continuidad, por toda aquella minoría que, auqnue silenciosa, me ha seguido en algún momento, o por aquel lector extraviado que llega a mi blog, o sólo porque me apetece registrar en algún sitio aquellas cosas que me laten por dentro y quiero que se hagan luz y palabra.

Así sea.

Objetividad versus Igualdad

En los últimos años existe una fuerte tendencia en los análisis históricos y políticos a la equiparación de bandos enfrentados en pos de la objetividad. Se intenta demostrar de forma muy pobre las razones que respaldan a cada facción, concluyendo la imposibilidad de decantarse por alguna de ellas más que por afinidad emocional o ideológica.

Una postura políticamente correcta.

Claro está que no en todos los enfrentamientos se utiliza este sofisma,  sólo en aquellos donde todavía los dos bandos sobreviven y el vencedor aún tiene poder para seguir haciendo daño y enconar una situación en equilibrio inestable y permanente.

Una postura éticamente deplorable.

Casos sangrantes de esta moda los encontramos en la actual masacre que realiza Israel sobre el pueblo palestino o en la sórdida revisión de la última Guerra Civil española, por nombrar sólo aquellos de reciente actualidad.

Por más que algunos se empeñen, querer igualar bandos en un enfrentamiento no es un intento de buscar la objetividad, sino una perversa forma de mantenerse al margen en un conflicto del que no se quiere salir perjudicado, en el que existen motivos por los que no revelar la verdad. Es preferible una venda o adormidera llena de grandes palabras que autosatisfagan y repetidas mil veces tomen apariencia de verdad, que clamar por una justicia real aunque incómoda para algunos.

Y aunque hubiese quienes buscaran la objetividad limpios de intereses, no podrían ignorar que no es posible mantenernos al margen, porque mantenerse al margen es siempre tomar partido por alguien.

Sin embargo, no debe imponerse la uniformidad en las opiniones, caer en la descalificación de otras ideas a través de la proclamación de una verdad que debe iluminar a todos. Siempre hay buenas razones que justifican los actos y las ideas de los hombres, las compartamos o no. La diferencia entre unas y otras es que hay unas que avergüenzan y degradan a la persona que las defiende y otras que no lo hacen. Las primeras necesitan de mentiras, fantasmas y mascarones, las segundas sólo de labios para darles forma.

La objetividad histórica o política no es posible, porque no son ciencia. Basta ya de quimeras. Sólo se debería tener, al menos, la decencia, la convicción y la valentía de defender nuestras subjetividades sin más arma que la palabra limpia.

Pero es tan tentador poder reescribir la historia…