La nostalgia de las calles

 

Las lágrimas son la certeza de lo imposible,

y en esa herida

se forja la verdad o la memoria,

el norte de nuestro miedo

o la humillación de esa caricatura

que los demás creen que somos.

Y fingimos hasta confundir

el eco con la palabra,

la sombra con la sangre.

Entonces, hemos perdido.

Porque si nuestra voluntad

hinca las rodillas frente a otros ojos,

¿qué nos diferencia de las cosas muertas?

Las estanterías están colmadas

de muñecos rotos y olvidados,

de melancolía.

Las calles,

echan de menos a los hombres.

Egoísmo cotidiano

La pena es un espectáculo que consumimos cuando grita en los demás.

 

El sol susurraba en sus ojos después de tanta sombra y candado. Ahora su historia quedaba limpia para los demás, a pesar de que seguía siendo la misma cicatriz emborronada por el llanto. Era un castigo de silencio, la humillación del olvido. ¿Cuántas veces lo había hecho él?

 

Mañana

Mañana quedará herida

la nieve o el grito que nos separa,

el silencio donde guardamos el miedo

a despertarnos con una cadena

al otro extremo cargada de nadie.

 

Mañana tus labios serán el cincel

de pétalo que den forma a mi carne,

tu cuerpo promesa de arcilla

donde mis manos emergerán de nuevo.

 

Mañana otro quizás

sobre nuestros pechos orillado

y la misma certeza

de esas dos palabras

todavía sin luz.

 

Mañana,

enredados en un ahora que huye,

seré lo que mereces

y tú,

lo que siempre he esperado.

Variación sobre el Guernica

Ahora que los delfines se desploman

y la tinta se seca sobre los esqueletos

acudo a la flor

o a la espada rota del soldado.

Ahora que el futuro ha dejado de menguar

y las riendas vuelven con dientes a mis puños,

ahora que atrás queda la muerte

con sus manos cuajadas de mis venas,

busco al toro que ampara

a esa madre que llora

por su hijo asesinado.

 

Sé que volverán las flechas sobre la paloma

y no habrá lámpara o quinqué

que me libre de la oscuridad de ese fuego

hambriento de muros y de carne.

Sé que no podré evitar la huida

desgajada a caballo sobre la hoz,

ni esperar que el azul agonice

para ofrecerme un abrazo

después del fin de la derrota.

 

No siempre hay cima o salida,

porque lo único que hice

fue acercarme a una pared para llorar:

no son los ladrillos ni el lienzo

la cadena que nos ancla a los grises

sino la promesa de la niñez

que creímos esperanza.

Aceptar los barrotes

es dar caza a la luz:

el amor no nos salvará

pero es nuestro mejor llanto

para limpiarnos de tierra.

 

Meditación intempestiva

A veces los demás son un refugio, un consuelo, el espejo perfecto que distorsiona nuestra imagen y consigue calmar el corazón. Pero la soledad desanuda las mentiras y nos desarma con la sencillez de una pregunta. Siempre la misma pregunta. No importan las palabras compartidas por los labios, las manos que se encuentran cuando el dolor es zozobra. Al final, pesa más lo que callamos.

El silencio es una forma de llegar al olvido

y la decepción que escarba incesante en el pecho

hasta que el arrepentimiento deja paso a la nieve.

Nadie sabe cuál es el ajedrez de nuestros gestos, ignoran el sutil desaliento que se asoma por la complicidad desgastada, el abrazo que cada día abre más grieta y consume el camino que andamos juntos. Es el arte de la imagen, el maquillaje de la herida. Cinismo.

Vivimos aislados

en una caja de calcio que confundimos con el mundo,

engañados por la satisfacción de los instantes,

siempre heridos

por ese vacío con el que nos arrastramos hacia la nada.

Pasar página

Detrás,

otro desierto donde mis fuerzas

se hicieron inútil sombra que miente,

donde el amor fue la raíz del miedo

incapaz de gemir latido,

donde se impuso la certeza terrible

de la eternidad de la derrota

y la victoria como fugaz sosiego para el orgullo.

 

Ahora que vuelvo a perder sin remedio

y que mis lágrimas ya alimentan las ruinas

de los suspiros que entierran los sueños,

giro la esperanza y los puños

hacia esa luz exánime por mi voluntad susurrada.

 

De la sombra que hoy me desdibuja

surgiré con bridas sobre el cansancio,

para alcanzar una nueva voz de bronce

que abrace una sangre manchada de futuro.

 

Volveré,

sin permitir que mis heridas

sean el corazón que atormente mis manos.

Ambición y acoso

Confundir honestidad con soberbia, responsabilidad con cinismo, vivir con hacer, es ser mezquino sobre todas las cosas. Porque no es torpeza nacida de la inocencia o el desconocimiento, sino ruindad que parte de quien se sabe impune. Cerrar el camino de otros es errar el propio: nunca sabes cuándo llegará quien no tema perder, quien sea peor que tú, aquel que te lance por las mismas escaleras por las que hiciste rodar a los demás.