Cuatro décadas

A C.R.S.

Atrás quedan los días ordeñados de gritos y risas, la gente que dejó su silencio y nos limpió de lágrimas. Atrás, la explosión y torpeza de la juventud, la efervescencia de todo lo que duele y cura al mismo tiempo. Atrás, el olvido. Y tú, como quien abanica su belleza tumbada sol, a mi lado.

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Mi silencio

Puedo luchar contra las dudas,

pero no contra el miedo.

No contra el tuyo.

Porque el miedo es una negación sin raiz,

una ceguera,

la huída para encontrar el dolor

que explica la libertad

de estas ruinas donde nos acomodamos.

Círculo y espiral, eco.

En frente,

la impotencia de unas manos desnudas

—las del otro—,

sin arma ni escudo,

la mudez o las lágrimas.

Aquí mi soledad, mi silencio.

Y mi amor.

Habla

A veces,

busco el nombre de las cosas

-tu nombre-,

pero no su verdad:

las certezas están llenas de desesperanza,

y yo quiero luchar,

hasta llenarme la boca de sombra,

por una mañana sin el eco de los crisantemos.

A veces,

tropiezo con su ausencia

-con la tuya-,

y las dudas secuestran a punta de lágrima

cada palabra dormida entre mis dedos.

Entonces la sangre

hace acto de presencia:

el futuro es el único silencio soportable,

pero no tu mudez ni mi esperanza.

No me importa desandar las heridas,

volver a perder años de brújula y norte,

porque no hay más camino que la derrota

y la deliciosa alegría o el bronce

en el cenit de su arco.

 

Arco iris roto

El 28 de junio quedó marcado oficalmente (Stonewall) como el Día del Orgullo para la comunidad LGTB+. Es un día para celebrar los derechos ganados, pero sobre todo, un día para reflexionar. Basta ya del 28J como una fiesta gaypitalista, como bien decía mi admirado Shangay Lily: una fiesta vaciada de significado que perpetua cánones heteronormativos sobre el colectivo LGTB+ a través del pinkwashing.

Como en todas las luchas sociales, todavía queda mucho camino por recorrer, y no es una frase hecha. En esta España de 2018, en la que la sociedad se llena la boca de palabras como respeto, tolerancia, igualdad y libertad, existen evidencias sangrantes, personales e institucionales, de que el colectivo LGTB+ (y por desgracia no es el único) sigue siendo castigado con violencia, con odio, con repulsa y con el peor de todos los enemigos: el silencio.

En lo personal, sigo asistiendo a bromas de amig@s sobre cómo son los maricones y cómo se comportan en el imaginario heteropatriarcal (amaneramientos, temas de conversación, perversiones, etc.), sobre cómo hay excepciones tolerables porque no son los maricones típicos (ya se sabe, esos que son, en el fondo, como las mujeres: locas, musculocas, muerdealmohadas, comepollas, etc.) o son lo suficientemente discretos para no avergonzarse de ellos (porque la pluma, por lo visto, es ignominiosa). Ofensas veladas en el marco de la confianza sobre segundos sentidos, terceras miradas y cuartas preguntas.

Quieren vendernos que hemos ganado, pero lo que están haciendo, es demoler el arcoiris.

Los unos y los otros

Las palabras en los labios de unos, sólo fueron aire que nunca buscó ser carne, a penas la sombra de una muleta, para salir del hospital y cobrar el seguro. En otros, el pulso llegó tarde a la boca y dejaron promesas zozobrando en  el tiempo, para que ahora los kilómetros, las acunen sin consuelo. Unos tienen una papelera de reciclaje, donde escupir los recuerdos que ya han consumido, una servilleta o llave inglesa, para limpiarse las lágrimas de caimán. Otros son esclavos a media jornada, de un compromiso que se desabotona, de las fotos enlatadas por una melancolía, que acabará alegremente en indifernecia. Unos y otros esculpieron esta tristeza, que siempre regresa a mis manos, cuando dejo la calculadora a un lado y simplemente decido vivir.

Un simple gesto

Aunque tus palabras siguen enterradas en esa herida

—¿quién llegó tan profundo?—

que tumba su sombra sobre este silencio en el que sonríes,

es tu voluntad quien la traiciona con un simple gesto,

la que derrumba mis dudas y vence al miedo enamorado,

levantando sus brazos con ternura

para susurrarme en una caricia

que mi voz puede ser más que otro recuerdo

acomodado entre la brújula de tus ojos.

A mis amigos

Hubo un tiempo en el que las brújulas, sólo apuntaban a la oscura hemorragia, que martirizaba mis sienes. El tiempo de un corazón con vértebras y el pulso dormido por la derrota. Una ceguera a penas calmada por mis manos, que buscaban copa y encontraron falda. Tiempo sin espejos, de tinta y espiral. Pero llegaron los delfines y su alboroto de bronce, la promesa de una pupila. Entonces aquel tiempo se desbrozó, agotado y satisfecho, sobre la esperanza de un lecho marino, después de tanto naufragio. Y al fin comprendí, que aunque la soledad sea un muro perpetuo que nos aisla, vuestro amor y el mío son las voces apagadas que nos consuelan del presido.