Los unos y los otros

Las palabras en los labios de unos, sólo fueron aire que nunca buscó ser carne, a penas la sombra de una muleta, para salir del hospital y cobrar el seguro. En otros, el pulso llegó tarde a la boca y dejaron promesas zozobrando en  el tiempo, para que ahora los kilómetros, las acunen sin consuelo. Unos tienen una papelera de reciclaje, donde escupir los recuerdos que ya han consumido, una servilleta o llave inglesa, para limpiarse las lágrimas de caimán. Otros son esclavos a media jornada, de un compromiso que se desabotona, de las fotos enlatadas por una melancolía, que acabará alegremente en indifernecia. Unos y otros esculpieron esta tristeza, que siempre regresa a mis manos, cuando dejo la calculadora a un lado y simplemente decido vivir.

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Un simple gesto

Aunque tus palabras siguen enterradas en esa herida

—¿quién llegó tan profundo?—

que tumba su sombra sobre este silencio en el que sonríes,

es tu voluntad quien la traiciona con un simple gesto,

la que derrumba mis dudas y vence al miedo enamorado,

levantando sus brazos con ternura

para susurrarme en una caricia

que mi voz puede ser más que otro recuerdo

acomodado entre la brújula de tus ojos.

A mis amigos

Hubo un tiempo en el que las brújulas, sólo apuntaban a la oscura hemorragia, que martirizaba mis sienes. El tiempo de un corazón con vértebras y el pulso dormido por la derrota. Una ceguera a penas calmada por mis manos, que buscaban copa y encontraron falda. Tiempo sin espejos, de tinta y espiral. Pero llegaron los delfines y su alboroto de bronce, la promesa de una pupila. Entonces aquel tiempo se desbrozó, agotado y satisfecho, sobre la esperanza de un lecho marino, después de tanto naufragio. Y al fin comprendí, que aunque la soledad sea un muro perpetuo que nos aisla, vuestro amor y el mío son las voces apagadas que nos consuelan del presido.

Tabula rasa

Una intención, un escudo, una huida o un quizá. La mentira, la traición. Un sí postergado. Y el mundo sobre un damero. Es el corazón el que nos engaña. Dime qué me das y te diré cuánto te quiero. Ayer es un tiempo lejano que no llena mis manos, una excusa para quienes han perdido. El olvido como moneda de cambio, la raíz de la negación que me hiere, todas las cosas con las que duermo pero aborrezco. Ahora, o será tarde para esta instantaneidad que me abriga. Conmigo o contra mí. Tú, pero solo la parte que ríe. Lo demás, solo palabras.

 

La nostalgia de las calles

 

Las lágrimas son la certeza de lo imposible,

y en esa herida

se forja la verdad o la memoria,

el norte de nuestro miedo

o la humillación de esa caricatura

que los demás creen que somos.

Y fingimos hasta confundir

el eco con la palabra,

la sombra con la sangre.

Entonces, hemos perdido.

Porque si nuestra voluntad

hinca las rodillas frente a otros ojos,

¿qué nos diferencia de las cosas muertas?

Las estanterías están colmadas

de muñecos rotos y olvidados,

de melancolía.

Las calles,

echan de menos a los hombres.

Egoísmo cotidiano

La pena es un espectáculo que consumimos cuando grita en los demás.

 

El sol susurraba en sus ojos después de tanta sombra y candado. Ahora su historia quedaba limpia para los demás, a pesar de que seguía siendo la misma cicatriz emborronada por el llanto. Era un castigo de silencio, la humillación del olvido. ¿Cuántas veces lo había hecho él?

 

Mañana

Mañana quedará herida

la nieve o el grito que nos separa,

el silencio donde guardamos el miedo

a despertarnos con una cadena

al otro extremo cargada de nadie.

 

Mañana tus labios serán el cincel

de pétalo que den forma a mi carne,

tu cuerpo promesa de arcilla

donde mis manos emergerán de nuevo.

 

Mañana otro quizás

sobre nuestros pechos orillado

y la misma certeza

de esas dos palabras

todavía sin luz.

 

Mañana,

enredados en un ahora que huye,

seré lo que mereces

y tú,

lo que siempre he esperado.